Asturianos por el mundo

«Me costó adaptarme a Italia»

Vicky con su marido, Andrea, y sus hijas, Francesca, Cristina y Claudia.
Vicky con su marido, Andrea, y sus hijas, Francesca, Cristina y Claudia.
  • Victoria Pérez Juan vive en Varigotti, una localidad costera de la riviera de Liguria | Casada con un italiano desde hace veinte años, tiene tres hijas y trabaja en el hotel familiar

Victoria Pérez Juan (Gijón, 1969) es muy del barrio de la Arena, muy asturiana, muy de Gijón, pero sin embargo, cuando habla, suena un poco a italiana y le cuesta desprenderse del acento. No es extraño. En octubre hará veinte años que se casó con Andrea, con el que ha tenido tres hijas y con quien vive en Varigotti, un precioso pueblo con mar en Liguria, al norte de Italia. Allí la familia de él regenta un hotel y allí ha hecho su vida previo paso por Inglaterra.

Estudió en la Universidad Laboral, hizo dos años de Económicas en Oviedo y unos cursos de inglés en verano la llevaron a Sheffield. Allí dio el primer cambio de rumbo en su vida, dejó la economía por la enfermería, se sacó el título con la especialidad de ginecología y obstetricia, empezó a trabajar y, tras un novio inglés y su correspondiente ruptura, llegó el definitivo, un italiano licenciado en Historia Moderna, que habla español e hizo sus tesis sobre Cristóbal Colón y el descubrimiento de América.

En 1996 se casaron en Gijón y el destino estaba claro: la costa italiana, muy cerquita de Génova, en una zona turística en la que veranean muchas familias de Turín y Milán y con notable presencia de turismo alemán y suizo. Allí estaba el negocio familiar de Andrea. «El hotel era de los abuelos, luego pasó a los padres, y ahora mi marido está en la recepción y el restaurante, yo estoy en las habitaciones, la lavandería y llevo la contabilidad, y mi cuñado en la cocina».

Tiene 16 habitaciones y abre de Semana Santa a octubre. Entonces el trabajo se multiplica: «Trabajamos siete días a la semana, estamos siempre aquí, pero me gusta, vivo al lado del hotel, tengo el mar delante, voy a la playa, es un sitio muy bonito», afirma Vicky, que tiene tres hijas –Francesca, de 18 años, Cristina, de 13, y Claudia, de 12–, que tienen su pasaporte español y que hablan la lengua de su madre.

Ya cuando estaba en Inglaterra comenzó a estudiar italiano, un idioma que parece fácil pero no lo es tanto, aunque una vez dominado tiende a invadir el propio. «La gramática es difícilísima», adelanta, y luego habla de las dificultades para conocer los verbos irregulares y cuándo usar las letras dobles. «La gente del hotel no sabe si soy de otra zona de Italia, de Sudamérica o de Asturias», explica, y añade que cuando regresa a España los primeros días tiene que lidiar con las tomaduras de pelo de su hermana. «Quiero volver a hablar asturiano, pero no me viene», confiesa.

El italiano está tan dominado que hasta el «mamma mia» aflora en la conversación de manera espontánea. También están superadas esas pequeñas cosas que siempre amargan a un español emigrado: «Me costó adaptarme, el problema es el invierno. Que a las siete de la tarde todo se haya terminado y que haya que cenar a las siete y media cuando en España todavía estás de pinchos y hay vida por la calle, no lo llevaba». Lo bueno es que en el verano la cosa cambia y no hace falta irse a la cama a las nueve.

Las añoranzas siempre están ahí. Nunca falta a la cita navideña con Gijón y la maleta regresa a Italia hasta arriba. «Llevamos jamón, la fabada, y a veces, cuando viene gente a verme, hasta me traen centollos», relata. Lo cierto es que hoy es posible encontrar hasta pescado de Lastres y de Santander en la zona y ella se apaña con la cocina sin problemas. Se marca sus fabadas, sus tortillas de patata y sus paellas, porque además su marido es un enamorado de la cocina española. «Después de tanta pasta te cansas, ¡dónde esté un buen cocido en invierno!».

Sus padres viven en Gijón y en verano visitan la riviera italiana, como también hacen sus hermanas, que viven en Asturias y Logroño.

Mantiene la nacionalidad española, vota en las elecciones y ve a España e Italia muy cerca. «La situación aquí es parecida, hay crisis, los jóvenes tienen muchos estudios pero cuando acaban se marchan a Inglaterra o a Australia».

Su vida está allí. Volver no está en los planes. El hotel va bien, la vida es tranquila, las niñas crecen felices mirando al mar, y dos veces al año regresa a los orígenes, aunque con acento italiano incorporado.