E L tema de la autoridad en la familia y en la escuela nos viene preocupando desde hace bastante tiempo, así como el del aumento de la violencia en las aulas. En mis tiempos escolares, allá por los años sesenta, las peleas entre alumnos se producían principalmente en el patio del colegio o en el campo de fútbol, la mayoría de las veces debido a diferencias en la aplicación de las normas de los juegos. También es cierto que había algunos casos de acoso entre compañeros de clase: el típico «abusón», que se creía que por tener algunos años más, o por su fuerza física, podía someter a los más débiles a su voluntad. Cuando los más débiles crecían y perdían el miedo, el matón o el abusón se batían en retirada, y las cosas volvían a la normalidad. Asimismo, había profesores que, 'manu militari', se extralimitaban en su función docente.
La disciplina en el aula era muy estricta y las faltas por mal comportamiento eran sancionadas con castigos -muchas veces corporales- y otras con estancias en el salón de estudio terminando los deberes del día siguiente o realizando alguna tarea que nos encomendaba el profesor y que luego era comprobada y corregida. En general, y, a pesar de ser una época autoritaria, guardo un grato recuerdo de muchos de los profesores que tuve en aquellos años. De todos aprendí algo: en primer lugar, normas de comportamiento, puntualidad, respeto a los demás, hábitos de estudio, valoración del esfuerzo personal, disciplina... De algunos agradezco que hubieran sembrado en mí la semilla de la inquietud por la Historia y los idiomas, así como por la práctica deportiva, en este caso, gracias a un gran profesor de Educación Física y excelente entrenador de baloncesto, cuya profesionalidad y trato humano siguen siendo recordados por todos sus alumnos a pesar de los años trascurridos desde su fallecimiento.
Se respetaba al profesor y éste tenía reconocimiento social, aunque sus condiciones salariales no eran precisamente buenas, y esta aceptación de su papel de educador no tenía nada que ver con que viviéramos en tiempos de una dictadura, sino que este respeto venía dado por la dignidad de su función social. Por aquel entonces, pocos padres traspasaban el recinto escolar -había como un temor reverencial- y los que lo hacían, eran a nuestros ingenuos ojos sospechosos de buscar algún 'enchufe' para sus hijos.
Hoy en día, la violencia y las agresiones brotan en muchos lugares, y la escuela no es ajena a este fenómeno; pero, no son los profesores quienes la engendran. No ocurre sólo en España, sino también en los países de nuestro entorno. Evidentemente, la culpa no es de los sistemas democráticos en los que vivimos; posiblemente, todo sea debido a que vivimos en una época más frenética, más impaciente, y, sobre todo, más estresada, y menos deferente y respetuosa. Pero, en el caso de la enseñanza, hay factores que son únicos y peculiares. Uno de ellos, en mi opinión, es el efecto acumulativo de muchos años de políticas educativas que han aumentado los derechos de los padres, pero no sus responsabilidades. Ahora, entran en los centros, participan en los consejos escolares con su voz y su voto, y es así como debe ser.
Sin embargo, también se ha alimentado un modelo escolar consumista, en el que los padres tienen derecho a la información y a «consumir» el producto escolar que elijan: público, concertado, o privado. En un modelo consumista se reclama si creemos que el producto que compramos es defectuoso, y así también algunos padres consideran que como consumidores pueden reclamar por todo y de cualquier manera, desde las calificaciones, los deberes, los índices de aprobados, y hasta por la forma en que el profesor dé la clase. Y, por supuesto, tienen todo el derecho a reclamar lo que les parezca que es justo, y cauces legales tienen para ello; pero, otra cosa, es poner continuamente en entredicho la labor docente, o preocuparse únicamente de que sus hijos aprueben, sin tener en cuenta si se han hecho merecedores de ello, o hacer una reclamación sin fundamento alguno, simplemente, para ver si 'cuela'. No todos los padres actúan así, naturalmente. Y, es curioso, y a la vez sorprendente, que donde más quejas y reclamaciones hay -con muchísima diferencia- sea en el sector público. Y lo mismo podemos decir de la violencia escolar. ¿Significa esto que la enseñanza pública sea peor? No, simplemente que se la ha desprestigiado extraordinariamente, y donde no hay prestigio, inevitablemente se pierde la autoridad y el reconocimiento social.
P or otra parte, también podemos ver hoy en día a niños de cualquier edad y acompañados por sus padres, que no saben comportarse en lugares públicos y que, de forma consentida, hacen lo que quieren. Y escuchar a sus progenitores decir sin sonrojo que no pueden, ni saben qué hacer con ellos. ¿Es culpa también de la enseñanza pública? Quizás nos olvidamos que en la educación hay tres ámbitos de actuación que se interrelacionan: el familiar, el escolar y el de toda la sociedad en su conjunto y que los tres deben cooperar para recuperar el prestigio de la función educativa, tanto en profesores como en padres. A estos ámbitos, habría que añadir otro sistema de educación nefasto inducido por la televisión y que se basa en tres pilares fundamentales: violencia, dinero y sexo; pero, en el que, deliberadamente, están ausentes el razonamiento lógico, la cultura del esfuerzo, los valores humanos y, por supuesto, los culturales.
C iertamente, hay que volver al respeto por la institución educativa, proteger la escuela, devolverle el prestigio que le corresponde, dotarla de los recursos necesarios para que en ella renazcan la calidad y la excelencia. Recuperar la dignidad de la función social de nuestros profesores -hoy desmotivados, acosados, cargados de tareas burocráticas, ninguneados socialmente- con las leyes y medidas oportunas que les pongan en camino de reconstruir su 'auctoritas', para que en la escuela vuelvan el orden, la exigencia y la evaluación objetiva, desterradas, lamentablemente, por leyes supuestamente progresistas. También es imprescindible que se recupere el prestigio y el respeto de la institución familiar, con todos los apoyos que sean precisos, para que vuelva esa autoridad perdida que es inherente a los progenitores para que cumplan con su deber de padres.
Una escuela donde brillen el respeto, la excelencia y la autoridad que el profesor se tiene que ganar con su competencia en un marco de convivencia sólida y estable, será, sin duda, el camino más corto para la regeneración democrática que nuestra sociedad tanto necesita. Una democracia en la que no vale todo, sino en la que el esfuerzo, el mérito y lo eminente sean parte fundamental de la misma, y que no se puede permitir una enseñanza pública desprestigiada.