Cuando uno nace en un país de poco más de tres millones de habitantes en el que en cada hogar hay un piano es más probable que los niños quieran ser músicos antes que futbolistas o concursantes de 'Gran Hermano'. La soprano Hasmik Papian (Yerevian, 1961) nació en ese lugar llamado Armenia y desde la infancia su destino pareció marcado por el entorno. «Ser cantante de ópera fue algo natural, crecí con música», dice recién llegada a Oviedo donde acaba de comenzar los ensayos de su papel principal en la 'Tosca' de Puccini que bajo la dirección musical de Friedich Haider se estrena en el Teatro Campoamor el próximo 8 de octubre.
A los cinco años tocaba el violín, a los dieciocho era una virtuosa graduada en ese instrumento por el Conservatorio de su país y a partir de los veinte comenzó a cantar. Su destino era la música aunque hasta pasada la veintena dudó en qué faceta lograría cotas más altas. «Sabía que tenía buena voz, así que lo intenté. Es mucho más excitante subir al escenario a interpretar 'Aida', 'Tosca' y 'Norma' que estar con otros violines en una orquesta. Sigo tocando el violín, pero ya sólo en casa». asegura la soprano que se considera una afortunada por haberse educado en su país cuando éste sólo era una de las muchas repúblicas soviéticas dispersas por el Cáucaso. «Todos los niños teníamos actividades obligatorias que hacer fuera del colegio. El ajedrez, el deporte, la música y la pintura eran parte de nuestras vidas», señala.
Ahora unos años después, Hasmik Papian vive en Viena y es una de las sopranos más reclamadas del mundo. Su voz es escuchada en los grandes templos de la ópera desde el Metropolitan en Nueva York a la Scala de Milán. En el Campoamor interpretará a uno de su papeles favoritos. «Tosca es increíble porque es una diva sobre el escenario y una mujer que ama apasionadamente fuera de él». Bellini, Verdi y Puccini son su terna de cabecera y también los de su voz que «encaja perfectamente» en los roles de estos compositores. «Toda la literatura que escribieron para sus óperas es en torno a las mujeres por lo que me considero una privilegiada», dice.
Hasta el estreno a la soprano le quedan días duros de ensayos sobre el escenario del Campoamor que no conocía. Mientras empasta su voz con la de sus «magníficos compañeros» alaba la producción de la obra. «La ópera es un trabajo en equipo, de nada sirven buenas voces si no hay una gran producción y dirección musical como ocurre aquí». Del mes que pasará en Oviedo sólo una pega: «todo lo que echaré de menos a mi hija de ocho años».