No sé si van a rezar, a mirar o a ambas cosas, pero el caso es que siempre hay gente. Desde el domingo pasado hasta el próximo 6 de diciembre, en el que la basílica del Sagrado Corazón reanudará el culto religioso, miles de personas acuden a contemplar la restauración del templo gijonés. La primera impresión que produce a los visitantes es que en la 'Iglesiona' se encendieron las luces, y no sólo por la nueva iluminación interior, sino por la viveza del color y la claridad de sus pinturas murales. ¡Parece resucitada!
A todas luces, la restauración está bien realizada, y la iglesia gana en espaciosidad. Tal vez se podía haber buscado una alternativa al altar lateral de la izquierda, un poco fúnebre aunque de indudable valor artesanal, que corta una de las pinturas. Respecto a las lápidas con los nombres de las víctimas de la Guerra Civil que estuvieron presos en el templo, creo que la solución del Arzobispado, de retirarlas y reescribir sus nombres -lógicamente falta 'el Ausente' porque no estuvo presente en la 'Iglesiona'- en la girola de la iglesia, es correcta. También estos nombres son memoria.
La historia de la basílica del Sagrado Corazón se podría resumir en tres estampas y un epílogo. La primera estampa estaría personalizada por el padre Cesáreo Íbero, a quien Enrique y Guillermo Inmenkamp pintan, con capa jesuita, entre otros personajes de la resurrección de los justos, en el testero del ábside. Victoriano Rivas Andres, S. J. ha esbozado los avatares que tuvo que afrontar entre 1912 y 1923, el padre Cesáreo, venciendo, con mano izquierda, voluntad e inteligencia, las oposiciones tanto municipales como también eclesiásticas, para la edificación de la iglesia.
De la segunda estampa quedan huellas en la cúpula del coro, alegoría de la fe, que irradia desde el edificio de San Pedro del Vaticano, y cuyas pinturas no se han podido recuperar completamente, al ser las más afectadas por el incendio de la iglesia el 15 de diciembre de 1930, cuando los últimos estertores de la monarquía alfonsina. Los acontecimientos de ese día quedaron grabados en la memoria de Mariano Busto, entonces un niño que estudiaba grado elemental en el instituto, enfrente de la 'Iglesiona'. Estaban en clase de caligrafía, cuando escucharon el estrépito que venía de una manifestación en la calle. Algunos de los manifestantes entraron en el templo e hicieron una pira con los objetos e imágenes del culto. Se escuchan unos disparos, y, al poco tiempo, se coreaba desde la calle una improvisada copla: «Sonaron tres tiros / y el Tuero cayó / el padre Elorriaga fue el que lo mató». Tuero fue la primera víctima de la trágica historia de la 'Iglesiona', fiel reflejo de la historia de España.
La tercera estampa remite a los nombres de la girola, fusilados entre 1936 y 1937. Mi abuelo, Sergio Herrero, que era simpatizante de la CEDA, se salvó porque, al ser de derechas, un médico amigo, ante el peligro que corría, le envió a su casa por enfermedad. Se da la paradoja de que su cuñado, Mariano Merediz, republicano de convicción, diputado melquiadista y abogado de la CNT y que le cogió el levantamiento militar en Oviedo, se fue a Gijón porque aquí se encontraba más seguro. Se equivocaba. Su nombre está en la placa.
Y la última estampa o el epílogo es el que nos muestra hoy la 'Iglesiona'. Una estampa luminosamente feliz y esperanzadora, de un tiempo que, por fortuna, ya es otro.