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Cangas, manos a la uva

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Cangas, manos a la uva

Vecinos, cuadrillas y amigos: el suroccidente está de vendimia, unido para conseguir un vino contra las estadísticas que llevará el sello de la zona hasta los manteles neoyorquinos

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Algunos ponen un perro en su vida para tener quien les devuelva el cariño. «Yo tengo la viña, que en invierno está muerta, pero luego te recompensa cada atención que le prestas». José María Martínez habla y sus dedos, amoratados de palpar uvas, le dan la razón: la tierra le corresponde.
Estos días el suroccidente es así: basta mirar a las manos para saber quién participa de la vendimia, un sueño contra las estadísticas. «En realidad, todos los vinos son iguales en un 99%; lo que te da la magia es ese trabajado 1% compuesto de taninos, polifenoles y antocianos», expone Juan Manuel Redondo, enólogo y diseñador de tres de las seis bodegas adscritas al sello Vino de la Tierra de Cangas, una marca que es casi un contrasentido.
En cuestión de caldos, Cangas lo tiene todo para no tener nada. Montañas abruptas. Humedad. Temperaturas extremas. «Somos el lugar perfecto para los hongos que te pueden arruinar la uva, por eso aquí tenemos que luchar contra enfermedades que no se conocen al otro lado de Pajares», expone José María Martínez.
Sin embargo, la tierra responde a quien cree en ella. Este año concederá 110.000 kilos de uva. En el país con más viñedos del mundo, apenas supone un 0,006% de la producción, pero bastará para llevar el sello del suroccidente «hasta los manteles de Oklahoma, Nueva York, Toronto, Santo Domingo y Cataluña», enumera Víctor Álvarez, socio de las bodegas Monasterio de Corias y responsable de su comercialización.
Formula conservada
¿Cuál es el secreto? ¿Qué tiene el vino de Cangas en ese 1% que lo hace diferente? «Pues un reflejo de este lugar, de su suelo y clima, de su gente actual pero también de esos mayores que supieron conservar las tradiciones de sus abuelos», responde Juan Manuel Redondo.
La referencia no es gratuita. A principios del siglo XX se censaban en la zona casi 2.000 hectáreas de viñedo. Poco después el 'boom' de la minería ejerció una primera reconversión sobre el sector agrario: generaciones de cangueses abandonaron la uva para adentrarse en la montaña. El vino cangués estuvo a punto de quedarse sin nadie que cultivara sus secretos. Le salvó que su tierra, el suroccidente, vive un ritmo que no le abona a la primera ruptura que se le ofrece.
«Es un ambiente distinto, más pausado, y se nota hasta en los niños», confía la gijonesa Lilian García. Lleva unos meses en la zona, ejerciendo de maestra, pero los fines de semana se une a sus nuevos vecinos, poniéndose manos a la uva. «Aquí las cosas son así, la gente se ayuda, los críos pasan el verano cuidado al abuelo o a las vacas, en vez de jugar a la 'Play'; eso hace que sean de otra pasta», abunda.
El símbolo máximo de esa conservación está en el Monasterio de San Juan Bautista. Desde el siglo XI, los monjes que han habitado el lugar sagrado se transmiten las artes vitícolas. Su influencia es tal que algunos de los actuales bodegueros confiesan haber consultado a los frailes antes de iniciarse en el negocio.
Las empresas que fundaron ahora reclutan a prejubilados haciendo el camino de vuelta: de la mina a la uva. Así le pasa a Balbino González: «De momento somos pocos los que tiramos de esto, pero en seis o siete años el sector podría convertirse en una industria que dé puestos de trabajo». Margen queda para ello. Entre profesionales y particulares, este año hay 80 hectáreas plantadas, cuando el Principado tiene permisos para alcanzar las 211.
El diagnóstico de Balbino, a pie de cepa, apunta cambios dentro de la tradición. Antes sólo recolectaba la familia. «Eran tiempos en los que en cada casa había mucha gente viviendo y nos bastábamos; ahora las cosechas crecen pero las familias somos más pequeñas», abunda María Rodríguez. «Por eso tengo que ir ayudando a los demás», dice. Su solidaridad no basta ante el resurgir del vino. A su lado, Roberto Rodríguez explica que se echó a las cepas «porque me dijeron que había dinero, pero es mentira: sólo hay uvas... y un poco de dolor de espalda», bromea.
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