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El día de 23 horas

A las dos de la madrugada serán las tres. El cambio permite ahorrar 300 millones de euros, pero puede causar alteraciones en el sueño. Y renueva el debate sobre los extraños horarios españoles: ya hay peticiones para que los telediarios se adelanten

27.03.10 - 11:02 -
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A las dos serán las tres. Durante todo el día de hoy, usted escuchará esta coletilla, repetida como un mantra, en telediarios, noticieros radiofónicos, carnicerías, supermercados, cafeterías y bares de copas. Los noctámbulos aguantarán hasta las dos de la madrugada para girar la manecilla en el momento exacto y consumir una hora en un segundo mágico; los padres jóvenes se acostarán rezando para que el reloj interno de sus hijos se ajuste milagrosamente a la convención social; y los demás mortales aprovecharán que mañana es domingo para enredarse entre las sábanas y aterrizar en el horario de verano de la manera más suave posible. Son diferentes estrategias para afrontar el último domingo del mes de marzo, que se ha convertido, por Real Decreto, en el día más corto del año. El día de 23 horas.
La costumbre de atrasar o adelantar el reloj en otoño y en primavera debutó en Alemania en 1915, pero se generalizó en todo el mundo tras las crisis de 1973, en un intento por economizar algo de energía. Esa excusa es la que ha seguido justificando la medida, definitivamente consolidada por varias directivas europeas. El Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) estima que España se ahorrará el 5% del consumo eléctrico en iluminación, lo que supone 300 millones de euros. El giro de la manecilla, sin embargo, no es completamente inofensivo, ya que entraña algunos riesgos para la salud. «No son perjuicios alarmantes, pero hay personas que pueden notar alteraciones en el sueño, tanto en forma de insomnio nocturno como de somnolencia diurna. Sobre todo, los niños en edad escolar y la gente mayor», explica Javier Puertas, neurofisiólogo del Hospital Universitario La Ribera de Alzira (Valencia) y presidente de la Sociedad Española del Sueño. Para prevenirlos, la principal recomendación es evitar un cambio brusco en nuestro ritmo de vida: «Lo ideal sería ir acostumbrándose poco a poco, quizá a ritmo de un cuarto de hora cada dos días», aconseja el doctor Puertas.
Quienes manejan los relojes oficiales quizá desconozcan que toda persona nace ya con un cronómetro biológico, que marca el llamado 'ritmo circadiano': ciclos de unas 24 horas que se ajustan a la luz solar y que rigen el sistema sueño/vigilia. Nuestros antepasados no tenían problema alguno para ajustar su vida cotidiana a su reloj interno: se levantaban y se acostaban con el sol. Pero la modernidad trajo la luz eléctrica, el trabajo por turnos y una ruptura cada vez mayor con los tiempos de la naturaleza. Esta operación de ahorro energético (una hora atrás en otoño; una hora adelante en primavera) puede parecer poca cosa, pero es una nueva injerencia social en el ritmo interno de cada persona.
El lío español
En cuestiones horarias, España ha conseguido prepararse una gigantesca ensalada con los ingredientes equivocados. La historia comenzó en 1884, cuando 27 países se reunieron en Washington para poner algo de orden en los relojes de todo el mundo. Hasta esa fecha, cualquier ciudad fijaba su propia hora en relación con el sol y el caos había alcanzado ya proporciones de pesadilla. Los representantes dividieron entonces el globo terráqueo en 24 porciones y adjudicaron una hora a cada franja. Habían nacido los husos horarios. Pero España, en lugar de asumir la hora de Inglaterra o Portugal (el meridiano de Greenwich cruza la península por Castellón), se alineó con Centroeuropa, 60 minutos más tarde de lo que geográficamente le correspondería. Salvo Canarias.
Así comenzó nuestro país a fabricarse su propia relación con el tiempo, a espaldas de la naturaleza, del sol y de los ritmos biológicos de sus habitantes. La danza anual de la hora adelante en marzo y de la hora atrás en octubre no hace sino agudizar los efectos de una decisión equivocada, que ya algunas voces piden revisar. Con evidente tufillo nacionalista, pero también con argumentos científicos, el BNG reclamó que los relojes gallegos se atrasaran para coincidir con Portugal y Canarias.
Pero la gran originalidad española es incluso más reciente. No se sabe si fue por imitación de la bohemia madrileña, que consideraba de buen tono el almuerzo tardío y el trasnoche, o por exigencias del pluriempleo en la posguerra, pero la costumbre de atrasar los horarios de comida y de cama hizo fortuna en pocos años y hoy se ha convertido en una singularidad mundial... y en un grave problema, tanto para la salud pública como para el desarrollo económico: «Nosotros trabajamos cuando los europeos almuerzan, almorzamos cuando ellos trabajan y nos reincorporamos por la tarde cuando ellos ya están acabando la jornada. Esto, en un mundo globalizado, afecta a los negocios», advierte Ignacio Buqueras, presidente de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles, una organización que lleva casi diez años luchando por imponer una mayor cordura en los horarios españoles. Poco a poco, como una lluvia fina, su mensaje va calando.
Año decisivo
El Congreso de los Diputados ya ha creado una subcomisión para estudiar el uso del tiempo en España y hay empresas (Iberdrola, Telefónica, Santander, Mapfre, Repsol...) que van dando pasos en la dirección correcta. Todavía hay resistencias, pero la crisis y la exigencia de elevar la productividad pueden convertirse en una oportunidad: «A grandes males, grandes remedios -pide Buqueras-. Más horas de trabajo no significan mayor productividad. Hay que aprender a trabajar por objetivos, a tener a la gente motivada. Una cosa es estar en el trabajo y otra, estar trabajando. Para eso también se necesita el apoyo tecnológico adecuado». Buqueras vaticina que este año puede ser decisivo en la lucha para que los horarios españoles vuelvan al cauce que ya tenían hace 70 u 80 años. Para ello, la Comisión ha propuesto varios pactos nacionales: con los partidos políticos, con las administraciones públicas, con los agentes sociales, con la sociedad civil... y con las televisiones. «No es lógico que los programas de máxima audiencia duren hasta la una de la madrugada. Eso es algo insólito en el mundo. Queremos que los telediarios se adelanten y que el 'prime time' no llegue más allá de las 23.30 horas», reclama Buqueras.
Y usted, lector, mientras reflexiona sobre el tiempo, los horarios, las costumbres patrias y los ritmos circadianos, no se olvide de lo más urgente: esta madrugada, a las dos serán las tres.
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