El Comercio
Asturianos por el mundo

«El budismo me cambió la vida»

La gijonesa Natus Taján, con su marido Gianluca y su hija Federica.

La gijonesa Natus Taján, con su marido Gianluca y su hija Federica. / E. C.

  • Natus Taján, vive en Florencia con su marido y su hija. «Asturias es como dejar de fumar. Aunque lo hayas dejado, siempre te apetece volver», asegura esta gijonesa

Lo de Natus Taján con Italia fue un flechazo de libro. Corría 1989 y había ido de vacaciones con unos amigos, pero se enamoró locamente. Primero, de un hombre. Y, después, de todo un país. Así que, al año siguiente, esta gijonesa –que en España tenía un buen trabajo en el campo de la óptica y a la que los suyos le decían que estaba loca por marcharse a la aventura– ya se había mudado a la bota de Europa para empezar una nueva vida con el italiano de sus sueños. Pero, como nada dura para siempre, la burbuja del príncipe azul estalló:«Me salió rana».

Empezó entonces la que puede considerarse la peor época de sus 52 años: «Me quedé muy depre porque aquello no había funcionado. Incluso caí en la anorexia. Pasé un momento muy difícil en el que me ayudó mucho mi familia y mis amigos de la pandilla española, que siempre han estado y siguen estando ahí». Esos mismos que, entre mucho cachondeo, la llaman ‘Raffaella’, porque el acento florentino y los ‘alloras’ ya le salen solos. «Pero, eso sí, en cuanto tomo un culín de sidra, se me pasa», bromea.

Hasta que un día, en la consulta de un dentista, un compañero de trabajo se la encontró «muy triste, con la lagrimina a punto de caer», y le dijo que quizá un acercamiento al budismo no le vendría mal. Y ese fue el día en el que todo dio un giro de 180 grados.

«El budismo me descubrió un universo nuevo y me cambió completamente la vida. Me permitió ver las cosas de otra manera y salir de mis dificultades sentimentales y económicas en un momento en el que estaba trabajando en tres sitios a la vez y en el que mi filosofía era: ‘Para no preocuparte, ocúpate’. Fue una revolución con la que descubrí mi fuerza interior y mis ganas de vivir, ver la luz al final del túnel».

Esa revelación por la que dejó de tener miedo y descubrió unas ganas locas de reír –asegura la gijonesa– definió su futuro gracias a un principio fundamental:«Mi felicidad depende solo de mí y no de las circunstancias externas y no existe felicidad sin la felicidad de todos los demás». Una máxima que se puede aplicar a pequeños gestos cotidianos «como sonreír en vez de estar enfurruñado, porque, al final, el universo te devuelve lo que les das».

Así, poco a poco,las cosas comenzaron a enderezarse y Natus Taján se convirtió en representante de varias marcas de gafas tan exclusivas con Gucci y Alain Mikli. Y, por si no fuese suficiente, en 2003 encontró a «un joven periodista muy interesante que trabajaba para el diario ‘La Reppublica’ y que se acababa de trasladar a la capital». De nuevo, el amor. Esta vez a distancia:él en Roma, ella en Florencia. Pero, ahora, para quedarse. Porque, unos meses después, Gianluca Monastra le pidió que se casara con él durante un viaje a Sevilla «y a los pies de la Giralda» y en 2005 se convirtieron en marido y mujer.

Pero es que, tres años más tarde, en 2007, cuando Natus tenía 44 años y sin haberse planteado nunca ser madre «con ese ajetreo que llevaba, que tenía que cambiar de coche cada dos años de los kilómetros que les hacía», se quedó embarazada de una niña a la que llamaron Federica Inés, una pequeña que les ha salido bilingüe y que, cada vez que habla por teléfono por teléfono con la familia de Gijón, hace que «se le caiga la baba a la abuela Mari».

Federica también medita con mamá. «Sabe que es para relajarse y, a veces, cuando tiene función de danza en el cole y está nerviosa, hasta me lo pide», cuenta Natus, que hace cinco años tomó otra decisión fundamental:dejar de trabajar cuando comprobó que lo de conciliar se le hacía demasiado cuesta arriba y dedicarse a cumplir su sueño de siempre, dedicarse a la pintura: «En mayo hicimos una exposición colectiva. ¿Quién sabe? Quizá termine exponiendo en Gijón».

Porque esta mujer que defiende que «el único camino para terminar con la violencia en el mundo es la tolerancia, el respeto y ver a los otros como a iguales, porque no existen personas malas o buenas, sino que son las circunstancias que te empujan en una u otra dirección», tiene claro que algún día volverán:«Asturias es como dejar de fumar. Que, aunque lo hayas dejado, cuando hueles el humo, siempre te apetece volver, y el pasado es lo único que no se puede cambiar».