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Las cenizas del hereje

Cultura

Las cenizas del hereje

30.01.10 - 03:14 -
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«La figura de Prisciliano y la naturaleza del movimiento ascético promovido por él han experimentado un renovado interés y protagonismo en diversos ámbitos de la investigación, de la ensayística e incluso de la producción literaria del siglo XX». Con estas palabras inicia Francisco Javier Fernández Conde su ensayo 'Prisciliano y el priscilianismo' (Trea), en el que se acerca a la figura de uno de los herejes más famosos de la Historia para establecer alrededor de su biografía y su doctrina «lecturas modernas que sirvan para entender mejor lo que está sucediendo en los tiempos presentes y para comprender con mayor claridad involuciones y rigorismos provenientes de las estructuras jerárquicas». Y no resulta ocioso volver los ojos a Prisciliano en estas fechas, cuando estamos metidos en pleno Año Jacobeo, porque si bien resulta siempre interesante analizar su interpretación del hecho religioso, no es menos cierto que su vida y, sobre todo, su muerte adquieren una simbología especial cada vez que el día que el calendario dedica al patrón de España cae en domingo. Por entrar en materia, y si se permite la frivolización, podríamos decir que nunca un santo varón se vio tan íntimamente ligado a alguien que, según el dictamen de su época, acabó traicionando las esencias del catolicismo. Pero el relato es largo, y lo mejor es comenzarlo desde el principio. De hecho, la historia es conocida y arranca en una noche del siglo IX, cuando un eremita llamado Pelayo vislumbró unas extrañas luces nocturnas en el bosque de Llibredón. Tras avisar al obispo Teodomiro, responsable de la diócesis de Iria Flavia, éste acudió al lugar y descubrió allí los restos del apóstol Santiago El Mayor. Alfonso II, el Casto, rey de Asturias, decidió construir un santuario en el lugar en cuanto supo del hallazgo y aquel 'campus stellae' (literalmente, 'campo de la estrella' o 'campo estrellado', en latín) acabó convirtiéndose en un multitudinario lugar de peregrinación y configurando un camino que acabaría constituyendo uno de los grandes hitos de la Europa medieval. Según la leyenda, a la muerte de Jesús su discípulo Santiago había pasado una temporada predicando por lo que hoy es España y su experiencia aquí fue tan grata que, una vez muerto, sus seguidores decidieron que las tierras gallegas eran idóneas para darle sepultura. Hasta aquí, el mito comúnmente aceptado por la cristiandad. Un mito que, pese a la escasa verosimilitud de algunos puntos de su argumentario (¿qué hacía el hijo del Zebedeo predicando en España? ¿Por qué, pese a su estancia en Galicia, no se tuvo constancia de la presencia del cristianismo en esas tierras hasta el siglo III? ¿Por qué regresó después a Jerusalén?), no habría demasiado inconveniente en darlo por bueno si no se cruzara en medio una figura tan peculiar como novelesca que hace que muchos duden de que sea realmente el pupilo del Hijo de Dios quien está enterrado bajo la catedral. Nos referimos, claro, a Prisciliano, que llegó a ser obispo de Ávila y que, desde que en 1900 Louis Duchesne publicara en la revista 'Annales du Midí' un artículo titulado 'Saint Jacques en Galice' en el que lo señalaba como el más que posible ocupante del venerado sepulcro de la capital gallega, ha venido protagonizando una controversia que aparece y desaparece con el paso de los años, pero que no ha dejado de estar presente cada vez que se trata el tema del Camino y su importancia en la vida espiritual de Occidente. De él se han ocupado autores tan diversos como Ramón Chao -que noveló su vida en 'Prisciliano de Compostela' (Seix Barral, 1999)-, Luis Buñuel -que lo incluyó como personaje en la película 'La vía láctea' (1969)- o Traucy Saunders -que en la narración 'Peregrinos de la herejía' (Bóveda, 2009) fantasea con su biografía-, pero también estudiosos como la profesora Ofelia Rey Castelao, autora del grueso volumen 'Los mitos del apóstol Santiago' (Nigra, 2006), un libro cuyo éxito en Galicia sólo es comparable a las polémicas que ha engendrado, o el sacerdote e historiador Francisco Javier Fernández Conde, al que ya hemos aludido. Pero vayamos a la Historia. Según Próspero de Aquitania, Prisciliano habría nacido en la provincia romana de Gallaecia, en el seno de una familia senatorial, y viajado alrededor del año 370 a Burdigala (Burdeos) para formarse con el retórico Delphidius, con el que acabaría fundando una comunidad rigorista. A su regreso al noroeste peninsular, en el 379, empezó su labor predicante y obtuvo un gran