Rubén y José Luis suben con parsimonia algunos enseres por los peldaños de la herrumbrosa escalera que asciende hasta la pasarela peatonal de Renfe en Gijón, sin uso desde hace casi 20 años. Es el día de Reyes y, después de comer en la Cocina Económica, los dos 'sin techo' acuden al que es su lugar de cobijo desde hace meses. Buscan refugio ante la amenaza de lluvia y viento helado. Ambos son conscientes de que dentro de muy poco ya no podrán hacerlo, porque la destartalada instalación sobre la autopista va a ser demolida este mismo mes debido al inicio de las obras de la estación provisional de trenes de la ciudad. «¿Y ahora dónde nos vamos a meter cuando echen abajo esta pasarela?», se preguntan sin disimular su inquietud. Rubén, de 33 años, y José Luis, de 51, temen seguir la misma suerte de un indigente que murió de hipotermia en Avilés durante el último temporal, en diciembre. Para intentar entrar en calor en las noches de mayor rigor invernal cada uno cubre el colchón que les sirve de jergón con «seis mantas y un edredón».
La pasarela está expuesta totalmente a las inclemencias del tiempo porque está abierta por sus laterales. «Aquí corre una brisa marina muy guapa», asegura con cierto tono de ironía Rubén, berciano de nacimiento y con una experiencia carcelaria de cinco años por un delito contra la salud pública. Ahora este indigente con estudios no va a ningún sitio sin la silla de ruedas donde cuenta que estuvo postrado ocho meses tras sufrir fracturas en ambas piernas.
Su compañero de fatigas, oriundo de Logroño, se aferra al alcohol para sobrellevar una existencia en la calle que ya dura un cuarto de siglo. «Intenté dejar la bebida en una ocasión entrando en Proyecto Hombre, pero me mosqueé con un monitor y me fui por no pegarle», narra con la misma naturalidad con la que muestra el contenido de una bolsa con tetra briks de vino peleón y latas de cola para prepararse su dosis diaria de calimocho.
Historias de la Legión
Ambos tienen en común un pasado militar como legionarios y les gusta reunirse a conversar a diario en la pasarela sobre esas y otras historias anteriores a su caída en desgracia. Ellos no son los únicos inquilinos de la antigua pasarela peatonal. Comparten morada con un sevillano del que ni siquiera saben su nombre. «Pero nosotros somos uña y carne», afirman estos dos 'sin techo' que viven de pedir limosna y que critican que en Gijón más del 60% de las plazas de los albergues están vacías. Aseguran que tienen que dormir en la calle porque en los centros asistenciales de la ciudad sólo les dejan hacerlo cinco días cada tres meses. «¿Es acaso ésta la política social de Zapatero?», se pregunta Rubén.
Rodeados de suciedad y de sus escasas pertenencias, relatan que ahuyentan la presencia de roedores con veneno y con dos gatos que han adoptado como mascotas. La vida en la pasarela, ya dura de por sí, les ha causado algún que otro sobresalto nocturno. Como en la ocasión en que «cuatro rumanos borrachos subieron mientras dormíamos para robarnos y darnos una paliza».
Cuando las máquinas se lleven por delante el que ha sido su hogar en los últimos meses aún no saben cómo se las van a a arreglar para instalar una nueva base de operaciones. «Sólo queremos un saco de dormir para no palmar de frío», señalan interpelando a la concejala de Servicios Sociales.
Lo de guarecerse en cajeros automáticos lo descartan, «porque te echan los serenos» y porque no quieren acabar sus días «como aquella indigente a la que prendieron fuego unos niñatos en Barcelona».