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El arqueólogo que dejó huella en Jordania

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El arqueólogo que dejó huella en Jordania

Dominico y profesor de Prehistoria de la Universidad de Oviedo, llevó a más de medio centenar de estudiantes a Jebel Mutawwaq

22.05.13 - 04:52 -
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Era uno de esos profesores que dejan huella. Juan Fernández-Tresguerres (Mieres, 1941-Oviedo, 2011), amante de la música y del cine, de las sobremesas largas regadas con té y buena conversación, sigue muy presente en varias generaciones de arqueólogos asturianos que le recuerdan a través de las Jornadas de Arqueología en el Exterior que arrancan este viernes en Oviedo. A su memoria están dedicadas.

Era un dominico con carácter, un profesor de Prehistoria de la Universidad de Oviedo que presentó su tesis en 1981 y que ese mismo año entró en contacto con Joaquín González Echegaray. Ese encuentro propicio su primer encuentro con Oriente Próximo y el inicio de una historia de amor que se mantuvo viva y apasionada hasta su muerte. Junto a Echegaray llegó a la Escuela Biblíca de Jerusalén y, a través de ella, conoció a Jean Baptista Humbert, con quien comenzó a a excavar en Samra, en Jordania.

En 1989 mudó el lugar de su investigación a Jebel Mutawwaq, un espacio ubicado en el valle del río Zarqa, en un yacimiento inmenso del que ya no se separó hasta su muerte. El poblado neolítico que se ha ido destapando a lo largo de los años ocupa unas 18 hectáreas y cuenta aledaño con un campo de dólmenes que alcanza los seiscientos. Se ha excavado apenas un 2%.

Aquel año empezó todo. Y en 1992, el asturiano se puso al frente de la Misión Española en Amman, un organismo que pretendía aglutinar toda la vida cultural y de cooperación vinculada con España en la capital jordana. Claro que nunca llegó a funcionar como tal. Se crearon posteriormente el Instituto Cervantes y la Agencia Española de Cooperación y la Misión se quedó dedicada en exclusiva a la arqueología.

Juan, un hombre culto al que conocía todo el mundo en Jordania, que presumía de conocer «la vida delicada de la Corona hachemita», que dominaba el francés y tenía un bien ganado prestigio entre las embajadas europeas, empezó ipso facto a llevarse a Jordania a estudiantes de la Universidad de Oviedo.

Más de medio centenar han pasado por la casa la Misión Arqueológica Española de Amman en las campañas veraniegas. Eran dos meses de trabajo y de aprendizaje continuo. También de madrugones. El día a día de los arqueólogos que han trabajado y trabajan en Jebel Mutawwaq arrancaba a las cinco y media de la mañana. Había que recorrer entonces los 60 kilómetros que separan Amman de Quneya, el pueblo donde se halla el yacimiento arqueológico. Beduinos de la tribu Beni Hassan son quienes trabajan junto a los arqueológos españoles. «Estábamos excavando hasta la una, más allá era imposible por el calor», rememora ahora Juan Muñiz, presidente de la Asociación de Profesionales Independientes de Arqueología de Asturias (APIAA),uno de aquellos estudiantes que hoy, convertido en profesional, pone dinero de su propio bolsillo para mantener viva la excavación.

Así eran las mañanas; las tardes tocaba, de nuevo en Amman, el trabajo de gabinete. Era enormemente sistemático Juan Fernández-Tresguerres, que enseñaba a sus alumnos a lavar las piezas halladas, clasificarlas y seleccionarlas. «Él dibujaba y fotografiaba cada elemento». Su inventario era extremadamente meticuloso. Solo si al final de la campaña había tiempo se intentaban reconstruir los grandes puzles de piezas de cerámicas.

Poco a poco se ha ido montando el puzle de un pasado al que aún le quedan muchos misterios por desvelar. De ese poblado neolítico han sacado a la luz los arqueólogos los cimientos de sus casas, una muralla de un metro de altura y un par de kilómetros de longitud y el extensísimo campo de dólmenes. Claro que mención especial requiere el templo de la Serpiente, un santuario del año 4.500 antes de Cristo.

El trabajo continúa. En la próxima campaña, viajarán en agosto a Jordania cuatro arqueólogos asturianos para seguir buscando respuestas. Y es que hay una gran pregunta pendiente. Se sabe que los habitantes de ese poblado habitado por medio millar de personas lo abandonaron no de forma brusca o precipitada. Se fueron y sellaron sus casas. ¿Por qué? Quizá algún día se pueda saber. Y quizá también se puedan conocer las razones por las que se creó un campo de dólmenes justo al lado del poblado. No es habitual que el mundo funerario se ubique junto al mundo de los vivos.

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