Para llegar a la casa -un chalet coqueto y centenario que en su día fue propiedad del fotógrafo alemán Octavio Vinck y que responde al nombre de 'Villa Josefina'- hay que dejar atrás el Museo Evaristo Valle y seguir el camino que conduce a la parroquia de Cabueñes. «No tiene pérdida», había dicho por teléfono unos días atrás: «En cuanto llegues a una curva y veas una palmera altísima». Dicho y hecho. En cuanto la palmera entra en el campo visual, él ya está en el jardín esperando.
-Estoy un poco cohibido.
-¿Por qué?
-Siempre he pensado que usted es una de las figuras más importantes que ha dado la cultura asturiana en estas últimas cuatro décadas.
Él suelta una carcajada.
-Pues no te cohíbas, que yo no me lo tomo en serio ni me lo he tomado nunca. Fíjate que he dejado de escribir con la misma naturalidad con la que empecé a hacerlo. La verdad, no es para tanto.
Pero sí que lo es. A Juan Cueto Alas (Oviedo, 1942) se le deben algunos ensayos imprescindibles como la 'Guía secreta de Asturias' (1975), 'Una conversación con Navascués' (1976) o 'Los heterodoxos asturianos' (1977), pero también la creación de una revista tan fundamental como 'Los Cuadernos del Norte' -cuya colección completa rescata ahora Cajastur- o la puesta en marcha de un modelo televisivo que casi comenzó como una excentricidad y ha acabado marcando la agenda mediática de la España de nuestro tiempo, por no hablar de sus juicios sobre los logros y perversiones de la Sociedad de la Información.
-¿Entonces ya no escribe nada?
-No, no. Escribo de vez en cuando alguna cosilla, pero para uso personal. Al principio pensé que acabaría entrándome el mono, pero nada de nada.
-De todos modos, usted siempre ha oficiado más de 'pensador' que de escritor al uso.
-Sí. Ensayista, articulista, cosas de éstas. Y editor, sobre todo, pero son cosas que tampoco echo de menos. Quizá sea inconsciencia mía, pero he llegado tranquilo a una edad a la que ya no tengo ganas de demostrar nada.
Mientras cuenta que ha decidido prorrogar indefinidamente el año sabático que se ha tomado «por prescripción médica» y recuerda a sus «amigos del alma» Chus Quirós y Silverio Cañada, posa para el fotógrafo en una abarrotada biblioteca donde los tomos del 'Diccionario etimológico' de Corominas conviven con los de la 'Enciclopedia temática asturiana' y en cuyos estantes se hacinan libros de arte y ensayos del más variado pelaje junto a las últimas novedades editoriales. Con el último chasquido de la cámara, nos trasladamos a un salón en el que aguardan dos sillones, un cenicero y un televisor de plasma que emite un 'western' a un volumen casi inaudible.
-Ni siquiera escribía demasiado en 'Los Cuadernos del Norte', la revista que usted fundó y dirigió y que acabó convirtiéndose en el referente de la cultura española durante toda una década.
-Fue una aventura muy simpática. Fueron diez años redondos que coincidieron con la década de los ochenta, que en España fue la época de la modernidad, de la posmodernidad, de la 'movida'. Yo creo que esa revista fue capaz de contar los aspectos que tenían todas esas cosas, de hablar del nuevo mundo español que empezaba a funcionar en aquel momento. No sé si la revista aguanta o no, pero allí están más o menos todos los que hicieron algo a lo largo de los ochenta. Es verdad que ahí no escribí casi nada, y la verdad es que no fui nada 'yoísta'. Consideraba que España estaba bastante desconectada de la cultura europea y quise conectarla con los movimientos de vanguardia. Creo que se consiguió.
-Precisamente, ése fue el mayor mérito de la revista: el ser una publicación hecha desde Asturias que, sin perder la vinculación con el territorio donde se asentaba, acertó a plantear una apertura muy ambiciosa hacia otras realidades.
-Eso es lo que pretendía. Ya sabes que yo era muy maniático de aquello de lo global y lo local, y que acabé inventando el término 'glocal', que nació allí y que ahora veo por todas partes (risas). Creía que ése era el camino a seguir, que se podía tener una visión global y local al mismo tiempo, y la revista intentó al menos hacer ejercicios de 'globalocalidad'. El problema fue que cuando llevábamos siete años, tras aceptar la dirección de Canal + en España, tuve que largarme a Madrid y ya se me empezó a poner todo cuesta arriba. Dirigir a la vez la revista y la televisión era una cosa de locos. Aguanté hasta que se cumplieron diez años y lo dejé. No porque estuviera cansado, sino porque pensaba que había que dar otra vuelta de tuerca al concepto. Me inventé entonces el proyecto de una nueva revista que iba a llamarse 'Euyork' y donde se iba a tratar la cultura europea con una óptica 'neoyorquina'. Aprovechando los contactos que tenía entonces, se lo comenté a los primeros espadas de la cultura europea, que ya conocían 'Los Cuadernos del Norte', y todos estaban de acuerdo, pero luego me llegó el encargo de montar Telepiu en Italia y ya no estaba por la labor. Tenía que elegir entre mi salud y yo, y obviamente elegí mi salud.
