Hay quienes la buscan, la anhelan y la gozan. Y hay también quienes la rehuyen, la detestan y la sufren. En todo caso, la soledad es un misterio inevitable, que cuando uno ya es viejo acrecienta el sentimiento de desarraigo de la sociedad. Es lo que pensaron hace ya cinco años los promotores del Complejo Intergeneracional Ovida, una idea sin parangón hasta hora en España. Una percepción que ya tiene forma y que desde el pasado mes de septiembre da sus primeros pasos para que «mayores y jóvenes convivan en un espacio puntero».
La entrada al centro, ubicado en Monte Cerrao, recuerda inevitablemente a la recepción de un hotel. Lo hacen también los largos pasillos con habitaciones numeradas. Amplios ventanales recorren los tres módulos en que se divide el complejo: asistencial, para atender a mayores dependientes, la zona de apartamentos, para ancianos que se valen por sí mismos, y la residencia de estudiantes.
En total son 34.000 metros cuadrados construidos sobre el terreno que en 2004 concedió el Ayuntamiento a los promotores, la constructora Ceyd e Inversiones Gerontológicas Díaz Dapena, que han desembolsado 31 millones de euros. «Es un concepto pionero y está basado en el modelo de los países nórdicos. Conviven mayores y jóvenes, pero siempre teniendo en cuenta las diferentes necesidades», subrayó el director médico del centro, José Gutiérrez.
De hecho, el área asistencial, lo que comúnmente se conoce como residencia de ancianos, cuenta con 376 camas (desde la apertura en junio están ocupadas 80) distribuidas en siete plantas para atender las diferentes enfermedades de los ancianos. «Lo que ocurre en muchas residencias es que gente que tiene todas las capacidades mentales intactas tiene que convivir con otros que padecen demencias o trastornos psíquicos. Aquí, permanecen en distintas plantas para recibir las atenciones que requieren», explicó. No en vano, según un estudio realizado en 2008, un 66% de los ingresados en residencias de ancianos padecen algún tipo de demencia y la mitad no la tiene diagnosticada. Es el razonamiento de Gutiérrez que garantizó que en Ovida eso no ocurre: «Antes de que un mayor entre en el centro, todo el equipo realiza un diagnóstico y decide en que planta ubicarle».
En el centro «todo tiene un por qué», dicen sus responsables. Paseando por las plantas que aún huelen a nuevo, se descubren esos puntales ensalzados por Gutiérrez y la directora del área asistencial, Elsa Rodríguez. Así, cada planta tiene un color predominante para que los mayores no se desorienten; los internos con alteraciones de la conducta permanecen en la planta baja para evitar suicidios y fugas; y todos los baños están adaptados.
Al otro lado de la recepción, la residencia de estudiantes (con 180 plazas) y el edificio de apartamentos para mayores independientes (con 175 plazas), recién abiertos en septiembre, estrenan su actividad. «Hasta ahora tenemos 20 estudiantes y 24 mayores que ya conviven juntos», explica la directora del área, María Pola. Su intención es que el salón de actos comience a ofertar actividades: «Acabo de terminar una visita para un estudiante de música que dará conciertos para todos». Otra receta contra la soledad.