El Comercio
Anuario 2016

El poder omnímodo de Rouco se desvanece

Antonio Maria Rouco Varela.
Antonio Maria Rouco Varela. / Juanjo Martín (Efe)
  • El cardenal fue sustituido en la presidencia del episcopado y la diócesis de Madrid por hombres más afines a Francisco

  • El exarzobispo de Madrid se marcha con cierta amargura tras haber cumplido en España las directrices de Juan Pablo II y Benedicto XVI

La silueta afilada de Rouco ya no reina en la jerarquía católica. El hombre más poderoso en la Iglesia española desde hace décadas pliega velas. Después de 20 años de poder omnímodo, primero cedió el testigo a Ricardo Blázquez como presidente de la Conferencia Episcopal y luego, a regañadientes y con disgusto por el trato dispensado por el Vaticano, abandonó la archidiócesis de Madrid. Carlos Osoro es desde septiembre el factótum del papa Francisco. Vicepresidente del episcopado, Osoro guarda hasta cierto parecido físico con Jorge Mario Bergoglio, cuyo ascendiente se nota también en la Iglesia española. Osoro, que adquirirá en Madrid la experiencia necesaria para ocupar a medio plazo más altos destinos, carece de la vocación política de su antecesor. Porque si algo se puede afear al cardenal son sus incursiones en la arena política, injerencias que no siempre han sido bien vistas por la feligresía. Rouco Varela se ha ido con cierta amargura. Ha interpretado como desaires innecesarios algunos gestos de la Santa Sede, que ha despachado su jubilación a los 78 años sin la delicadeza de la que el arzobispo se sentía acreedor.

Rouco se marcha con la idea de que Francisco no es el hombre idóneo para conducir a los católicos en los albores del siglo XXI. Definitivamente, el cardenal gallego no es de la cuerda de Bergoglio. Uno y otro son la noche y el día. Si Francisco encarna el deseo de apertura, Rouco es su antítesis, un clérigo conservador, tradicional en lo teológico, lo político y lo social. No balde, Antonio María Rouco no ha hecho otra cosa que imponer en España las directrices que partían de Roma, cuando en la Santa Sede gobernaban Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Las tornas han cambiado, pero Rouco ha hecho lo que se esperaba de él. Ha preservado con eficacia el estatus de la Iglesia en una España que camina aceleradamente hacia la secularización. Ha cumplido con obediencia el mandato de luchar contra el "laboratorio laicista" que el Vaticano vio en el solar nacional. Ha defendido con uñas y dientes los privilegios de la Iglesia en materia de enseñanza, se ha opuesto con virulencia al matrimonio homosexual, el aborto y el divorcio exprés; y ha logrado garantizar la financiación de la institución eclesial a través de un aumento de la asignación tributaria. Con mucha astucia, supo poner a su servicio a los movimientos neoconservadores, que se aprestaron a acudir auxilio del cardenal para que algunos actos masivos fueran todo un éxito de concurrencia. Ahí está la convocatoria de la Jornada Mundial de la Juventud en 2011, en lo que quizá fue el cénit del poder del cardenal.

Heridas sin cerrar

Sin embargo, Rouco deja algunas heridas sin cerrar. Su autoritarismo y su celo al preservar las esencias en la transmisión de la fe han causado no pocos resquemores y acusaciones de rigidez doctrinal. Además, su querencia por tutelar a los católicos en el orden político, o al menos influir en los políticos adeptos, le hizo acérrimo enemigo de Rajoy, quien le hizo directo responsable de los insultos que recibía diariamente en la COPE de boca de Jiménez Losantos. Todo este cúmulo de desencuentros se tradujo en dos gallegos que no se fiaron nunca el uno del otro. De hecho, Rouco se fue sin ser recibido por el presidente del Gobierno en la Moncloa, un agravio más para un Rouco que se marcha con la íntima convicción de haber sido maltratado en su despedida.