-De alguna manera, 'Los Cuadernos del Norte' también marcan una transición en su trayectoria personal. De ocuparse de asuntos netamente asturianos, poco a poco fue abriendo su campo de intereses hasta desembocar en el Juan Cueto conectado al mundo que hemos conocido en estos últimos años.
-Exactamente. Yo sabía que la cultura que se estaba haciendo en Europa era la que tenía que llegar a España, y el que fuera en 'Los Cuadernos del Norte' donde se trataron por primera vez estas polémicas sobre la posmodernidad me hizo ser más 'global'. Yo aprendí bastante de esa revista, y todos los que estaban conmigo también se contagiaron del movimiento cosmopolita que inauguró esa publicación.
-No hay que olvidar que estamos hablando de la primera revista cultural de la democracia.
-Fue la revista cultural de la Transición. Todas las discusiones y todos los fenómenos de aquellos años tenían su expresión allí, incluidas algunas cuestiones, como el diseño, de las que nunca se había hablado hasta entonces. Había un aire de renovación de la cultura española que era el reflejo de lo que ocurría en España en los años ochenta. No obstante, me sigue pesando lo de 'Euyork', porque el proyecto me apasionaba, pero no pude con él.
-Usted llegó a ser considerado una especie de oveja negra de la intelectualidad por su querencia hacia la televisión, un medio muy mal visto entre los eruditos. Es más, fue pionero en hacer crítica televisiva y siempre defendió el medio.
-. Y hasta acabé dirigiendo una (risas). Era una aberración, no había por dónde cogerme. Además, yo quise coger Canal + para demostrar que se podían hacer las cosas, que se podía hacer una revista cultural de la misma manera que se podía hacer una televisión digna. No sé cómo me lo consintieron, pero desde luego el que no me lo consintió fue mi cuerpo. Las cosas que más estresan en el mundo, según me dijo un médico de Italia amigo mío, son los cambios de domicilio y la dirección de una televisión. Yo lo hice todo a la vez. Fui muy burro, me puse en una situación de estrés continuo y al final el cuerpo es más sabio que todo.
-Los grandes temas que plantearon 'Los Cuadernos del Norte' aún siguen vigentes.
-Yo creo que sí. Había una cuestión que a mí me preocupaba bastante, que era el tema del pop. Creo que el pop llegó tarde, mal y nunca a España, y la prueba es que en estos últimos años ha explotado de una manera total. El pop, entendido como una mirada moderna, estuvo simbolizado por la 'movida', y quise dar importancia al pop en su expresión artística y literaria. El pop fue un movimiento importantísimo que por culpa del franquismo, de la Transición y de otras cosas que conocemos de sobra, no llegó a España como debiera. En ese sentido, se intentó que 'Los Cuadernos del Norte' le dieran la relevancia que merecía.
-¿España sigue sin bailar al paso que marca la modernidad?
-Lo que pasa es que las modas se aceleraron tantísimo en estos últimos años que se fueron devorando unas a otras. Con la posmodernidad llegó el post-estructuralismo, que a su vez acabó devorado por otro movimiento, y así constantemente. Ahora nos dedicamos a cabalgar sobre las modas. No como si fuésemos en tablas de surf, sino atravesando las olas sin romperlas ni mancharlas.
-Se ha perdido capacidad reflexiva.
-Sí. O por lo menos yo lo siento así, pero no soy capaz de comprender por qué.
-Quizás las nuevas tecnologías, que usted siempre ha defendido, hayan contribuido a ello.
-Eso fue muy importante. 'Los Cuadernos del Norte' también dedicaron mucho espacio a ese tema, aunque las nuevas tecnologías no existían entonces, pero sí supusieron una aceleración total del sistema de las modas.
-Y esa aceleración dificulta el análisis.
-Exacto. En un sitio como la Laboral, donde se reflexiona sobre las nuevas tecnologías, te das cuenta de que es imposible seguir el ritmo. Yo soy miembro del patronato, recibo todo lo que se publica y voy a las exposiciones, y, sin embargo, cada vez me siento más desfasado. La obligación de los responsables del Centro de Arte es estar al día de las últimas tendencias, y eso conduce a una insatisfacción permanente porque nunca estás lo suficientemente al día.
-Sorprende que diga eso alguien que siempre se ha preocupado de mantenerse en la vanguardia.