éxito entre las mujeres y las clases populares por su oposición a la connivencia entre la Iglesia y el Estado imperial, así como a la corrupción y enriquecimiento de las jerarquías. Sus ideas fueron propagándose como la pólvora, y por ese motivo los obispos de Córdoba y Emerita Augusta acabaron convocando el Concilio de Cesaraugusta (Zaragoza) con el fin de utilizarlo como herramienta condenatoria de su doctrina. La ausencia allí de los dos principales prelados a los que se acusaba de su connivencia con Prisciliano -y que acabarían convirtiéndole más tarde en obispo de Ávila- impidió la condena en firme, y a partir de ahí empezaría un duro cruce de acusaciones epistolares entre ortodoxos y priscilianistas que concluiría cuando Ambrosio, obispo de Mediolanum (Milán, sede de la corte imperial), recibió una carta del obispo Hidacio que le convenció para obtener un rescripto del emperador Graciano en el que éste excomulgaba y desterraba a Prisciliano y sus seguidores de las sedes que tenían en posesión. Prisciliano viajó entonces a Roma para defenderse, pero no llegó a ser recibido por el Papa, que se consideraba incompetente para anular una orden emitida por el emperador. Las posteriores circunstancias geopolíticas, con la llegada al trono imperial de Magno Clemente Máximo y su buen entendimiento con la Iglesia católica, acabarían dándole la puntilla a una doctrina que por aquellas fechas se extendía ya por toda Hispania y parte de la Galia. Prisciliano acudió con varios seguidores al Concilio de Burdeos, convocado precisamente para acabar con sus predicaciones, y acabó abandonándolo para poner rumbo a Tréveris, donde Máximo tenía instalado su centro de operaciones, con el propósito de obtener el respaldo del emperador, pero sin saber que sus adversarios habían acometido ya los movimientos precisos para impedir que saliese de allí con vida. Cuando en el año 385 llegó a su destino, el prefecto imperial le acusó de la práctica de rituales mágicos -tales como el baile de danzas nocturnas, el uso de hierbas abortivas o la práctica de la astrología cabalística- y acabó siendo decapitado junto a varios de sus seguidores y obteniendo el dudoso honor de convertirse en el primer hereje ejecutado por la Iglesia a través de una institución civil. No se sabe con certeza qué ocurrió con sus restos, aunque las crónicas dicen que tanto él como los otros asesinados en aquella encerrona de Tréveris acabaron recibiendo sepultura «en algún lugar de Gallaecia», merced al traslado que varios de sus discípulos habrían hecho desde Tréveris. Algo lógico si se tiene en cuenta que, además de su provincia natal, fue uno de los lugares donde más arraigo encontraron sus ideas. Ésos son los fundamentos en los que se basaba Duchesne para plantear su hipótesis, de la que pronto se hicieron eco autores como Claudio Sánchez-Albornoz y Miguel de Unamuno, a los que habría que añadir el apartado que Marcelino Menéndez y Pelayo le dedica en su monumental 'Historia de los heterodoxos españoles', y que tuvo como uno de sus principales adversarios a monseñor Guerra Campos, que señaló como el lugar de enterramiento del hereje la ermita de San Mamede, en Los Martores (Pontevedra), amparándose en el descubrimiento de unos sarcófagos tallados en piedra que pudieron construirse en el siglo IV. Es una posibilidad muy digna de tener en cuenta, pero tampoco debe desdeñarse el dato de que, en una excavación realizada bajo la catedral de Santiago en el siglo pasado, los investigadores hallaron una necrópolis que bien podría datar de esa misma época. La figura, la doctrina y la biografía de Prisciliano, como se ve, dan para mucho, y las controversias en torno a ellas aparecen y desaparecen con cierta periodicidad. Si en los años ochenta resucitó el interés por su corpus ideológico y su legado ('Los Cuadernos del Norte' llegaron a dedicarle un número monográfico), en la década siguiente esa inquietud pareció aletargarse para resucitar ahora, en la primera década del milenio, cuando acabamos de empezar un 2010 agasajado con el título de Año Jacobeo. Sea como fuere, lo más probable es que la verdad nunca salga a la luz y la intrahistoria compostelana siga oscilando entre quienes aceptan la versión de la Iglesia y los que encuentran en la peripecia de Prisciliano unas mayores dosis de coherencia. Lo único cierto es que los peregrinos que atraviesen la fachada del Obradoiro y se encuentren con el Pórtico de la Gloria no podrán estar nunca seguros de si finalmente presentarán sus respetos al apóstol o, por el contrario, acabarán adorando a uno de los herejes más famosos de la cristiandad.
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