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Un gijonés en la corte del Louvre

Cultura

Un gijonés en la corte del Louvre

31.10.09 -
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Vive envuelto en verdes reales. Entre árboles que trepan hacia las nubes y campos que alfombran el camino de hierba amansada. Quizá por eso a Miguel Álvarez Fernández, el Ponticu, le sale la naturaleza por los poros del acero. Su obra primera descansa en casas reales, en palacetes de duques, condes, vizcondes y grandes de España a los que atrapó el gesto en hierro noble. Sus desvelos de hoy sienten, además de la preocupación por ser fiel a los rasgos del hombre, el desasosiego del mundo y su paisaje. Lo demuestra el escultor, que en sus pinturas también clama a la naturaleza, cuando extiende las ramas del árbol en sus manos. Unas manos que le llevarán al Museo Louvre el próximo diciembre. Ha creado Miguel Ponticu un bosque completo en su propio jardín y parte de él viajará a París, donde ha sido reclamado por la Sociedad Nacional de Bellas Artes para participar en la exposición colectiva internacional de arte contemporáneo que reúne en la Sala Notre a algunos de los talentos del siglo XXI. El primer español en participar con altavoces en esa cita fue Miquel Barceló y lo hizo justo después de haber ganado el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Pero Miguel Ponticu aún no tiene la vista puesta en Francia, donde sus aceros negros, oxidados por antojo voluntario de la materia (cortén) y los inoxidables, pulidos con empeño por él mismo, estarán sólo cinco días, del 9 al 14. Ahora sus ojos miran a los árboles que cuentan sus afanes a la espalda de la casa familiar entre el Piles y el Infanzón, porque antes tienen otra cita más cercana.
La última semana de noviembre el bosque y con él toda una fauna recién incorporada a su imaginario escultórico será expuesto en el Centro de Arte Moderno Ciudad de Oviedo (CAMCO). La colección que podrá contemplarse allí, en los bajos del Teatro Campoamor, vive ahora en otro sótano. Justo donde reposan los cimientos de su casa. En el subsuelo, oculto tras una puerta que nadie franquea, tiene este artista gijonés su estudio. Bajo la biblioteca, soportando el saber, las vidas y el tiempo que acumulan cientos de libros, está su lugar privado. «Sólo he dejado entrar a una persona y me dijo que le recordaba al 'Silencio de los corderos'». Y es que el taller del Ponticu tiene, en el fondo, algo de trágico.Con sus herramientas, incluidos unos cuantos sopletes con los que se ha quemado «varias veces» conjugando el fuego para soldar el acero y una radial «para hacer chispas», como él dice bromeando. Con sus bosques, que endurecen la imagen del planeta en peligro, y todo un cosmos propio que suma a sus retratos de siempre.
A diestro y siniestro, además de árboles, el taller de Miguel Ponticu exhibe cabezas diminutas y a tamaño natural, dibujadas todas con líneas en el aire; peces brillantes con alma de viento y sin más carne que la de su contorno silueteado, nacido «directamente como una extensión desdoblada del plano», frágiles pájaros «inspirados en la picassiana paloma de la paz» que baten sus alas al más leve movimiento en el espacio y pequeños fragmentos de ramas sobrantes por todo el suelo. Unidos, más bien enredados (no realmente, pero sí para la vista), son, sin duda, la viva imagen de un universo subterráneo y paralelo. Quizá porque la luz natural, que gritan sus piezas, no le visita tras la puerta cerrada en lo alto de la escalera. Quizá porque entre sus no demasiados metros cuadrados Miguel ha encerrando el mar, el aire y la tierra, que son ahora sus elementos dentro y fuera del estudio. Los elementos que viajarán al CAMCO, no muy lejos de la plaza de Díaz Merchán, donde se levantan los siete metros de altura de uno de sus más hermosos robles de acero ('El Carbayón'), para mostrar ya sin enredos, con cada raíz en su propia tierra y cada silueta exportando sus magias sobre blanco, las obras más recientes que han salido de su estudio.
Las obras que responden, dice Miguel, a un «compromiso con la degradación del ecosistema» y funden en sus formas su «obsesión por el entorno». Todas las esculturas con las que el Ponticu ha entrado en este nuevo siglo nacen de una duda: «¿Por qué llenar el mundo con mi arte inútil?». Y no es esa una cuestión sin respuesta. Él mismo la plantea y él mismo la contesta rápidamente plasmando en sus trabajos la realidad de la naturaleza para que «algún día», dice, «mi arte deje de ser inútil y se convierta en la conciencia de alguien que decida no cortar un árbol por el hecho de haber crecido en el sitio equivocado y, por qué no, quizás la gente empiece a compartir mis sueños y nuevos árboles empiecen a crecer en grandes extensiones, por la simple necesidad del placer de verlos crecer».
Lo cierto es que el fruto de sus manos de escultor nunca fue estéril. El arte nunca lo es. Pruebas de la admiración que ha profesado desde siempre, al margen de compromisos más allá de la propia bondad de cada pieza, están en innumerables colecciones particulares, empezando por la de la Casa Real. La infanta Margarita le solicitó un retrato de bronce, cuyo barro guarda orgulloso aún en casa. Pero su s esculturas también descansan en espacios institucionales como las Termas de Gijón o el Museo Naval de Madrid y el de Tabar, de Navarra. Fuera de nuestras fronteras nacionales, donde Miguel Ponticu ha logrado éxitos ya incontables (la entrada por la puerta grande del Louvre se unirá ahora a ellos) ha dejado igualmente su marca. El Albuquerque Museum, en Nuevo México (EE UU) le tiene en su fondo de arte, como la Fundación Alvargonzález de Gijón o la de los Duques de Soria, en la ciudad castellana. Aunque a él lo que realmente le importa, lo que realmente busca es dominar el espacio para contar todo su paisaje y atrapar en sus aceros los más singulares gestos de la naturaleza.
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Artista. Miguel Ponticu en su estudio de Somió, rematando una escultura de acero cortén. / Álex piña


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