-Sí, pero es que estar en la vanguardia es muy difícil. Yo al final no podía atrapar la vanguardia. Mi último intento fue con Laboral, pero confieso que ahora estoy desfasado. Y aunque Laboral sea una buena plataforma para agarrarse a las tecnologías, hay cosas que ya no entiendo.
-En lo personal, hay dos cosas que siempre me han llamado la atención de usted. En primer lugar, la paradoja que se da entre su permanente conexión con las últimas tendencias, su estilo netamente urbanita, y el hecho de que viva en el campo, prudentemente alejado de la ciudad.
-Eso es una esquizofrenia (risas). Una esquizofrenia que produce un estrés de caballo. Ya ves que el estrés está siendo el 'leit motiv' de esta charla, porque realmente le he visto las orejas al lobo y he decidido cortar. No se puede mantener esa obsesión que tenía yo por querer estar a la última en lo más urbano viviendo en lo más rural al mismo tiempo. Ha llegado un momento en el que he dicho basta. Tenía que escoger entre estar al día en todo o retirarme. Escogí retirarme.
-Por otra parte, el hecho de que, pese a su militancia en la izquierda, se haya mantenido alejado de todo tipo de dogmas.
-Eso lo tuve claro desde el principio. Cuando fundé 'Los Cuadernos del Norte' quise que fuera una revista sin ideología. En aquella época todo el mundo quería escribir de política, y nosotros creímos que la pluralidad era un referente fundamental que quisimos defender por encima de todo. La verdad es que no tuvimos muchos fanáticos firmando allí. Es más, hasta Jiménez Losantos publicó un artículo sobre Camus bastante mejor que las barbaridades que escribe ahora (risas).
-¿Por qué en aquella época era posible un proyecto como 'Los Cuadernos del Norte' y ahora resulta, en muchos aspectos, poco menos que una utopía?
-La clase política quería hacer cosas nuevas. Yo le planteé el proyecto al presidente de la Caja, Barthe Aza, que era un hombre de UCD y amigo mío, y él aceptó inmediatamente y nunca puso la más mínima objeción. Sólo se quejó una vez de que la letra era muy pequeña. Ni la UCD ni el PSOE pintaron nunca nada en la revista, pero todos la apoyaron. Era una oportunidad para conectar a España con la modernidad en muchos ámbitos, incluido el editorial. En aquellos años se publicó muchísimo, surgieron editoriales nuevas, de vanguardia y no tan de vanguardia, que buscaron recuperar el tiempo perdido. ¿Eso era fruto del voluntarismo? Pues en muchos casos sí, pero hay voluntarismos que valen. Si no lo hacíamos nosotros, no iba a hacerlo nadie.
-¿Y no cree que ha habido un retroceso? Da la impresión de que ese voluntarismo ha ido disminuyendo a medida que aumentaban las facilidades técnicas.
-Sí, sí ha disminuido. Ese reto voluntarista que nos pusimos entonces fue muy positivo, pero después llegó el problema de que las modas, las nuevas tecnologías y el consumismo brutal acabaron haciéndonos más zánganos. Las nuevas generaciones cortaron con ese principio de subsidiariedad que nos guiaba a nosotros y por el que nos sentíamos obligados a hacer lo que no hacían los demás. También hay que pensar que es otra época, pero tú diste antes en el clavo cuando dijiste aquello de las nuevas tecnologías respecto a las modas. Yo siempre sospeché que la implantación de las nuevas tecnologías iba a ser brutal, pero no tanto como estamos viendo.
-Se han desbordado.
-Totalmente. No hay más que dar una vuelta por la Red para ver que ha explotado por todas partes. No da tiempo a asimilar nada. Yo estuve tan pesadísimo con el tema de las nuevas tecnologías que no sé cómo no me mataron, pero yo creía de verdad que aquello iba a funcionar. No supuse que iban a acabar tragándose todo lo demás. El progreso, tal y como lo entendíamos nosotros, fue un fracaso. El progreso no es lo que está delante, porque hay cosas que están delante que merecen estar detrás, y lo que es un fracaso es esa evolución que no deja rastro de lo que se va comiendo. El progreso es bueno porque acumula memoria, pero el problema viene cuando salta por encima de la memoria y lo liquida todo. Además, en España ya tenemos un déficit de memoria bastante grande auspiciado por la política. Somos el país del alzhéimer, y nuestro progreso también está olvidando todo lo que pudo ser positivo de las épocas de superación. Ahora mismo me encuentro en un estado de perplejidad tremendo. Creo que hemos tratado el progreso muy aceleradamente. Hay muchas cosas que pasaron de moda y que yo estoy echando de menos porque no debieron pasar de moda tan rápido. Me aterroriza ver la velocidad con la que quedan devoradas ciertas cosas en nombre del progreso, pero bueno. Supongo que todo esto daría para llenar varios números de 'Los Cuadernos del Norte', si siguiesen existiendo (risas).