El Comercio
Asturianos por el mundo

«Holanda no es un paraíso laboral»

Jaime, en la estación central de Amsterdam.

Jaime, en la estación central de Amsterdam. / E. C.

  • Jaime Fernández Arias, vive en Amsterdam. Psicólogo ovetense, trabaja mientras estudia un máster en neuropsicología cognitiva en la Universidad de Amsterdam

Lo suyo con Holanda fue un flechazo. Y eso que le faltan las montañas para ser perfecto. Jaime Fernández Arias (Oviedo, 1987) se fue un buen día de Erasmus a Gante (se licenció en 2014 en Psicología en la Universidad de Oviedo), se echó una novia (hoy ex) medio holandesa, recorrió el país, lo conoció a fondo y se enamoró. Este chico que antes que universitario fue mozo de almacén en Mercasturias, tenía en su punto de mira Estados Unidos -y aún lo tiene-, pero su perspectiva cambió y hoy vive en Amsterdam, donde trabaja y estudia al mismo tiempo. Un día día que es un no parar. «Es una locura en comparación con la vida tranquila que llevaba en Lugo de Llanera y Oviedo», dice, y a continuación entra en detalles: «Cojo mi bicicleta, voy a la universidad, vuelvo a casa a comer, entro a trabajar a las cinco y cierro a las diez, voy a dormir a casa de mi novia... En total, entre 20 y 30 kilómetros». Realiza un máster y trabaja en Subway, aunque no todos los días. En todo caso, no tiene muchos huecos para el descanso porque el máster de investigación en neuropsicología cognitiva que realiza en la Universidad de Amsterdam exige mucho.

Pero sarna con gusto no pica. Y le costó lo suyo poder estudiar el máster que quería, así que no se queja. Le gusta el país, pero el choque cultural también existe en territorios tan cercanos aparentemente. «Es mayor que lo que en principio había imaginado; es cierto que en Europa nos parecemos en muchos sentidos, pero el peso de la historia, de la cultura anterior a la UE se hace notar. En Holanda tienen una tradición protestante y eso se ve reflejado metafóricamente en que sus ventanas raramente tienen cortinas. Digo metafóricamente porque, para mí, el holandés es un poco así: claro, sin secretos, directo, a veces incluso rayando la impertinencia».

Los holandeses son, en todo caso, más abiertos que sus vecinos centroeuropeos, aunque de todas formas el calor hispano se añora. «Más que una adaptación cultural, fue una adaptación al ritmo de vida», dice el joven ovetense, que, pese a que le costó, considera que una vez pasados los momentos iniciales de bucle o «racismo institucional» -«cuando vas a pedir trabajo, te requieren que tengas una cuenta holandesa; y cuando vas a abrir una cuenta, en todos los bancos excepto en uno, te piden un contrato de al menos seis meses»-no es difícil para el extranjeros hacerse un hueco los Países Bajos.

Tiene pros y contras el país que, manejando bien la información, ofrece a los extranjeros un sinfín de recursos que se pagan con impuestos más altos. Pero más allá de todo eso está la mentalidad. Y ahí los holandeses nos ganan: «Tienen ese punto americano de que se creen que lo pueden todo», dice Jaime. Son muy prácticos y eficaces y no tienen complejos. «No son tanto de hablar como de hacer».

En el plano laboral, el mercado es mucho más flexible -él tiene un contrato de cero horas, lo que significa que le pagan por lo que trabaja y puede ajustar el curro a sus planes universitarios- y, lo que es más importante, hay trabajo. Y si no es por cuenta ajena, por cuenta propia es más sencillo, se cuida más a los autónomos. Eso sí, que nadie trague con la imagen idílica: «Si alguien cree que el centro de Europa es el paraíso laboral está muy equivocado, la explotación laboral también existe, aunque hay medios para combatirla».

En todo caso, la experiencia de emigrar para él no tiene pegas: «Siempre tiene más cosas positivas que negativas», dice. La mentalidad se abre, se aprende a sacar las castañas del fuego sin ayuda de la familia y se conoce a gente muy dispar. Conclusión: «A mí me encanta».

Por mucho que la experiencia valga la pena, siempre se añora tener el apoyo de la familia más a mano. Y también las persianas, ausentes de las casas holandesas - «a mí me cuesta dormir bien»- y las montañas. «Holanda es prácticamente plano, es muy guapo a su manera, pero mis montañas asturianas se echan de menos». Claro que hay cosas que en absoluto se añoran y contra las que -considera Jaime- debería luchar Asturias: «Se respira una atmósfera muy depresiva, la gente piensa que todo se va a ir a tomar vientos, que la situación no puede estar peor, que no vamos a salir adelante, que la corrupción... Yo creo que saldremos adelante y una mentalidad positiva, como la holandesa, ayudaría a mejorarlo».

Él -subraya- confía en los asturianos, aunque posiblemente esa mejoría a futuro que llegará la verán sus ojos desde la distancia. En su plan vital, de momento, no está volver: «Quiero hacer un doctorado y el siguiente paso a dar es en Norteamérica, ya sea en Canadá o en Estados Unidos, pero no hay planes cerrados».