Imagen de Arriondas hoy. / NEL ACEBAL.
Preocupados por si crece el río e incrédulos ante la posibilidad de que la historia se repita. Con el fantasma de las inundaciones de junio de 2010 sobrevolando Arriondas, sus vecinos se sitúan, con matices, entre alguna de estas posturas. Es difícil bordear el río más de cincuenta metros sin ver a un lugareño asomarse al Sella. Muchos con sus hijos de la mano, ya que hoy, como ayer, los pequeños parragueses han visto cerrado su colegio. Las clases se han suspendido ante la amenaza de desbordamiento del caudal, que discurre a tan sólo unos metros de las aulas.
Ana Isabel, vecina de Arriondas, vive en un cuarto piso y no teme por su casa, pero apunta que “ya el fin de semana tuvimos que sacar los coches de los garajes y vaciar los trasteros, porque la otra vez sí que se nos inundó”. Reconoce no ser de las más afectadas esta vez. “Lo peor es la zona del Hospital, están más en alerta por si hay que evacuar, yo vengo al río a echar un vistazo al cole”. En este punto mira a su hija, que al oír hablar de la escuela ríe abiertamente, y su madre admite a regañadientes “sí, el personal pequeño está muy contento, pero el río bajó poco, no desagua”.
Carmen Rodríguez, que reside cerca del Centro de Salud, destaca como señal positiva que el Sella “no se ha salido del sitio”. Espera que terminen las precipitaciones, “porque como siga como ayer no sé en qué parará”. Confía en que la situación de aquel junio fatídico “no se repita” y, concluye, “estoy tranquila”.
En el otro extremo se sitúa Ángel Cibrián: “Otra vez la misma canción”. Este vecino, con su vivienda muy próxima al río, admite haber pasado la noche “mirando por las ventanas cada poco, con miedo, es que ya pasamos un apuro muy grande y seguimos con lo mismo”. Para él la solución pasa por acometer reparaciones. ”Se forman unos tapones descomunales. Estamos de acuerdo en que no hay dinero, pero muchos vecinos se van a quedar en la calle”. Y apostilla, indignado, que “los bajos están hechos una basura”. Recuerda que cuando se instaló en Arriondas hace cinco años “ya tuve que venir a trabajar con botas de pescar. La gente está desesperada, mirando ríos, mirando mareas…”.
En la zona de El Barco “la peor parte se la están llevando los garajes, pero no sé si es por el río o por las alcantarillas que no tragan”, comenta Pilar Pesquera. También ha pasado la noche “vigilando” pero “la limpieza que hicieron este verano, quitando isletas, algo valió, aunque tendrán que subir el muro y mirar el alcantarillado, que no desagua bien”.
Sin embargo, con las fuertes lluvias no solo vienen malas noticias. Para el cordobés Antonio Jiménez, con un nieto asturiano recién nacido en el Hospital de Oriente, el vaso está medio lleno. ”No tengo preocupación ninguna ahora mismo”, afirma con una sonrisa a las puertas del Francisco Grande Covián. Su hija dio a luz ayer, a la hora de la sobremesa. “Yo me fui de aquí bien tarde y llamé dos o tres veces durante la noche, estuvimos en contacto en todo momento. Nos dijeron que iban a desalojar posiblemente la planta baja, pero ya me han dicho que no, que la cosa está tranquila”.
Isabel Fernández, con su marido ingresado, se muestra algo más preocupada. “Si sigue lloviendo… está el río muy alto”. Reconoce que la amenaza de una inundación y la posibilidad de ser desalojados “da pánico, sobre todo la gente que tenga un problema serio y tengan que trasladarlo a Oviedo u otro centro”. Para ella, la medida que tendrían que adoptar las autoridades para evitarles disgustos a los pacientes es drástica: cambiar la ubicación de estas instalaciones sanitarias. “Es un peligro, si no es hoy, es en tres meses y vamos a estar siempre igual”
También hay quien sufre por partida doble. A los desvelos que conlleva la amenaza de desbordamiento “me pasé la noche saliendo y entrando del hospital”, se le suman los problemas de aclimatación. Olegario Álvarez lleva cuarenta años viviendo en Puerto Rico. “Estoy helado”, afirma entre la broma y la tiritona. Su esposa, operada esta mañana a las nueve, pasó intranquila las horas previas a su intervención indicándole a su marido “que fuese a ver el coche y lo moviera a un sitio alto”.
De momento no hay que lamentar daños personales en Arriondas, y todas las miradas se centran en los inmuebles que se levantan junto al río, así como en los vehículos y la maquinaria.