En la LXII Temporada de Ópera de Oviedo, 'Don Giovanni' y 'Ariodante' marcaron una altura de calidad, un nivel musical y escénico sorprendente. Frente a estos títulos, Simon Boccanegra, que cierra la temporada, hace que regresemos a una realidad menos gratificante. La leve revitalización en los últimos años de 'Simon Boccanegra', una ópera de la que Verdi, en su vejez, escribió «la he querido tanto como a un hijo deforme», no parece que haya llegado a Asturias. Y no es, precisamente, porque esta producción de la Ópera de Oviedo procedente del Festival de Ópera de Santa Fe, que se representa esta semana carezca, en algunos momentos, de peculiares valores musicales y escénicos. Todo lo contrario, estamos ante una representación correcta, pero lo simplemente correcto, a veces limita con lo anodino.
¿Hubiese sido Carlos Álvarez, el barítono que canceló en Oviedo por motivos de salud y que a la misma hora en la que se representaba 'Simon Boccanegra' interpretaba en Roma el papel de Ford, de la ópera 'Falstaff', el estímulo para esta ópera? Cancelar por motivos de salud aquí, para cantar allá no deja de ser un gesto feo, aunque se pueda justificar por razones artísticas, como que un Ford es más cómodo que un Simon. De todas formas, Álvarez, fue correctamente suplido. Además, no creo que su mera presencia hubiese catapultado este Boccanegra que hemos visto a un nivel estratosférico.
Uno de los problemas escénicos del 'Simon Boccanegra' consiste en unificar, de forma verosimil y coherente, lo que sucede a lo largo de las dos horas y pico que dura la representación. En una velada teatral trancurren veinticinco años de una vida; reconocimientos de personalidades y parentescos - ¡Tu eres mi hija! ¡Yo soy tu nieta! ¡Eres mi suegro!-; escenas de celos, traiciones, sublevaciones, envenenamientos y muertes. ¿Cómo cohesionar todo ello? Musicalmente Callegari busca los climax sonoros, se apoya en la coherencia y el sentido de espacialidad, de lejanía de los coros, e intenta resaltar las dinámicas orquestales para producir esa unidad y coherencia. Sin embargo, desde la escena, la concepción de Stefano Vizioli no resulta tan clara. Vizioli idea una escenografía algo minimalista y simbolista que, pese a una ingeniosa plataforma móvil y abierta, acaba resultando demasiado estática. Podemos entrever referencias a la pintura romántica -la escena de la plebe entrando al Palacio del Consejo recuerda a uno de los cuadros de Delacroix-, ambientaciones idealmente medievales o una evidente atmósfera marína que enmarca la obra, muy lograda en el prólogo y en la escena final de la muerte de Boccanegra, pero todo ello, a veces sugerente, no nos adentra en la entraña de la obra.
Los protagonistas
Vocalmente, este Simon Boccanegra fue correcto, pero no estuvo plenamente logrado. El tenor Giuseppe Gipali, tiene un timbre muy bello y una línea de canto elegante y natural, que pone de relieve sobre todo en su aria 'Sento avvampar nell' anima', del segundo acto. Pero le falta algo de volumen, para que no parezca que canta siempre en 'sotto voce'. Aunque no sea una grabación operística, Ángeles Blancas registró con una gran delicadeza lírica una selección de las canciones del compositor gijonés Enrique Truan. Admiro su voz y su arte, pero me decepcionó algo su interpretación de María Boccanegra. Volumen, buena tesitura en los agudos, pero color algo áspero y respiración y fraseo forzados. El bajo Vitalij Kowaljow protagonizo un buen Fiesco, especialmente contundente en su aria del prólogo y su aria del último acto. El barítono Marco di Felice, solvente en los registros medios y agudos de su voz, representó un Simon Boccanegra convincente pero algo frío tanto desde una perspectiva dramática como musical. En el tercer acto, Di Felice se reencuentra y da emoción a su personaje. Lo mismo pasa con la obra. Frente a otras representaciones que tienen su punto culminante en el segundo cuadro del primer acto, ésta cobra un poco de vida al final, paradójicamente cuando se muere su protagonista.