El Comercio

Asturianos por el mundo

«Nos ofrecieron un cambio a peor»

Quinita, en el centro, con sus nietos y su tía.

Quinita, en el centro, con sus nietos y su tía. / E. C.

  • La langreana Joaquina González tuvo que emigrar siguiendo los pasos de su padre

  • En Venezuela se enamoró por primera vez de un asturiano, tuvo a sus tres hijos y montó una tienda de ropa infantil

La guerra la alejó de su tierrina. En 1950, Joaquina González Menéndez, Quinita, tuvo que irse junto a sus padres a la llamada ‘Tierra de Gracia’:Venezuela. Así fue como pasó de jugar con sus amigas y primas en la calle Corrida de Gijón a corretear por las travesías de Venezuela, de comer el pote de su abuela al bollo pelón, de bailar la danza prima a dominar el joropo y de mirar días grises y oscuros a vivir en un clima tropical. Un cambio al que tuvo que adaptarse para el resto de su vida, porque, a sus 76 años, continúa en el país que la vio crecer. En ese lugar en el que se enamoró por primera vez, en el sitio en el que se convirtió en emprendedora y en el que tuvo a sus tres hijos.

«Aunque nací en Langreo, me crié en Gijón con mi abuela paterna y mis tías», hace memoria sobre unos años que «jamás» olvidará. Esos tiempos en los que «subía al piso de la calle Corrida situado encima del bar Manacor».

«Me querían mucho, pero Mary era mi tía preferida». Las excursiones a la playa de San Lorenzo o al cine y los dulces que le daba su tía favorita cautivaron a aquella niña que jugaba todas las tardes con «cacharros y muñecas».

Pero todo dio un giro inesperado. «Después de hacer la Primera Comunión, supe que mi padre emigraba para Venezuela porque no conseguía trabajo por razones políticas», cuenta. Y, justo un año más tarde, el cabeza de familia reclamó a su madre y a ella para que emigrasen junto a él al país latinoamericano.

Dicho y hecho:tuvieron que embarcarse en el ‘Magallanes’, que los dejaría en La Guaira. Pero ni el largo viaje consiguió restar felicidad a Quinita, ya que, en cuanto el barco atracó, pudo contemplar, por fin, la figura de su querido padre. «Estaba muy contenta porque iba a viajar en un carro», recuerda con cariño.

Los primeros años fueron complicados. «Compartíamos casa con otra familia española y hacía un calor que no le gustaba nada a mi madre», rememora. Y su añoranza de Asturias tampoco cesaba. «Aunque, poco a poco, nos fuimos acostumbrando».

La cosa mejoró cuando se cambiaron de casa. En esa época, Quinita acudía al Colegio Español, donde, después de finalizar sus estudios, enseñó a leer y a escribir a los niños más pequeños, una ocupación que la llevó a trabajar con posterioridad «en el transporte escolar».

Y, poco más tarde, llegaría a su vida un asturiano que la cautivó. Él, también emigrante que escapaba del franquismo. «Juan vino de La Felguera y era el hijo de una amiga de mi madre», explica la que con el correr del tiempo se convertiría en su mujer.

Pasaron unos años maravillosos en los que tuvieron a «tres bellos hijos»: Margarita, Juan y Quinita. Él puso una imprenta y montó su propia editorial y pudo cumplir uno de sus sueños de publicar historias propias como ‘Pierre y la trucha boca blanca’ o ‘Antón y el Asturcón’. Ella, entre tanto, montó una tienda de ropa para niños. Pero circunstancias de la vida y del amor hicieron que Juan y Quinita se separasen. Un amor roto que no provocó la huida de Quinita de Venezuela pues para ella: «Es un país maravilloso con gente buena, solidaria y muy alegre. Es ahora mi segunda patria. La quiero mucho».

Y eso que se encuentran en una situación un tanto «complicada» y los sabores tropicales que la atraparon desde su llegada en forma de mango, guanábana, lechosa, melón, piña o cambur son ahora difíciles de gozar. «Todo escasea y cuesta mucho», dice con pena. Quinita no duda en señalar con el dedo al «socialismo». «Nos ofrecían un cambio que nos llevó, desgraciadamente, a peor. Inseguridad sin control, robos, asaltos, secuestros, muertes a diario... Muchos jóvenes han empezado a emigrar», relata. De hecho, dos de sus tres hijos están casados y residen en Estados Unidos y Panamá.

Aún así, la familia de Quinita no pierde la oportunidad de volver de vez en cuando a su «patria querida», a su piso en Gijón. «El verano pasado estuvimos en la Semana Grande y nos los pasamos muy bien», explica entusiasmada.

No en vano, Quinita recuerda que volvió «a sentir el sabor ácido de la sidra, la brisa en la playa de San Lorenzo, el gustoso sabor de les fabes». Volvió a sentirse como sesenta años atrás: «Una asturiana más». Yeso no hay océano que lo evite.