Asturianos por el mundo

«Donde esté un buen cachopo que se quite la cocina oriental»

Álvaro Fernández, en una calle de la ciudad china.

Álvaro Fernández, en una calle de la ciudad china. / E. C.

  • Álvaro Fernández Gonzalo vive en Shanghái. Gijonés de 1987, llegó a China hace siete meses para trabajar como responsable de ventas en Asia de la empresa Borges

Álvaro Fernández Gonzalo (Gijón, 1987) presume de cuatro pasaportes: asturiano, español, catalán y chino. Aunque, en realidad, podría atesorar alguno más, incluido el de sportinguista. Nació en Asturias, creció entre Tarragona y Gijón, estudio en Admistración y Dirección de Empresas en la Universidad Rovira i Virgini, fue Erasmus en Holanda y se especializó en Suecia en negocios internacionales.

Hace siete meses que llegó a China, a Shanghái para más señas, y ya domina la aplicación del móvil que anuncia picos altos de contaminación y recomienda el uso de mascarillas. Uno de los grandes problemas de la urbe china es la polución. Pero también tiene ventajas. Y sobre todo supone para Álvaro una experiencia profesional con la que, por el momento, está encantado. Hace tres años que trabaja para le empresa Borges, que hace siete meses le ofreció el trabajo de key account manager en el mercado asiático. «Mi labor es la gestión y promoción de las cuentas de los clientes de esta compañía en todo el mercado asiático excepto China». Atención al matiz final. «¿Te preguntarás por qué estoy viviendo en China, es un por tema de visado», aclara. Y lo dicho significa: «Al final el 60% de mi tiempo estoy viajando».

Pesan las horas de vuelo, pero compensa la proyección profesional que supone estar tan lejos. De modo que no se plantea volver a corto plazo. Y menos ha ahora que ya ha pasado el choque cultural inicial y ya llegado a sus propias conclusiones respecto a la manera de pensar -«son muy desconfiados»-, de actuar -«un chino te dirá yo no te he engañado, te has hecho tú el lío»-, el idioma -«te montas en un taxi sin tener la dirección en chino y estás perdido... muy pocos hablan inglés-, y de convivir - «sus modales de comportamiento chocan muchas veces con nuestros estándares de educación europea».

Álvaro resume en pocas palabras las conclusiones de una experiencia que le ha llevado a descubrir que no merece la pena tener ideas preconcibidas. «Lo que más me ha llamado la atención es que sus hábitos laborales son muy distintos a los nuestros y su concepto de tiempo libre también, tiene esto de positivo que a cualquier hora de cualquier día en este país hay alguien trabajando y disponible para lo que necesites». El trabajo, en eso el tópico acierta de pleno, es su vida. Son, además, duros de pelar en las negociaciones.

Shanghái es una gran ciudad donde el ambiente occidental se abre paso en medio de la tradición, de igual forma que los templos dorados emergen entre los rascacielos. Una mezcla en la que nunca falta el ingrediente indeseado del tráfico caótico. Y la ya mentada polución: «El aspecto de la ciudad es como si hubiera entrado la niebla en los lagos de Covadonga... No se ve absolutamente nada». Esa situación incomoda en el día a día y a la hora de volar, puesto que provoca retrasos en los aeropuertos.

Los aeropuertos son parte de su escenario laboral y es punto de retorno a casa, a las añoranzas personales de siempre, abuelos, padres, amigos, y las gastronómicas, que nunca faltan. «Aunque la comida china sea muy afamada, donde esté una buena fabada, un 0cachopo y sidra que se quite la cocina oriental, jejeje».

Álvaro Fernández Gonzalo (Gijón, 1987) presume de cuatro pasaportes: asturiano, español, catalán y chino. Aunque, en realidad, podría atesorar alguno más, incluido el de sportinguista. Nació en Asturias, creció entre Tarragona y Gijón, estudio en Administración y Dirección de Empresas en la Universidad Rovira i Virgili, fue Erasmus en Holanda y se especializó en Suecia en negocios internacionales.

Hace siete meses que llegó a China, a Shanghái para más señas, y ya domina la aplicación del móvil que anuncia picos altos de contaminación y recomienda el uso de mascarillas. Uno de los grandes problemas de la urbe china es la polución. Pero también tiene ventajas. Y sobre todo supone para Álvaro una experiencia profesional con la que, por el momento, está encantado. Hace tres años que trabaja para la empresa Borges, que hace siete meses le ofreció el trabajo de key account manager en el mercado asiático. «Mi labor es la gestión y promoción de las cuentas de los clientes de esta compañía en todo el mercado asiático excepto China». Atención al matiz final. «Te preguntarás por qué estoy viviendo en China. Es un por tema de visado», aclara. Y lo dicho significa: «Al final, el 60% de mi tiempo estoy viajando».

Pesan las horas de vuelo, pero compensa la proyección profesional que supone estar tan lejos. De modo que no se plantea volver a corto plazo. Y menos ahora que ya ha pasado el choque cultural inicial y ha llegado a sus propias conclusiones respecto a la manera de pensar -«son muy desconfiados»-, de actuar -«un chino te dirá yo no te he engañado, te has hecho tú el lío»-, el idioma -«te montas en un taxi sin tener la dirección en chino y estás perdido... Muy pocos hablan inglés-, y de convivir - «sus modales de comportamiento chocan muchas veces con nuestros estándares de educación europea».

Álvaro resume en pocas palabras las conclusiones de una experiencia que le ha llevado a descubrir que no merece la pena tener ideas preconcebidas. «Lo que más me ha llamado la atención es que sus hábitos laborales son muy distintos a los nuestros y su concepto de tiempo libre también, tiene esto de positivo que a cualquier hora de cualquier día en este país hay alguien trabajando y disponible para lo que necesites». El trabajo, en eso el tópico acierta de pleno, es su vida. Son, además, duros de pelar en las negociaciones.

Shanghái es una gran ciudad donde el ambiente occidental se abre paso en medio de la tradición, de igual forma que los templos dorados emergen entre los rascacielos. Una mezcla en la que nunca falta el ingrediente indeseado del tráfico caótico. Y la ya mentada polución: «El aspecto de la ciudad es como si hubiera entrado la niebla en los lagos de Covadonga... No se ve absolutamente nada». Esa situación incomoda en el día a día y a la hora de volar, puesto que provoca retrasos en los aeropuertos.

Estos últimos son parte de su escenario laboral y es punto de retorno a casa, a las añoranzas personales de siempre, abuelos, padres, amigos, y las gastronómicas, que nunca faltan. «Aunque la comida china sea muy afamada, donde esté una buena fabada, un cachopo y sidra que se quite la cocina oriental (risas)».