Se ha de tener un cierto cuidado a la hora de enjuiciar una novela de la escritora inglesa nacida en 1919 en Persia (ahora, Irán) y domiciliada en Rodesia del Sur (en la actualidad, Zimbabue) hasta los treinta años. Respeto debido no sólo a la evidencia de una trayectoria literaria que ha alcanzado las cumbres del oficio, sino a causa de su propio y peculiar sentido de la profesión.
A principios de los años 80 del pasado siglo, disfrazada tras el seudónimo de Jane Somer, se permitió el juego de remitir su última obra a los editores de Estados Unidos y Reino Unido que venían publicando entusiásticamente toda su producción. Se ve que no estuvieron finos en esta ocasión. Rechazaron el texto, ignorando quién podría ser la autora (lo que demuestra que tampoco debían tener muy aprendidas las características del estilo de Doris Lessing). Más tarde, cuando la creadora de ‘El cuaderno dorado’ logró que otra editorial llevara a la imprenta la novela de firma engañosa, los críticos que siempre habían cantado las excelencias narrativas de Doris Lessing, tan desorientados como los editores, escribieron reseñas tibias que hablaban de una aprendiz con posibilidades de abrirse camino en el futuro...
Seamos prudentes, dicta la experiencia, porque la escritora nonagenaria jamás ha dejado de indagar en nuevas fórmulas, probablemente desde que a los seis años se escapó por primera vez de casa. Y su literatura –de notable carga autobiográfica– tal vez sea la continuación a través de la cual permanece huyendo hacia el centro de sí misma.
El planteamiento formal de ‘Alfred y Emily’ está perfectamente delimitado. Una primera parte en la que imagina una vida para sus padres diferente de la que tuvieron en realidad, y que en la ficción les lleva por derroteros separados, sin que intervenga la I_Guerra Mundial, donde su progenitor sufrió graves heridas que marcaron las circunstancias familiares. Doris Lessing elimina la I Guerra Mundial de la historia para fabular otras posibilidades. Y la transparencia del taller en el que concibe esas alternativas es otra de sus aportaciones originales, concluyendo la tarea por medio de indicaciones que señalan quiénes y cuáles fueron los personajes reales y circunstancias que pusieron en pie la imaginación novelística. La segunda parte se atiene a los hechos, al verdadero curso de los acontecimientos, que transcurren en Salisbury (Rodesia), mientras que los capítulos previos nos desplazaban entre el pueblecito inglés de Longorfield y la capital londinense. ¿En cuál de las ciudades, africana o británicas, el lector advierte una sensación de verosimilitud mayor? Es una pregunta básica respecto de la verdad de la literatura y la literatura de la verdad que en este caso yo no sabría responde. Para un geómetra, no habría duda, por otra parte, de que Doris Lessing y su familia y amigos, son aquellos de los que se nos da noticia en la segunda parte de la novela, sacudidos por la II_Guerra Mundial. Yo mantendría la incógnita. Los vasos comunicantes que se trasladan de un hemisferio al otro, por cuyo flujo borbota, en ambas vertientes, la cuestión de la identidad –esa pugna que mantuvo Doris Lessing con su madre a lo largo de su existencia–, alientan la sensación de que somos lo que somos al tiempo que lo que hubiéramos querido ser. Que hay rincones del alma donde seguimos siendo lo que no fuimos. Si bien no resulta posible negar que la I Guerra Mundial ocurrió, Doris Lessing posee el genio de dibujar otro mapa, que tampoco es el retrato de un mundo feliz.