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Versos rescatados del olvido

CULTURA

Versos rescatados del olvido

19.12.09 - 10:46 -
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Versos rescatados del olvido
Imagen de los años 40 desde el Club de Regatas cuando la iglesia de San Lorenzo aún no había sido construida.
¿Quién fue Basilio Fernández? La pregunta tuvo que planear por las mentes de los miembros del jurado que, en 1992, decidió conceder el Premio Nacional de Poesía de ese año a un autor fallecido hacía un lustro y del que apenas se había tenido noticia hasta entonces. Pero no fueron los únicos, ni tampoco los primeros, en plantearse ese interrogante. A finales de los ochenta, Emiliano Fernández, sobrino de aquel hombre discreto y silencioso con el que había convivido durante varios años, se vio obligado a buscar una respuesta a esa misma cuestión después de descubrir, tras la muerte de su familiar, una serie de cuadernos donde éste había dejado para la posteridad unos cuantos versos escritos con letra apresurada, y muchas veces dubitativa, que dejaban constancia de una consistencia poética que resultaba insospechada en alguien que, como él, se había caracterizado por llevar una existencia más bien rutinaria y anodina, alejada de cualquier foco literario y entregada a su trabajo, la lectura y la música. Cuando, cinco años después de su deceso, aquellos poemas recibieron el reconocimiento que su propio artífice les había negado en vida, el ‘Diario de León’ encabezó la noticia con un titular bien expresivo: «Nace un poeta muerto». Es difícil resumirlo mejor.
Aún hoy, casi dos décadas después de aquel descubrimiento, resulta difícil pergeñar un relato detallado de la vida de Fernández. Sabemos que nació en Valdervín (León) el 28 de julio de 1909 –es decir, hace ahora cien años– y que se trasladó de niño a Gijón, donde su padre regentaba un almacén de vinos y coloniales. Podemos afirmar que estudió en la Escuela de Comercio y en el Instituto Jovellanos –donde fue discípulo de Gerardo Diego (una circunstancia que se adivina fundamental a la hora de explicar su vocación poética) y compañero de Luis Álvarez Piñer, otro ilustre literato gijonés– y que se matriculó en Derecho en la Universidad de Oviedo –en cuyas aulas compartió pupitre con Gonzalo Torrente Ballester– antes de terminar la carrera en Madrid.
Luego, volvió a Gijón y empezó a trabajar en el negocio de su padre, que abandonó para incorporarse al ejército de la República con el estallido de la guerra civil, un conflicto que él terminó en Cataluña como alférez provisional de las tropas franquistas tras entregarse durante la retirada republicana hacia el País Vasco e integrarse en el bando que a la postre resultaría vencedor. A partir de ahí, alternará unas estancias en Barcelona, donde trabajaba como representante comercial de alimentación, con otras en la villa de Jovellanos, a donde se traslada a la muerte de su padre, en 1944, para hacerse cargo junto con uno de sus hermanos del almacén de vinos que entonces se abría en Donato Argüelles y que años más tarde pasaría a instalarse en la esquina de esa misma calle con la de Langreo.
Después, todo viene a ser silencio. La vida de Basilio Fernández se encarama a una anodina rutina comercial de la que apenas saldrá más que para dejarse ver haciendo tertulia en el Club de Regatas o en las cafeterías de la calle Corrida, siempre sobre temas ajenos a la literatura. Y, por descontado, jamás le contó a nadie –ni siquiera a sus familiares más cercanos, aquellos con los que convivía– que empleaba algunas de sus horas de ocio pergeñando algún que otro verso que apuntaba en unos cuadernos de cuya existencia nadie supo hasta que, en abril de 1987, se acabaron sus días.
Fue por esa época cuando su sobrino Emiliano se puso a revisar sus pertenencias y encontró los ocho libros (aunque sería más adecuado hablar de ‘proyectos’) con unos 140 poemas que conforman su legado y que empiezan vinculándose a las corrientes creacionistas para ir encontrando después un lenguaje propio, fruto de una constante tensión entre la tradición y la vanguardia que alcanza su punto álgido en los textos que componen el conjunto titulado ‘Hay un mayo cualquiera’ –para muchos el mejor segmento de su obra– y deriva después en la tosquedad sobria y doliente que preside sus ‘Últimos poemas’.
Cuando el editor Álvaro Díaz Huici conoció todo aquel material, no dudó en preparar una edición que finalmente acabaría traspasando a Carlos Espina, responsable de Llibros del Pexe, que editó en su propio sello ‘Poemas 1927-1987’, el volumen que recogía la poesía completa de Fernández, incluyendo aquellos textos que sí había llegado a publicar en sus años mozos (tres en la revista ‘Carmen’, que dirigía Gerardo Diego –y de los que se incluirían más tarde dos en la ‘Antología de poetas españoles contemporáneos en lengua castellana’ que preparó en 1946 César González Ruano, quien ya por aquellas fechas daba al escritor gijonés por «desaparecido»– y otro en ‘Meseta’), y que hizo que a su autor se le reconociese póstumamente con el Nacional de Poesía. Descatalogada ya aquella edición, la llama de los versos de Basilio Fernández vuelve a reavivarse estos días con ‘Antología (1927-1987)’ (Trea), un libro donde su sobrino Emiliano selecciona los que en su opinión son los mejores textos poéticos escritos por Fernández y que resucitan el misterio que constituye la peripecia vital de su autor.
Porque, si hasta ahora ha sido posible seguir unas cuantas huellas de su biografía, lo que resulta del todo imposible es penetrar en un mundo interior que nunca quiso compartir con nadie. Sus familiares no saben si su cambio de bando en la guerra civil supuso un replanteamiento ideológico o si fue solamente fruto de las circunstancias, como también desconocen la opinión que tuvo acerca del franquismo o los motivos que le llevaron a desarrollar su faceta creativa de una manera tan secreta. Sí niegan, a este respecto, que Basilio fuera un ‘exiliado interior’, y barruntan que algo tuvieron que ver las enseñanzas de Gerardo Diego y su concepto de la ‘poesía pura’ en el asumido ostracismo de un hombre que disfrutaba escuchando jazz y que desarrolló algunos planteamientos poéticos verdaderamente atrevidos, como los que conforman el grupo titulado ‘Raudos contornos donde el silencio persevera’.
Tampoco se conocen al detalle sus filias y sus fobias literarias, aunque está comprobado que mantuvo intermitentemente una relación epistolar con Diego y con Torrente, ni se sabe si pudo escribir algo más en los largos paréntesis de silencio que se abren entre las fechas de los cuadernos que se conocen. Ni quienes se han acercado a estudiar su obra ni quienes le trataron de primera mano son capaces de arrojar luz sobre una vida que, pese a parecer normal y corriente, resultó estar llena de sombras. Y hoy, cuando se cumplen cien años de su nacimiento, y veintidós después de su muerte, Gijón aún sigue preguntándose quién fue realmente aquel vendedor de vinos que escribía versos y respondía al nombre de Basilio Fernández.
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