En sus últimos días, cuando el Premio Nacional de Poesía había reconocido las virtudes de unos versos hasta entonces casi secretos, apenas salía de casa y podía pasar horas en la ventana, viendo caer la lluvia sobre las calles de Madrid. María Elvira Muñiz, que lo cuenta en el capítulo que le dedica en el segundo volumen de su obra ‘Escritores de Gijón’ (Ateneo Obrero, 1999), ve en ese gesto una añoranza nunca evidenciada de su ciudad natal, aquella que había abandonado tantas veces y a la que estuvo volviendo con cierta regularidad a lo largo de su vida. Porque no puede decirse que Luis Álvarez Piñer (Gijón, 1910-1999) pasase la mayor parte de su tiempo a orillas del Cantábrico, pero sí que la etapa de su biografía que transcurrió en la villa de Jovellanos acabó siendo el desencadenante crucial de una vocación que durante muchas décadas tuvo que agazaparse tras labores alimenticias y un silencio autoimpuesto por pura coherencia con las circunstancias.
Acaban de ver la luz ‘Recordatorio de Ramón Cuesta’ (Pre-Textos) y ‘Acontecer en vano’ y ‘Siervo del horizonte’ (en una coedición de Pre-Textos y la Fundación Gerardo Diego), dos publicaciones que arrojan algo de luz sobre los inéditos de un escritor que tuvo en el ocultamiento consciente y voluntario su propia forma de vivir la literatura. De hecho, lo que de él conocemos es relativamente reciente, porque si bien Álvarez Piñer jugó un papel activo, en la medida de sus posibilidades, en el panorama poético de la España anterior a la Guerra Civil, no es menos cierto que tras el conflicto del 36 su voz se hizo susurro y no volvió a alzarse hasta que en 1991 se concedió el Premio Nacional de Poesía a su libro ‘En resumen’, publicado el año anterior y donde presentaba una selección de 82 poemas que sintetizaban más de medio siglo de escritura. Puede decirse que el franquismo, que por su propia naturaleza interrumpió tantas cosas, constituyó un inmenso paréntesis en la trayectoria literaria de Piñer, que había pergeñado sus primeros versos a una edad bien tierna –ni siquiera tenía catorce años– en el transcurso de una larga estancia familiar en Vigo, y que empezó a mostrar sus inquietudes y habilidades muy poco después, cuando a su regreso a Gijón se matriculó de nuevo en el Instituto Jovellanos y tuvo como profesor a Gerardo Diego.
La comunión entre Diego y Piñer fue rápida y fecunda. Tanto, que el poeta santanderino nombró a su discípulo gijonés secretario de la revista ‘Carmen’ desde el momento mismo de su fundación, en 1927, y le escogió como asistente a la hora de elaborar volúmenes como la edición española de ‘Trilce’, de César Vallejo, o el volumen ‘Antología en honor de Góngora’. En sus viajes a Madrid –más adelante y para examinarse de la carrera de Filosofía y Letras, que preparaba por su cuenta– llegó a tratar con Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, y gracias también a Diego llegó a conocer de primera mano los últimos fulgores de la Residencia de Estudiantes. Como colofón, el mismo año en que se desencadenó la Guerra Civil se costeó la edición de su primer libro, ‘Suite alucinada’ –muy influenciado por Vicente Huidobro y su creacionismo–, que no iba a tener continuación hasta unas cuantas décadas después.
Álvarez Piñer, de familia burguesa, había tomado conciencia política en los tiempos de la Revolución de Octubre de 1934, y, aunque nunca fue hombre de partido, permaneció leal a la República tras el levantamiento del 18 de julio de 1936. Su significación, sin ser excesiva, sí se hizo notar lo suficiente para que la caída del Frente del Norte le llevara a sufrir prisión en Ribadeo, una condena a muerte de la que le salvó el falangista Ulpiano Vigil-Escalera, amigo de la infancia, y un internamiento en el campo de concentración de Camposancos, en Orense, donde empezó a rehacer su vida después de que le concediesen la libertad provisional. Las exigencias alimenticias le obligaron a dedicarse a la madera, los seguros o los espectáculos de variedades, y si pudo rehacer su biblioteca tras instalarse definitivamente en Madrid –la de Gijón había sido saqueada durante la guerra– fue gracias a la ayuda de Gerardo Diego, que seguía manteniendo contacto con el que fuera su discípulo aventajado.
Durante los cuarenta años que duró la dictadura, el poeta gijonés se sometió con tanta resignación como estoicismo a un exilio interior que acabó interiorizando de tal modo que, una vez muerto Franco, ni siquiera se vio con demasiadas fuerzas para emprender el regreso a la vida literaria. Fue la insistencia del profesor de Deusto Juan Manuel Díaz de Guereñu, a quien el propio Piñer –que rechazaba tanto el ‘garcilasismo’ como la ‘poesía social’– había encomendado el estudio de su obra, la que hizo que se aviniera a publicar ‘En resumen’, una antología de lo que había escrito en aquel tiempo de silencio. El Premio Nacional de Poesía que le concedieron justo un año después hizo el resto. En 1992 vio la luz ‘Tres ensayos de teoría. 1940-1945’, y en 1995, y con la colaboración del Ayuntamiento de Gijón y la Generalitat Valenciana, llegó a las librerías ‘Poesía’, un tomo de 810 páginas con ilustraciones del propio autor y cuyo contenido se dividía en tres secciones (‘Hasta 1936’, ‘En un largo silencio (1936-1980)’ y ‘Silencio roto’ (1984-1993)’). El libro permitía, según María Elvira Muñiz, seguir «la evolución en el tiempo de una voz poética sustancial que desde un inicial seguimiento de la vanguardia creacionista (…), sustenta la expresión en la imagen y la metáfora audaz, adopta formas clásicas y el verso libre, con dominio absoluto de técnicas y formas, y ahonda en temas esencialmente humanos: naturaleza, amor, tiempo connotativo de muerte».
Aún hubo más. El mismo año de su fallecimiento vio la luz ‘Memoria de Gerardo Diego (de los cuadernos de Luis Álvarez Piñer)’, publicado con ocasión del centenario del poeta de la Generación del 27, y en 2001, también a instancias de José Manuel Díaz de Guereñu, llegaría a las librerías la correspondencia que mantuvieron ambos escritores. ‘Recuerdo de Ramón Cuesta’ y el volumen que incluye ‘Acontecer en vano’ y ‘Siervo del horizonte’ son, por ahora, los últimos rescoldos de luz que se ciernen sobre una obra acostumbrada a la oscuridad. Según el profesor de Deusto, aún queda mucho material por clasificar y dar a imprenta. Ahora que Gijón celebra el centenario de su nacimiento, puede que la poesía de Luis Álvarez Piñer abandone definitivamente el silencio para tener la resonancia que él mismo decidió negarle en vida.