Carlos Martagón (Cabofel, Ciaño, Langreo, 1950) es una leyenda viva del rock que se hizo en Asturias durante las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, al mando de la guitarra del grupo ‘Stukas’, previo paso por ‘Los Pekines’ y los inolvidables ‘Excéntricos Oprimidos’. Pero las leyendas verdaderas apenas si tienen conciencia de serlo. Es su caso, en un viaje de vuelta de la feria de las vanidades en la que nunca participó, y que ahora le mantiene al pie del pedal en ‘Koniec’, preparando el tercer trabajo discográfico –tras ‘Koniec’ y ‘Groovy la notte’– que a falta de título, sin embargo se sabe que abordará variantes del latin-funk y música brasileña y electrónica.
O sea, que no será exactamente rock de garaje, aunque el lugar en el que realizan los ensayos, por las alturas de Pola de Siero, en dirección a Careses, reúna todas las características de aquellos locales pioneros. La batería Mapex («una generación siguiente a las Ludwig y las Premier»), los teclados Nord Stage, las columnas Hughes & Wettner, micrófonos, cables o la guitarra Fender Telecaster de Luxe que Martagón rasguea mientras hablamos del pretérito indefinido o de mañana Dios dirá, encajan entre toda suerte de útiles de una cochera con coche, paraguas, pamelas, cobertores, unos prismáticos, un ventilador, una raqueta, insecticidas o un saco de alimento completo para perros, que la perra ‘Tina’ no abandona a nuestro entrevistado ni en clave de sol ni a la sombra. Así debió de ser una vez el rock&roll naciente.
Carlos Martagón lo sabe bien, pues allá por los finales de la década de los 60, al lado de Excéntricos, «una historia imposible que duró tres años», junto a Diego, Dago, Johnny y Félix Casero, la introducción de acordes a ritmo de Animals, Spencer Davis, Who, Small Faces, Beatles o Rolling Stones, era una apuesta para no salir del tendejón. «Incluso en una ocasión, que compartimos tenderete con Los Embajadores del Jazz, nos dijeron que una de las canciones que llevábamos en el repertorio, ‘Gimme some lovin’, no existía, que nos la habíamos inventado. ¡Qué más hubiéramos querido nosotros!», explica y sonríe.
Así estaban las cosas, que sólo el dueño de la Sala ‘Blue Moon’, de Salinas, aceptaba de modo complaciente que las nuevas corrientes formaran parte del negocio. «Tocábamos los sábados y domingos e incluso dormíamos en su casa. El propietario, Tino, había sido emigrante en Suiza y veía (o escuchaba) las cosas de otro modo».
Estaba por venir el grupo que lograría romper el modelo hasta cierto punto, ‘Stukas’, pues junto a la marca de la casa, no fueron pocas las concesiones a la línea comercial para lograr sobrevivir en unas coordenadas que también exigían adecuar los ‘rifts’ con los que Martagón atravesaba el escenario a la pata coja. «Fueron muchas bodas, banquetes, comuniones y espichas».
‘Stukas’surgió de una triple alianza, por así decir, con miembros que provenían de la orquesta que tenía el mismo nombre, de la Imperial y los ‘excéntricos’ Carlos Martagón y Félix Casero. Sufrió diversas bajas y altas en los primeros tiempos, hasta consolidarse la formación que daría a la luz el disco que señalaría un punto y aparte en 1981, ‘Hazañas bélicas’, un auténtico bombazo con diez temas, de los cuales ocho estaban escritos y pautados por Martagón.
Ahora, cuando se celebran efemérides o algunos de esos temas son seleccionados como los más recordados entre los melómanos asturianos, al parecer, nadie convoca al autor a la fiesta, lo que lleva con sabiduría zen, pero sin evitar ese conato de justísima mala leche porque seamos una comunidad tan rara, digámoslo así.
«No esperábamos que ‘Hazañas bélicas’ fuera a ser un disco tan escuchado. Fue una sorpresa. Lo grabamos en Fonográfica Asturiana, que llevaban Javier Calzadilla y Juan Taboada. Y al cabo de un tiempo, comenzaron a llegarnos noticias de Madrid, de gente que había escuchado el single de ‘Atrapado’ en Torremolinos, en Londres... Fue un fenómeno de bola de nieve, al que sin duda contribuyeron los medios de comunicación y también que, por entonces, no existía tanta competencia. La virtud que nosotros podríamos haber tenido es que hacíamos una música más personal que el resto de grupos orquestales y disponíamos a nuestro alrededor de personas que nos tenían muy informados acerca de lo que pasaba en el mundo, como el dj Pedro Hernández o Jorge Serrano...».
El manantial creativo prosiguió, con ‘De rebajas’, ‘No dejar al alcance de los niños’, discos de larga duración y singles, ‘Blues del patito rojo’, el instrumental ‘La alegría de ver a un amigo’, el mini-LP ‘Tren de perdedores’, vamos, Snoopy, todo iba bien.
Pero tras ‘Regalo de cumpleaños’, Martagón emprendió otra singladura como profesor de enseñanzas medias en Tenerife. Licenciado en Filología Hispánica y Clásicas, en la isla canaria estudió italiano y periodismo. Se marchó con la impresión de que en esta tierra de fabes no siempre es bien recibido el éxito. Cuenta la anécdota de un grupo que empezaba, al que ayudaron a grabar su maqueta inaugural y que a modo de gratitud les ponían a parir en las emisoras. Generaciones rampantes, acaso el revés del espíritu solidario del rock en el que se curtió. Pero es muy consciente de que la gloria es menos que efímera. «A mí lo que me gusta es tocar y que a ser posible, la gente se lo pase bien, no me importa si es en un bar o en el cumpleaños de un amigo. La música la entiendo como un antídoto contra los malos rollos y las neuras. Y cuando se produce ese momento, es magia».
La entrevista se realiza en el día que se cumplen treinta años de la última comparecencia de Los Beatles, allá en lo alto de Saville Road, lo que incita a promover unos minutos de nostalgia. Del mismo modo que el Ayuntamiento de Langreo ha decidido conceder una calle a Stukas, en un ejercicio de salud que reconoce los deberes cumplidos. Sin embargo, Martagón no entra por ese canal de la sentimentalidad:_«El río nunca va para arriba. Ni vivo de recuerdos, ni tengo ningún interés en mirarme el ombligo. Eso, sí, prefiero recordar más lo bueno que lo malo».
Es la música la que permanece. Ya en tiempos de ‘Stukas’, necesitaba su propio espacio, dando vida paralela a ‘Pequeña banda de blues’ o a ‘El enano copulador y los espermatozoides incontrolados’. En este puerto, antes de ‘Koniec’, fue ‘Merienda de negros’. Y siempre, una de las manos prodigiosas que han escalado los trastes de la guitarra en Asturias. Alpinismo artístico, esa es la figura. Y un talento incombustible.