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Un náufrago constante

ALEJANDRO CÉSPEDES ESCRITOR

Un náufrago constante

En pleno Madrid vive y trabaja este autor de versos directos y viscerales que trata de mantenerse asido a la realidad pasando olímpicamente de musas y dioses de la inspiración. El de poeta es un oficio y difícil, dice

28.11.09 - 03:10 -
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Esta es la terraza de Alejandro Céspedes (Gijón, 1958), no muy lejos del río Manzanares, avasallada por el tronar del Madrid de una media mañana cualquiera de noviembre y de unas obras dignas de El Escorial. Por suerte estamos parapetados, con una taza con un litro de café entre las manos, tras la reja oxidada que cubre cada ángulo de este espacio, en el que vive y escribe, con el pequeño perro rebozándose en un prado verde artificial y luminoso, y la vistosa y cariñosa guacamaya campando a sus anchas por la mesa, las sillas o la camisa del poeta. Hoy vive de la literatura («que no de la escritura: el dinero viene de lecturas, charlas y conferencias») y, a pesar de que de ello pende su cuenta corriente, desprende una tranquilidad fría y reflexiva en torno a la poesía en general y a su creatividad en particular: «Todo eso de esperar a que lleguen los dioses con las ideas, a que venga la inspiración es un mito como una casa: yo sé que quiero escribir sobre un tema, sé que quiero trabajarlo, sé que me va a costar: sé que esto es un oficio que requiere mucho esfuerzo». ¿Oficio? ¿Realmente el autor de versos tan directos y viscerales, de libros que se pueden leer en menos de una hora puede afirmar que esto es fruto de un esfuerzo largo y trabajoso? Entonces ríe, y recuerda una reciente y encarnizada discusión en torno a este mismo asunto. «Es un efecto, es totalmente fingido: la poesía es técnica y método». Céspedes presenta volúmenes monolíticos, en los que trata un único tema (anuncios, accidentes de tráfico, da igual) y en los que cada nueva pieza crece a partir de la anterior, como el músico que improvisa sobre la misma escala una, y otra, y otra vez hasta que, en el último compás, da con la armonía justa y pretendidamente buscada desde un primer momento. Pero esta apariencia no es más que la capa más superficial de unos poemas en los que, como él mismo reconoce orgulloso refiriéndose a 'Flores en la cuneta', de aparición inminente en la editorial Hiperión, «he cuidado el tejido al detalle, para que la primera lectura no pase de los diez minutos y las tres, las cuatro, las cinco siguientes permitan encontrar más cosas». Evidentemente, este detallismo sólo puede resultar de un trabajo metódico, pero «no científico: esa es otra gran mentira, una utopía a la que quizás se agarren los críticos». En efecto, las fórmulas no vienen dadas, y menos aún las formas. Cada libro es una nueva búsqueda sin un destino definido o un camino trazado, ni siquiera alimentada por la necesidad («no necesito escribir, lo que necesito es trabajar en lo que sé hacer»), sino por un sentido profesional que tensa y equilibra permanentemente el cable tendido entre lo visceral, lo interior y un producto bien acabado. En este punto, se hace necesario desarmar una última mentira: «El escritor que no publica es como el que canta en la ducha y se hace llamar cantante». Ahora sólo queda tratar de entender cómo se puede vivir siendo metódico y huyendo de las poéticas y manuales; creando versos que sin saltos de línea serían prosa; un autor reflexivo que dispara desde las entrañas; y que no necesita escribir pero para el que no publicar es impensable. Todo tiene una respuesta: «Nunca he asistido a un taller, pero hablo en endecasílabos y tengo el ritmo metido a fuego; no dejo de leer poesía, pero algunos de los mejores versos los he encontrado en una novela; y si nunca dejo que la pasión se coma el trabajo frío es porque a nadie le intereso yo: el catálogo de sentimientos humanos es limitado y ya está más que explotado». Poco a poco, se va deshaciendo la maraña de contradicciones que resultan no ser tales, se van definiendo las fronteras de una actitud compleja pero tajantemente clara en la cabeza del autor, tanto ante su escritura como ante la vida de escritor. Un enfoque particular e inusual resultante de una evolución que corre silenciosa bajo la reinvención y la ruptura que supone cada nuevo proyecto literario, y por tanto oculto a las miradas morbosas que pretendan encontrar un personaje tras la obra, una careta constante y, quizás, conformista. «En mi caso, probablemente lo que me ayudó a empezar a abrir ventanas, a encontrar una visión distinta sobre las cosas (como decía antes, el surtido de temas es finito) fue la soledad». Estar solo se convierte, pues, en el caso de Alejandro Céspedes, no en el detonante de un malditismo de andar por casa, ni siquiera en una traba para escribir y abrirse, sino en el único camino que se puede tomar para mantenerse fiel a uno mismo, y en una garantía de rigor creativo y de autoexigencia: un buen ejemplo de cómo convertir los defectos en virtudes, en ponerlos al servicio de uno. Así es como, según él, ha logrado escribir sin que lo engullan el éxito, la vanidad («otra constante que es inútil negar: a todos nos gusta ser leídos») o sencillamente la posibilidad de dejarse arrastrar por las corrientes menos recomendables del vasto océano editorial que se divisa desde Madrid. Los libros van saliendo con calma, algunos duermen en un cajón («son como camiones atravesados en una autopista») para volver tiempo después y terminarse; otros se convierten en borradores que avanzan con paso firme y decidido. Por fin, después de todo, puede mostrar los frutos y exponerse, lo cual no es fácil: «Trabajamos con el material primigenio, al final todo es autobiográfico y enseñarlo es enseñarse a uno mismo, de una forma o de otra». Se perciben los nervios del que acaba de lanzar 'Los círculos concéntricos', del que tiene otro libro a las puertas; y al mismo tiempo la tibieza del que sabe (o cree saber) qué lugar ocupa en el mundo y que habla, sin preocupación, miedo o vértigo de lo que está por venir: «Tenían los labios como después de haber besado mucho hielo». Es un verso aún por ubicar, de un universo que empieza a fraguarse a base de escenas, voces, imágenes, personajes y sentimientos de ese catálogo que acabará por cristalizar en un nuevo libro, antes o después. «Aún no sé ni por dónde ni adónde voy con este libro, como de costumbre». Pero esto, intuimos, sí que es una gran mentira; con la particularidad, a diferencia de las que Céspedes ha desmontado a lo largo de la entrevista, de que pertenece al grupo de las que no vale la pena intentar desenmascarar: esta es una intuición aguda, un movimiento cadencioso, la deriva constante y solitaria de un naúfrago.
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