El Comercio
Asturianos por el mundo

El asturiano que fotografió el cometa 67P

Pablo Gutiérrez Marqués en un 'selfie' con la maqueta del cometa 67P, objetivo de la Rosetta.
Pablo Gutiérrez Marqués en un 'selfie' con la maqueta del cometa 67P, objetivo de la Rosetta.
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  • Las imágenes del cometa 67P las ve primero que nadie Pablo Gutiérrez Marqués, este ingeniero aeronáutico e informático desde el Instituto Max Planck para el sistema solar en Alemania

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A 510 millones de kilómetros de aquí, posado sobre la roca del núcleo del impronunciable cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, hay un trocito asturiano. La fotos del módulo Philae descendiendo sobre su objetivo después de diez años de viaje estelar a bordo de la Rosetta, las ve primero que nadie Pablo Gutiérrez Marqués, gijonés de nacimiento y ovetense de crianza, y responsable de las cámaras de vuelo de la misión de la Agencia Espacial Europea en el Instituto Max Planck para la investigación del Sistema Solar.

Ingeniero aeronáutico e informático, habla inglés y alemán, su odisea espacial, que le ha llevado, bromea, «a tres mundos», comenzó cuando era un becario de la cátedra de Aerodinámica en la Politécnica de Madrid. Un profesor le propuso que, ya que el Max Planck buscaba a alguien para hacer un modelo térmico para el sensor del Osiris (uno de los instrumentos de estudio de la sonda Rosetta), por qué no se animaba. Y allá se fue. Sus ideas gustaron; cuando se fabricó la unidad de prueba, sus cálculos resultaron correctos. En 2004, Osiris fue lanzado al espacio a bordo de la nave espacial europea con varias piezas diseñadas por él.

Su experiencia le valió un hueco en la misión Dawn de la NASA. Tres años más tarde, la sonda inició su viaje a las estrellas camino de Ceres y Vesta, dos cuerpos parte del cinturón de asteroides situado entre Marte y Júpiter. Cuando la nave llegó al primero, en el verano de 2011, las cámaras que había diseñado Pablo Gutiérrez Marqués fotografiaron su primer mundo. Ahora que ha tocado un cometa, le queda el tercero, Ceres. Habrá imágenes el 13 de enero, anuncia.

Las últimas horas, días, han sido de tensión. El descenso de Philae, la comprobación de las cámaras, el accidentado aterrizaje... «La exploración espacial es una empresa muy arriesgada, llegamos a sitios donde no ha llegado nunca nadie, con tecnología de hace veinte años y que lleva diez viajando por el espacio», explica. Riesgos que se mitigan «a base de trabajo» y asumiendo que hay escenarios «impredecibles». Destaca el «enorme esfuerzo» del equipo de vuelo para 'acertar' en un blanco tan pequeño y que, pese a los fallos, «Philae está recogiendo una enorme cantidad de datos de la superficie» y Osiris «proporcionando unas imágenes formidables, no sólo desde el punto de vista científico, sino tambien como soporte para operaciones». La foto que ocupó las portadas de medio mundo, también la de EL COMERCIO, era una imagen de Osiris, suya. Un «orgullo», reconoce.

El fallo en el anclaje que ha llevado a Philae a rebotar tres veces y acabar a un kilómetro de su objetivo inicial y sujeto de manera precaria, limitará algunos de los experimentos. La extracción de muestras del subsuelo por medio de un taladro requiere de un anclaje firme, explica. «Si el equipo del 'lander' consigue afianzarlo en la superficie, es posible que aún se puedan llevar a cabo». Mientras el caudal de datos que el resto de sensores y equipos transmiten sigue asombrando al equipo de la misión.

Pablo siente debilidad por este primer viaje al espacio, pero devoción por el segundo. Participar en la singladura de Dawn es «emocionante». Su único motor de iones «es, simplemente, toda la misión». Solo lamenta que, «si no hubiera sido por el fallo de otros sistemas de la nave, quizás habríamos podido hacer un 'fly-by' (no entrar en órbita) de un tercer asteroide». Y haber hecho un cuarto mundo. Tendrá que esperar, porque por ahora no tiene otra misión.

Estos días tiene poco tiempo para Teresa y los niños, Gonzalo y Lucas, e incluso «para respirar» o contar cuentos. Tal vez el de Odiseo.