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La batalla del asturiano Emilio Fernández

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La batalla del asturiano Emilio Fernández

El submarinista se infectó con en Tailandia mientras practicaba buceo

08.01.13 - 10:15 -
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La batalla del asturiano Emilio Fernández
El submarinista Emilio Fernández, que se infectó en Tailandia mientras practicaba buceo, mantuvo una lucha a vida o muerte con un organismo de voracidad insaciable
gijón. Iban a ser unas vacaciones idílicas en las playas paradisiacas de Tailandia. Pero se convirtieron en la peor de las pesadillas para Emilio Fernández (Gijón, 1972) y su novia. Se infectó, mientras practicaban buceo con una bacteria cuyo nombre es 'streptococcus'. Pero su nombre de guerra, por el que se la conoce en la sociedad y en los pasillos de los hospitales, es el de la bacteria 'come carne'.
Una rozadura en el tobillo con la aleta de buceo se transformó en una lucha a vida y muerte durante un mes ya que la voracidad de la bacteria es insaciable y puede actuar tan rápido que, en cuestión de horas puede destruir el músculo, la grasa y el tejido epidérmico.
Emilio siempre ha sido un amante del deporte. Toda su vida ha practicado natación, atletismo y deportes de invierno como el snowboard. Pero el buceo siempre le ha entusiasmado. Aquel fatídico día se adentró en las aguas cristalinas de Tailandia junto a su grupo de buceo. «Era la primera vez que hacía inmersiones de este tipo. Yo estaba acostumbrado al Cantábrico, que es mucho más triste. Aquello era una pasada», asegura el gijonés.
En una de esas inmersiones fue cuando Emilio contrajo la bacteria. No le dio más importancia a la rozadura y siguió disfrutando de sus vacaciones. Pero, a su regreso a España, la situación se complicó. Aquel rasguño se transformó en una ulcera cada vez más profunda.
«Notaba que tenía algo en el pie, pero no sentía dolor», puntualiza este deportista. Emilio tuvo mucha suerte ya que, al haber estado tanto tiempo bajo el agua, la bacteria no se desarrolló a gran velocidad. «Si no llego a bucear tanto, no llego a España vivo», reconoce.
Los primeros síntomas aparecieron a los diez días de pisar Asturias: manchas de un color grisáceo en las rodillas, codos y tobillos. Siguió sin creer que era nada importante. Pero, a los diez días, la fiebre apareció una noche en la que Emilio se despertó desubicado. En el centro de salud le recetaron paracetamol. Es una gripe, pensaron con error.
Sin mejora, acudió a Cabueñes, donde comentó lo que le ocurría en el pie. La rozadura se había convertido ya en un agujero en el talón. «Me quedé ingresado y el doctor me dijo: 'Espero que tengas suerte'». La infección era ya muy grave.
Emilio ingresó el 29 de noviembre de 2011. Los dolores que tenía eran tan fuertes que ni la morfina podía con ellos. Los médicos decidieron entonces operarle, ya que la bacteria necrotizaba el tejido a una velocidad de crucero. Emilio tenía ya afectado el brazo izquierdo.
«Subieron los médicos a la habitación a las doce de la noche y me abrieron desde la palma de la mano hasta el flexo», rememora. La bacteria seguía expandiéndose, así que hubo una segunda operación. Fue al día siguiente cuando los médicos decidieron seguir limpiando. Esta vez hasta el meñique de su mano izquierda. «Yo quería que se acabara y, si para ello tenían que amputarme el brazo no tenía problema», asegura.
Los médicos mantuvieron su lucha por salvar el brazo de Emilio. La decisión fue trasladarlo a Santander, al hospital de Valdecilla, que cuenta con infraestructura adecuada para estos casos. «Me sometí a sesiones de cámara hiperbárica, con mucha presión para oxigenar bien los tejidos. Era muy agobiante, pero tenía que luchar ante todo», subraya Emilio, que no mejoraba. «Yo solo pensaba en cómo iba a salir de esta, ya que el pronóstico era que iba a morir en unas horas».
Momentos críticos
La lucha parecía perdida el día 3 de diciembre. La úlcera había llegado al pulmón. Pero, inesperadamente, su organismo reaccionó y el médico le confirmó la mejora. «Fue como un milagro. Tuve muy mala suerte en coger el bicho, pero muy buena en recuperarme, a pesar de todo». Al día siguiente la situación mejoró. La cirugía fue el siguiente paso para colocarle varios injertos. Le quitaron piel del pie izquierdo para ponérsela en el brazo. «Habían matado al bicho, lo demás ya estaba superado».
Llegó el día esperado. El del alta. Fue el 18 de diciembre cuando Emilio, por fin salió, del hospital. «El sentimiento que tienes es de victoria. Fue mucha tensión la vivida por mí y mi familia. Tengo que agradecerles mucho y también a todo el equipo que me trató. Sin ellos hoy no estaría aquí», hace hincapié.
Hoy sigue practicando su deporte preferido, el atletismo, y vive la vida de otra manera mientras agradece cada minuto que vive y disfruta como el que más del deporte, que, a pesar de todo, sigue ocupando para de la vida de este asturiano.
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