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La gaita guarda silencio por Ignacio Noriega

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La gaita guarda silencio por Ignacio Noriega

El Gaiteru de San Roque, figura mítica del folclore llanisco, fallece a los 85 años dejando sin maestro a toda una generación de intérpretes asturianos

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A la edad de 85 años fallecía a primeras horas de ayer Ignacio Noriega García, el Gaiteru de San Roque del Acebal. Al menos tres generaciones de llaniscos habrán bailado el Pericote al contrapunto de la gaita de Ignacio, quien en los últimos años recibió infinidad de homenajes y reconocimientos a su labor. El postrero hace siete días, durante los festejos de Llanes al Cubo. Y el pasado 30 de octubre el Ayuntamiento de Llanes le daba su nombre a una calle que desemboca en el río Carrocedo.
Víctima de una larga enfermedad, diagnosticada hace un par de años, Ignacio Noriega tuvo que ser evacuado de su domicilio en Llanes en la noche del jueves, hacia el hospital de Arriondas. Y junto a su lecho de muerte, como en las últimas semanas, se encontraban su sobrina Belén y Manolín Vela, su último tamboritero y fiel escudero durante doce años.
Ignacio Noriega había nacido en San Roque del Acebal el 21 de agosto de 1924 y era el cuarto de una saga de ocho hermanos criados en el seno de una familia dedicada a la ganadería. Con 15 años acudió a una tejera en Burgos y más tarde se empleó en alfares de Castro Urdiales y Viérnoles, localidad próxima a Torrelavega. Fue jornalero y se dedicó a la elaboración de lloqueros y a curtir pieles que sirvieran como fuelle para instrumentos de viento.
Al ser homenajeado por sus vecinos, el pasado mes de mayo, éstos le dieron «las gracias porque en todo el mundo se te conoce por tu profesión y por tu pueblo: el gaiteru de San Roque del Acebal».
Desde muy niño le llamó la atención el sonido de la gaita y pudo comprar la primera en Zaragoza. Le costó 300 pesetas y la adquirió tras dedicarse a recoger chatarra en el polígono de tiro donde cumplía el servicio militar. Era una gaita gallega y cuatro años más tarde, por 200 pesetas, se hizo propietario de una asturiana que había pertenecido a la banda del Frente de Juventudes.
Romper pajuelas
Y explicaba Ignacio en vida que con la gaita gallega «comencé a tocar a base de romper pajuelas y machacar mucho, todo ello de oído, sin ningún tipo de noción sobre música. En aquellos años pensábamos que la música nada tenía que ver con la gaita, éste era un instrumento que se tocaba sólo de oído».
La aparición de Ignacio Noriega en las fiestas de la comarca no se produjo hasta 1956, fecha en la que fallecía Manolo Rivas, el otro gran gaitero llanisco que fue el rey en la primera mitad del siglo XX.
La música de gaita no pasaba entonces por momentos de gloria y a los que tocaban el instrumento se les consideraba personas de vida y costumbres desordenadas. Pero Ignacio supo preservar la dignidad del colectivo y así lo reconocía José Ángel Hevia, en el año 2002. «Es uno de los pocos gaiteros, tres en Asturias, que en los años 60 y 70, cuando la música asturiana pasaba por sus peores momentos, supo mantener la tradición musical», comentó Hevia sobre Ignacio Noriega.
40 tamboriteros
A lo largo de sus más de 50 años de actividad, Noriega se acompañó por casi 40 tamboriteros diferentes. El primero fue el porruano Ezequiel Noriega Amieva y el último Manolín Vela Martínez.
Recuerda Ezequiel haber «debutado en Ruenes» y asegura que habían viajado «en un autocar de Mento hasta Niserias y allí nos recogió el coche de un indiano». Por tocar la misa, la romería y la verbena «cobramos 25 pesetas, cada uno, y dormimos en una tenada». Por su parte, Manolín Vela definió a Ignacio como «un padre» y elogió de su mentor «el toque templado para acompañar el tambor y el dominio de la técnica de los bailes, así como el acompañamiento para la tonada».
Ya guarda silencio la gaita de aquel irrepetible gaitero, enamorado del Pericote, que pensaba que «para tocarla hay que tener buen oído, bastante humor y habilidad. Tocar la gaita es como hacer madreñas, si no tienes sentido ni idea, te salen todas del mismo pie». Y también opinaba que «allá donde se escucha la gaita, siempre hay animación».
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Un momento del funeral. / NEL ACEBAL


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