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Grandas de Salime, luces y sombras

Cultura

Grandas de Salime, luces y sombras

31.01.10 - 02:37 -
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«Yo soy una persona muy difícil». La frase la firma José Naveiras, 'Pepe el Ferreiro', ex director del Museo Etnográfico de Grandas de Salime. Y puede que en esa afirmación sea en una de las pocas en las que coincidan el destituido y los destituidores. Aunque quizá haya más coincidencias. Nadie duda en la Consejería de Cultura del papel que Pepe el Ferreiro ha tenido a la hora de poner en marcha un museo ejemplar, con unos fondos espectaculares y posiblemente muchísimo más abundantes de lo que se pensaba (se hablaba de 3.000 piezas y a ojo de buen cubero y recién iniciado el inventario podrían ser 11.000). Nadie duda de lo mucho que sabe este hijo y nieto de herreros de las formas de vida tradicionales, de la cultura popular del occidente asturiano. Nadie duda de que el museo es su gran obra, que él lo echó a andar, lo luchó, lo hizo crecer y expandirse. Nadie duda de su honestidad ni sospecha ni por asomo que en esas acusaciones de irregularidades administrativas que han forzado su adiós se oculte algún chanchullo económico. No.
Pero todo eso, el entusiasmo, el tesón, las ganas, la valentía que ha demostrado durante todos estos años, no es suficiente. No lo es cuando se ejerce un puesto de alta dirección por el que el Ferreiro cobraba 1.440 euros al mes, lo máximo que su nivel formativo permite, cuando se ha de rendir cuentas a un consorcio encargado de velar por lo que ocurre en ese reducto de tradición ubicado en Grandas de Salime, no lo es cuando el museo se integra en un mundo que exige inventarios, cuentas claras, luz y taquígrafos.
Se dice que por el museo pasan al año 21.000 personas. Esa es la cifra. Pero, sin embargo, ningún documento lo demuestra ni nadie sabe quiénes son o de dónde vienen porque nadie lo pregunta y lo anota. Se dice que hay tres mil piezas. Y otro tanto de lo mismo. Con esos ingredientes y otros muchos se sirve el caos administrativo al que alude la Consejería de Cultura para forzar su marcha. Hay quienes piensan que la decisión de Mercedes Álvarez ha sido valiente. Porque en el fondo ella ha hecho lo que muchos otros han querido hacer a lo largo de los últimos años y no se atrevieron a afrontar. Ningún gobierno, de un signo u otro, osó entrar en esa especie de «cortijo» que -dicen unos y niegan otros- montó en su pueblo y al que no permitía entrar al alcalde de Grandas de Salime, Eustaquio Revilla. No quiere el primer edil socialista hablar del caso que nos ocupa. Ha decidido cerrar la boca a la espera de que las aguas vuelvan a un cauce imposible de encauzar. «¡Cómo es posible que un alcalde arribista y mala persona diga que si el museo no se ha desarrollado en los últimos años era por mi culpa!», sostiene Pepe el Ferreiro, que niega la mayor sobre lo que de él se dice y que asegura que sí tiene hecho su propio inventario, ese que tantas veces le han exigido. «Yo tengo mi inventario, estaría guapo que estuviera dirigiendo un museo, me dieran piezas a mí y no supiera de ellas», señala, y añade después que no tiene intención de dar cifras. «Eso no se lo voy a decir, ese fue el arma que estuve usando hasta ahora, no voy a decir la cantidad porque eso es lo que están esperando esos arribistas», afirma.
Está molesto Naveiras, el hombre que en 1983 empezó a montar su museo y vio cómo años después el Principado se unía a su interés por conservar las tradiciones y comenzaban a trabajar juntos. Fue en 1989 cuando aquel museo se hizo grande. Con el paso del tiempo más y más grande. Claro que a medida que crecía también se exigía más control administrativo, una gestión menos de andar por casa, más profesional, más seria en definitiva. Ese es, al final, el único reproche que le hacen los integrantes del consorcio que el martes decidieron destituirle. Un reproche que se ha ido prolongando en el tiempo hasta llegar la situación actual. «Yo soy una persona muy difícil y no soy el pelotas de ningún político ni un adulador de ineptos», dice Pepe el Ferreiro, que se confiesa dolido como a quien le acaban de quitar lo suyo, echar de su propia casa con una patada inmerecida por no plegarse a los caprichos infantiles de otros.
Él se va con esa sensación de haber sido tratado injustamente y con un único objetivo: que se reconozca su mérito. En el museo hay algunas piezas de su propiedad, y si no lo son, sí son cesiones que le hicieron a él. No pretende que esos objetos salgan del museo. Su reparación ha de ser otra: «A veces la recuperación no es la física del objeto, sino la recuperación de saber de quién es ese objeto, que es algo que no tienen en cuenta estos desaprensivos», se duele.
Su marcha deja también dolidos a muchos otros que elogian su trabajo -de hecho ya se ha constituido una plataforma para defender su regreso al frente del museo, 21 asociaciones, que precisamente se reúnen esta mañana en Grandas de Salime para definir líneas de actuación-, pero también hay quienes piensan que, por fin, después de muchos años de tragar con todo, se ha hecho lo que se tenía que hacer. Hay quienes piensan, como Francisco Cuesta, el nuevo director, que un museo es algo más que una acumulación de objetos.
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