Asturianos por el mundo

«No creo que haya psicosis en París, pero temo que florezca la ultraderecha»

Andrea, de Pola de Siero, y Andrés, de Gijón, viven juntos en París.
Andrea, de Pola de Siero, y Andrés, de Gijón, viven juntos en París.
  • Andrés Rodríguez Calderón, gijonés afincado en Francia

  • Economista experto en asesoría fiscal, llegó hace año y medio a la capital francesa, donde trabaja como chófer en una empresa que organiza excursiones para turistas

Lleva año y medio en París, una ciudad que no da tregua a la conmoción desde el pasado miércoles. Allí, en su día de descanso, y apenas a dos kilómetros del supermercado judío al que enfocaban todas las cámaras, Andrés Rodríguez Calderón, gijonés de 31 años, miraba la pantalla, escuchaba la radio y atendía a EL COMERCIO. «Aquí está todo el mundo pendiente de la tele y hablando de lo mismo», dice.

No es para menos. Ayer se vivió un auténtico thriller que tuvo en vilo al mundo entero. «Yo no creo que haya psicosis, pero sí que temo que ahora florezcan los movimientos de ultraderecha». Está preocupado y conmocionado como todos los franceses, pero tranquilo, pese a que en su barrio, Joinville, al otro extremo del parque de Vincennes en el que se encuentra el supermercado, se escuchan sirenas y otros sonidos que sirven para narrar el estado de máxima alerta. El paso de los coches de policía es la banda sonora de una película en la que el dolor ha encontrado consuelo en internet: «Los franceses están mostrando su conmoción en las redes sociales y participando en manifestaciones espontáneas», explica.

No es fácil la situación, que está viviendo junto a Andrea, su novia, de Pola de Siero, con la que comparte casa en París. Él llegó primero a la capital gala huyendo de una España en crisis que si le ofrecía trabajo era por por 600 euros al mes. Después de trabajar en una asesoría, se lió la manta la cabeza y se fue a París. Los idiomas fueron la baza ganadora para este gijonés hijo de gallegos que estudió en el Evaristo Valle y en el Rosario de Acuña antes de formarse en Empresariales, licenciarse en Oviedo en Administración y Dirección de Empresas y hacer un máster en asesoría fiscal. Habla francés, inglés, portugués, italiano y gallego y acabó por encontrar un empleo como chófer en una empresa que organiza excursiones con turistas. El miércoles, cuando volvía de Versalles, supo del atentando contra el semanario satírico 'Charlie Hebdo'.

Está encantado con su trabajo porque duerme de miedo y no le atormentan los números, de modo que no está por el momento en sus planes volver al mundo de la economía. «En mi antiguo trabajo me iba preocupado a cama, ahora duermo tranquilamente». Puede más la calidad de vida que el dinero, pero es que además los euros se multiplican en Francia. «Aquí hay un salario mínimo de 1.200 euros, y eso te asegura que todo el mundo tenga una renta que gastar, que haya consumo», dice para defender el sistema laboral francés, en el que, sostiene, tanto sindicatos como patrones juegan sus cartas de una manera más justa. «Aquí estoy ahorrando, labrándome un futuro, allí era imposible».

Pese a añorar a la familia y a los amigos, pese a que no es fácil hacer amistades galas, pese a que no lleva bien eso de tener que quedar con dos semanas de antelación para tomar un vino y anotarlo en la agenda, pese a que la ciudad es cara y el disfrute del tiempo libre es menor que en España, se queda en París. O en cualquier otro país. Volver a España no está en sus planes. «Aquí hay trabajo, aunque igual no es el que quieres».