Asturianos por el mundo

«El desasosiego es palpable en Bruselas»

Carlos Coronas vive en Bruselas desde hace casi cuatro años.

Carlos Coronas vive en Bruselas desde hace casi cuatro años. / E. C.

  • Carlos Coronas trabaja en la Comisión Europea

  • Abogado especialista en relaciones internacionales, trabaja en la Dirección General de Agricultura de la Comisión Europea

A Carlos Coronas, ovetense de corazón pixueto de 32 años, el mundillo internacional siempre le llamó. «Dicen que es como un bichito, si te pica ya no puedes parar», bromea desde Bruselas, lugar donde tiene fijada su residencia desde hace cuatro años y último destino de una vida en danza. Puede que respirar el ambiente de la casa de indianos que su abuelo compró en Novellana después de buscarse la vida en Cuba en la postguerra tuviera algo que ver con el nacimiento de esa vocación internacional. El caso es que estudió Derecho en la Universidad de Oviedo y con el inglés, el francés y su poquito de alemán como compañía se fue de Erasmus a la Universidad de Sheffield (Reino Unido). Y allí no aprendió mucho inglés, pero sí tuvo la certeza de que su mundo profesional no debía tener fronteras. Se fue a hacer un Máster en Estudios Europeos en la Universidad Católica de Lovaina y así comenzó su periplo europeo.

Abandonó la idea de hacer la carrera diplomática y se enroló en la UE. Primero, en prácticas en Bruselas en la Dirección General de Relaciones Exteriores; después, en Luxemburgo en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea; más tarde, en la Universidad de Oviedo, en la Oficina de Proyectos Europeos, y luego en Paraguay. La de cruzar el charco fue una de las grandes experiencias de su vida. Estuvo dos años en la delegación de la Unión Europea y, de vuelta a Bruselas, se incorporó a su trabajo actual, en la Dirección General de Agricultura de la Comisión Europea, a la que llegó en enero de 2012. «Mi unidad se ocupa de las relaciones comerciales agrícolas con América Latina, en particular me ocupo de Bolivia, Perú, Colombia, Ecuador y Chile». Su misión, facilitar el comercio de productos como vino, carne o frutas con el resto del mundo. «Eso me hace tener que viajar bastante asiduamente a esos países y llevar una relación diplomática con sus representantes ante la Unión Europea».

Le gusta su trabajo. Y Bruselas, una ciudad con claroscuros, que genera amores y odios, le tiene a mitad de camino entre unos y otros. «Es una ciudad no muy grande que permite llevar una vida agradable», dice. Y añade particularidades como cruzarse con eurodiputados en el autobús o el avión o tener al alcance de la mano propuestas de lo más exótico.

Bruselas es el corazón de Europa y ha tenido esta semana el corazón encogido por los atentados de París y el operativo para capturar a sus autores. «Lo he vivido como la mayoría, con una mezcla de preocupación y de rabia. El desasosiego es palpable en Bruselas y desde mi oficina escucho casi cada día sirenas de coches de policía», relata. Y añade que el ataque contra Francia es un ataque contra toda Europa y que la respuesta ha de ser firme y unánime: «Son varios los desafíos que la Unión tiene en el plano internacional y lo que está claro es que un solo país no va a ser capaz de solucionarlo por su cuenta. Debemos actuar juntos para defender nuestra democracia». Europeísta convencido, asegura que se sintió orgulloso cuando escuchó a los ingleses cantar ‘La marsellesa’ en el partido que enfrentó el martes a Inglaterra y Francia.

Carlos, que habita en esa eterna contradicción de quien vive lejos de casa que es el choque entre lo propio y lo ajeno, el amor a lo más cercano y el enamoramiento ante lo diferente, confiesa que la experiencia internacional aportar el disfrute de la multiculturalidad, de trabajar en diferentes idiomas y con personas de distintas nacionalidades, pero también, de forma paralela, acaba por propiciar una vuelta a las raíces, a la cultura, al idioma, a los compatriotas. «Tengo muchos conocidos de todo el mundo, muchos contactos en Facebook, algún que otro amigo belga, pero al final los amigos más cercanos son los españoles».

Dice que la soledad a veces aprieta y que la tierra siempre llama. «¡Qué decirte! Hemos llegado a alquilar una parcela de terreno a las afueras de Bruselas para tener nuestro huertín, junto al chef asturiano Toni Alonso Corteguera y otros amigos. Ni que decir tiene que en vez de coles de Bruselas lo primero que hemos plantado han sido berzas para hacer un buen pote». Pero ni con esas, ni con la playa del Silencio en el salvapantallas del ordenador, deja de añorar la comida de su madre o disponer de un rato para tocar la guitarra con su hermano.

Su presente es Bruselas y su futuro puede que también. Pero aún es pronto para saberlo: «Mi intención original es la de preparar el puesto permanente de funcionario en la UE, sigo creyendo en el proyecto común y en la necesidad de más Europa en este mundo tan convulso. El trabajo me parece motivante e interesante, aunque muchas veces la labor que tratamos de realizar no llegue a todo el ciudadano». Pero en la vida siempre hay peros. Y Carlos no acaba de entenderse bien con ese concepto de estar en el mismo lugar «para toda la vida». Así pues: «Veremos dónde nos lleva el viento, quizá incluso de vuelta a Asturias, por lo pronto en Navidades allí estaré».