Hay en el barrio de La Arena, en Gijón, un café incrustado entre paredes grises, al lado del cual se esconde una estrecha puerta, un portal invisible para el que no lo vaya buscando. Allí arriba, en un undécimo piso, está el estudio de Ricardo Pochtar, está el enorme apartamento con una terraza longitudinal desde la que se ve más allá de los confines de Gijón, donde la luz milagrosa, que recorta a unos operarios sobre una azotea cercana, permite ver hasta Oviedo, hasta los Picos de Europa, hasta bien lejos.
Ricardo Pochtar es un argentino de 69 años que ha dado muchas vueltas, antes de acabar en Gijón. Como una bola de billar a la que distintos jugadores han ido mareando hasta dar con su sitio: una mezcla de clima, política y emoción le han ido llevando por diversos derroteros. Por ejemplo: ¿Cuándo empezó Ricardo Pochtar a ganarse la vida con la traducción científico técnica? «El momento fue el 23F», recuerda, dejando en el aire una conexión poco evidente.
Como en los personajes de las buenas novelas, Pochtar, traductor y poeta en su lado artístico y traductor a secas en la profesional, ha surcado varios momentos históricos, o al menos dignos de recordar.
Estudió Filosofía en Buenos Aires y allí, entonces, con un italiano «para entender y poder leer» tradujo una ‘Historia de la Estética’. Pero años más tarde le llovieron las traducciones por las que es más conocido, también del italiano: ‘El nombre de la rosa’, de Umberto Eco, que trasladó junto con Helena Lozano;_y ‘El Gatopardo’, en la edición de Edhasa que más tarde ha publicado Alianza con un amplio prefacio de Gioacchino Lanza Tomasi.
Además de la poesía (Trea le publicó en 2006 ‘Clinamen’, por ejemplo) Pochtar no tiene la pulsión de escribir. No ha «abierto el grifo», quizás, bromeamos, porque en su siguiente parada, en Francia, no cumplió con el estereotipo cortazariano del argentino que se va a París, sino que eligió Aix-en-Provence. «Allí había un profesor con el que yo quería estudiar», dice. «Pero Cortázar tenía una casita cerca, y conocí a bastante gente que lo conoció...».
No cae tan lejos de la vocación literaria, pues, la suya. Para emprender la traducción de un proyecto como ‘El Gatopardo’, que él ventiló en apenas tres meses, reconoce que no basta con ese italiano «para entender». Batirse con la obra maestra de Di Lampedusa requiere mucho más._Recuerda que, ya en su momento, la novela no encontró acomodo editorial fácilmente por su densidad decimonónica, por su estilo empolvado de Stendhal, por un mimo que no todos están listos para traducir: «En su momento evité hacer una edición crítica plagada de notas. Me limité a hacer un glosario de términos sicilianos que aparecen porque esos no hay forma humana de localizarlos en ningún diccionario». Para uno de ellos, en una de esas emocionantes pesquisas de traductor, acabó recurriendo «a un amigo traductor al ruso, para que me localizara la solución que le habían dado en ese idioma».
Frente a la densidad poética de Lampedusa, frente a ese mimo literario que acaba por obligar a abandonar la traducción a su suerte («Si no estarías cambiando cosas constantemente»), se encuentran las rarezas y extrañezas de un autor como Umberto Eco.
Eco es conocido en el mundo de la traducción literaria por ser uno de los pocos escritores que elabora una serie de recomendaciones muy específicas para sus traductores a diversos idiomas, que les sugiere soluciones y que se mantiene, además, disponible para las posibles consultas que les puedan surgir durante el proceso.
«Eso está muy bien», recuerda Pochtar, «pero hay algunas cosas un poco demenciales en ese proceso. Por ejemplo, para ‘El nombre de la rosa’ recuerdo que en sus recomendaciones pedía al traductor español que encontrara determinada grabación de canto gregoriano, y que la escuchara justo durante la traducción de un capítulo en concreto».
Umberto Eco escribió en 2008 ‘Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción’, un libro en el que recopila anécdotas y reflexiones propias, de su breve producción como traductor al italiano, y sobre el volcado de sus textos a otras lenguas, que en más de una ocasión han dado quebraderos de cabeza a sus traductores en varias lenguas. Juegos de palabras aparte, cuenta Eco que «(en ‘El péndulo de Foucault’) pongo en boca de los personajes muchas citas literarias. La función de esas citas es mostrar la incapacidad de los personajes de mirar al mundo si no es a través de la lente de la cita».
«Bueno», repone después Pochtar, «lo que ves, lo metes; y lo que no... se siente». No hay más remedio con alguien como_Eco que, por ejemplo, en ‘El nombre de la rosa’, se divierte introduciendo veladas referencias medievales en los títulos de los capítulos. «En otra ocasión sugiere cambiar un poeta italiano que nadie conoce por Lorca en español. Nada que ver».
Ricardo Pochtar llegó a España en 1976, recuerda mientras su mujer, Juana, riega los tres pequeños bonsáis y la diminuta planta de la que penden unos pimientos en miniatura. Volviendo a la analogía del billar, ambos acabaron en Gijón por una carambola perfecta que se los trajo al Norte: una combinación de un Gobierno que les convencía, un clima que les convenía y un entorno que les agradaba les llevó a establecerse, finalmente, aquí, en el corazón del barrio de La Arena, presidiendo la mitad de la villa.
Se despiden, con su gata Rossina jugueteando alrededor («Se llama así por Rossini») declarándose caseros, poco festivos. En la calle la gente anda, viene, va, pero ahí arriba, en lo alto de esa torre a lo Montaigne, reina el silencio y la paz envuelta en libros: una casa más, un estudio más, una historia más de literatura, idiomas y esfuerzo. Pero que no dice lo mismo.