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José Luis Fernández: «El Goya es mío»

CULTURA

José Luis Fernández: «El Goya es mío»

En Torrejón de Ardoz, en un taller de 700 metros, renace cada año el gesto de Goya multiplicado para el cine como premio. Fundido a la cera perdida, como en la antigua Grecia, tiene sobre cada peana identidad «de obra de arte, única e irrepetible». Así lo reinvidica su orgulloso autor, el escultor asturiano que estos días le da al busto del pintor los últimos toques para la ceremonia del próximo domingo.

06.02.10 - 13:52 -
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Pocos gestos hay en ésta geografía tan reconocibles como los del pintor que frunce el ceño sobre lazada diciochesca al cuello. Su nombre es Francisco de Goya y Lucientes. Nadie lo duda. Fundido en bronce, con pátina de ácido y fuego, debe esa verdad de fama infinita ya no sólo a su autorretrato (que para más popularidad dio la vuelta al país tiempo atrás empaquetando tabaco negro), sino a un asturiano llamado José Luis Fernández (Oviedo, 1943) que cada febrero, desde hace 23, multiplica mirada y compostura aragonesas en su taller de Torrejón de Ardoz. Lo hace para la fiesta del cine, la que se celebra dentro de unos días, el próximo 14, en el Palacio de Congresos de Madrid. Es Fernández el creador de las estatuillas de la Academia, las que rinden tributo a los mejores o, como muchos se apresuran a recordar, a los que un buen puñado de votos así han considerado en cada una de las categorías que describen el entramado de una película.
El Goya, por tanto, es suyo y aunque su rostro algo enfadado renace cada año por decenas, ordenadas ahora en su impresionante estudio de 700 metros cuadrados, él asegura que todos son «únicos e irrepetibles». Pese a eso su museo –que José Luis Fernández tiene museo propio sobre el taller en el que trabajan once personas, «once maestros artesanos»– sólo exhibe uno. Es el primero, «la prueba de artista», que luce como trofeo orgulloso, al lado de sus obras más queridas. El resto desaparece cada invierno la misma mañana de la ceremonia.
Tras ella, alguno regresa para marcar identidades y nacen otros en una última cita con el horno para equilibrar algún premio compartido. «Siempre hay que hacer más bustos tras la entrega», dice, recordando cómo le crece la honra cuando ve su obra allá arriba todos los años desde el patio de butacas, donde lo pasa «francamente bien». «Me encanta la ceremonia. Es como si fuera yo el que diera los premios y me satisface que sean otros artistas los que los reciben», asegura, para confesar al instante que si no fuera por su extrema timidez y por la «poca afición a la notoriedad que me caracteriza» guardaría con los recuerdos de cada premio una fotografía con los premiados. «Me encantaría tener una con Penélope Cruz, sobre todo porque la he visto crecer como actriz, pero...».
Le consuela saber que, como ella, él también tiene su Goya. Y nadie que no lo haya ganado puede decir lo mismo. De hecho, tras la entrega anual llegan a su taller decenas de peticiones de personas que quiere hacerse con una estatuilla pagando lo que sea. «Pero, este premio es sólo para quienes se lo han ganado», repite una y otra vez, entendiendo que muchos han soñado con oír su nombre tras el «... y el Goya es para...». Él mismo, en el fondo de su ser, se oye exclamando: «El Goya es mío». No digamos cada vez que alguien vuelve a asociarlo a su primer autor, el fallecido escultor Miguel Berrocal, que sólo realizó las estatuillas de la primera ceremonia, en 1987, aquellas que tras un resorte escondían una cámara de cine en la cabeza y que, precisamente por su complicado mecanismo, pesaban «demasiado».
A José Luis Fernández, que no le duele esa confusión porque siempre fue admirador de Berrocal, no le importaría, sin embargo, borrarla de la memoria cibernética (pues la creencia ya está enredada en internet). De hecho, el día que murió Berrocal le llamaron sus amigos porque en más de una necrológica se decía «ha muerto el autor de los goyas». Y eso que este asturiano lleva creándolos desde 1988.
Hace Fernández hincapié en el verbo crear, pues también en ésto su trabajo es pasto de una convicción popular. Y ésta si que duele: «Hay quien asume que hago los Goya como si fuera churros, pero lo cierto es que cada uno de ellos es una obra de arte a la que mimo como a cualquier otra de mis esculturas», explica mientras se afana en sus últimos trazos. Estos días trabaja, entre otras muchas cosas, y varios proyectos ajenos al cine, en la realización de las peanas sobre las que irán tallados los nombres de los premiados, «cuando se conozcan», y las diferentes categorías («que, esas sí, esas ya se pueden grabar»).
El escultor tiene a su lado a su hermano Enrique, atendiendo ciertas partes técnicas, y a sus hijos Sergio («probablemente mi sucesor») y Natalia, además de a un buen grupo de expertos en cincelado, fundición y patinado, entre otros procedimientos. Mientras ellos atienden sus funciones, a veces dejándose observar por aprendices de artista, Fernández recorre sin perder un sólo detalle cada uno de los pasos que llevan a los lingotes de bronce llegados a su taller de diez en diez kilos a convertirse en bustos del de Fuendetodos de unos 30 centímetros.
«Se hacen uno a uno y están fundidos a la cera perdida», un antiquísimo procedimiento heredado de la Grecia clásica, que se recuperó en el Renacimiento y que permite a Fernández hacer ver su propio estudio como un reflejo de aquellos talleres de la Europa de los siglos XV y XVI. Habla orgulloso de ello antes de entrar de lleno en el proceso. «Lo que primero hacemos es obtener una figura maciza de la que se saca un molde, realizada a partir de uno de los autorretratos del pintor», recuerda. De ese primer molde se obtienen reproducciones en cera que a su vez sirven para hacer otros moldes de donde nacerán las sucesivas figuras en bronce que, insiste, «nunca son iguales». Y ¿por qué?, pues sencillamente porque tras su paso por el horno queda un delicado proceso de eliminación de la cera que al ser artesanal le confiere cierta personalidad. Cuenta el escultor que es tras esa limpieza cuando se inyecta el bronce fundido a 1.500 grados, que deben pasar por un proceso, primero de centrifugado y después de enfriado, tras el cual, lógicamente, se rompe el revestimiento. El resultado final, que brilla con destellos dorados gracias a un baño a chorro de arena, que se cincela individualmente para pulir sus formas y lleva una última pátina de ácido y fuego en busca de un cierto tono envejecido, pesa entre 2 kilos y medio y tres y normalmente el grosor de su bronce no excede los tres milímetros de anchura. La operación se repetirá «cerca de cuarenta veces». Ese es el número de goyas que este año saldrán del taller de José Luis Fernández rumbo
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