El Comercio
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«París es la ciudad para perder el amor»

Carlos García, en la Sainte-Chapelle de la ciudad de la luz y el amor.
Carlos García, en la Sainte-Chapelle de la ciudad de la luz y el amor.
  • El avilesino Carlos García vive en la ciudad de la luz, donde trabaja en Zara Home

  • Un par de clientes se han quejado de su francés, pero a él le da lo mismo: responde con una sonrisa y acaban de ascenderlo

El avilesino Carlos García recuerda perfectamente el día que llegó a París y no solo porque tiene el billete de avión pegado en una de las paredes de su casa:«Fue el 17 de junio de 2013». Como para no acordarse de aquel día que cambió su vida. «Porque, en París, por primera vez, siento que he encontrado mi lugar en el mundo», resume este «culo inquieto» que, antes de decidirse a emigrar, había hecho de casi todo:de diseñador gráfico en varias empresas pasando por una etapa como modelo, otra dedicado al menaje del hogar y, finalmente, como responsable de zona de TomTom, donde «estaba encantado», porque lo suyo siempre ha sido «tratar con la gente».

Pero, un día, su ex le recordó algo.«Me dijo que espabilase y que luchase por lo que realmente quería hacer, porque mi gran sueño siempre ha sido ser cantante del musicales. Y, por eso, siempre he estado muy vinculado al mundo del teatro y de la canción».

Dicho y hecho:«Pedí que me hiciesen la cuenta, que me iba. En TomTom tenía el trabajo perfecto, porque la empresa es magnífica y el sueldo estaba muy bien, pero me di cuenta de que necesitaba algo que me llenase».

En aquel momento, Carlos mantenía una relación a distancia con alguien que vivía en París. Así que no se lo pensó mucho y comunicó la decisión a sus amigos y su familia. «Me fui por amor, pero ahora ya no estoy con la que entonces era mi pareja. Tengo otra de Isla de Reunión. Yo siempre digo que París es la ciudad perfecta para perder el amor y volver a encontrarlo. Y, así, hasta que sea necesario», ironiza.

Ayudaba mucho que «tenía dos años de paro», pero no todo es tan bonito como parece en esta historia. «Llegué y no conocía la ciudad, no tenía amigos, no sabía francés... Los primeros días me daba pánico salir a la calle. Pensaba que, si me perdía, no iba a saber explicárselo a la gente. Hasta que, al tercer día, me decidí a salir a tomar un café. Yya, luego, hice un amigo que es actor:Agustín Galiana. Fue mi primer amigo en la ciudad y, si no hubiese sido por él, hubiese dado la vuelta. Él fue el que me dijo que aguantase. Que París era muy duro al principio, pero que, al final, merecía la pena».

Así que, después de unos días de «pasarlo fatal» y de estar «agobiadísimo», porque «la vida no es como aparece en ‘Españoles en el mundo’, donde todo el mundo triunfa a la primera», pasó por delante de un restaurante español. «Vi una sombrilla con toros de Osborne y pregunté que si necesitaban personal. Bingo:consiguió su primer trabajo en un local al que la gente acude «buscando oír hablar en español, el flamenco y el ole ole» y en el que metió «gambadas importantes». Como cuando aquella señora le pidió la sal y él la buscó «por toda la carta pensando que ‘le sel’ era un plato, un vino o un postre». En vano, claro.

Entonces, se apuntó a dos cursos de idioma del Ayuntamiento «para saber lo básico». «Ycon lo básico sobreviví porque hice una entrevista para Zara y me cogieron». Y, de nuevo, volvieron los malentendidos. Como aquella vez que una clienta le señaló los probadores. «Ay, Dios, ¿qué querrá esta señora de mí?», se preguntó Carlos. Hasta que se dio cuenta de que lo único que necesitaba era ayuda con la cremallera. «Ahí empecé a soltarme y a perder la vergüenza», bromea.

Tanto que, de la tienda de ropa dio el salto a Zara Home, todo un suplicio para un amante de la decoración como él porque, si pudiera, todo se lo llevaría a casa y donde acaba de recibir «el notición» de que lo han ascendido. Y, aunque ha habido un par de clientes especiales que se han quejado de su pobre nivel de francés, él responde con una sonrisa de oreja a oreja.

En la ciudad de la luz sufrió los atentados islamistas como un mal sueño:«Vivo a 40 metros del Charlie Hebdo y a 200 de la sala Bataclan, donde había estado un montón de veces de fiesta. Yesa noche andaba por la zona cuando escuché la primera explosión y me encontré con un chico que venía corriendo y llorando. Fue horrible». El golpe fue tal que «hasta la gente que canta en el metro aquellos días lo hacía más bajito». Pero, finalmente, los franceses decidieron celebrar la vida. Como Carlos, que no renuncia a a tomarse un vino junto al Pont des Arts, que han tenido que vaciar de candados de tanto amor, ni a su sueño de cantar:«Espero subirme a un escenario algún día. Aunque sea al de un bar».