El Comercio

Asturianos por el mundo

«Aquí no se ve a nadie amargado»

Roberto Rodríguez Trancho, con su inseparable bicicleta, en Southport.
Roberto Rodríguez Trancho, con su inseparable bicicleta, en Southport.
  • El gijonés Roberto Rodríguez amanece todos los días en Gold Coast, en Australia. Llegó para aprender inglés porque quería un destino sin españoles. Ahora compagina las clases con un trabajo tres días por semana

Roberto Rodríguez Trancho (Gijón, 1966) ha perdido un día de vida. Salió de su casa el 4 de julio y no llegó a destino hasta el día 6, dos escalas aéreas mediante. El objetivo, dice, valía la pena, pues no todos pueden presumir de amanecer en cada día en la soleada Gold Coast, en Australia. «Esto es otro mundo, imposible comparar. La pena ha sido no haber tomado la decisión hace años».

Fueron las condiciones laborales de España las que le animaron a huir. «Era técnico de medioambiente en una multinacional y lo dejé porque no querían pagarme un sueldo digno, ni las horas extras», cuenta quien optó entonces por mejorar su nivel de inglés. «Quería un destino anglosajón y descarté países donde hubiera mucho español», matiza Roberto. El exotismo oceánico fue la solución.

«La adaptación ha sido muy buena. Los ‘aussies’ –australianos– son gente maravillosa, súper amable, educada y servicial». Además, no están acostumbrados a recibir a europeos. «Tienen controladísima la entrada. Se rigen por visas y hacen bien, mira lo que pasó en España, que entró todo el que quiso y más sin garantías. Aquí, te piden unos requisitos: si vienes a estudiar, como es mi caso, pagas las clases previamente y demuestras tener el dinero suficiente. También hay ‘work visa’ por un año para trabajar, pero limitadas».

Por las mañanas, Roberto va a clase y tres tardes por semana trabaja limpiando, con lo que se paga alojamiento y manutención, pues cobra 18 dólares la hora. «Me saco unos mil euros al mes», explica. Un carpintero gana 60 dólares la hora. Los impuestos son altos, pero es parte de la forma de entender la vida de los australianos. Su concepto es de los ‘aussies’ y para los ‘aussies’. Hacen las cosas para disfrutarlas, así que, si lo necesitan, lo hacen y punto. Tienen un nivel de vida muy, muy bueno, y se nota en su forma de ser. Aquí no se ve a nadie amargado».

No es para menos. La zona es uno de los grandes destinos surferos del mundo, el buen tiempo es casi una constante y la ciudad no se configura con grandes rascacielos, sino «con chalecinos que permiten tener mucha zona verde», apunta este gijonés. También hay mega centros comerciales «con unos ‘outlets’ que no veas... Un jersey de Gant por 35 euros y ropa surfera regalada», cuenta Roberto. Eso sí, para llegar hay que recorrer largas distancias. Él, por ejemplo, hace siete kilómetros para ir a clase. «Voy en bicicleta por la costa, porque el peatón y el ciclista conviven sin problema. No como en Gijón, con ese carril-bici que hicieron en el Muro...», critica. «La acera es de todos y no oyes una mala voz. Si tocas el timbre, te dejan pasar y todo con tranquilidasd y educación», destaca. Pero eso no es todo: «No te puedes ni imaginar cómo están de limpios los baños públicos y en los parques hay barbacoas de gas gratuitas, que los operarios del Ayuntamiento dejan cada tarde limpias como una patena».

Alejarse le ha servido a este gijonés para reencontrarse consigo mismo. Por eso dice no imaginarse volviendo a Asturias. «Y mira que me gusta, porque tenemos lo mejor de lo mejor, pero está tan exprimido y la gente es tan gris...».

En el otro lado de la balanza tiene un destino aún por descubrir. «Está la barrera de coral de 12.000 kilómetros y un montón de ciudades importantes que quiero conocer». Y,entre los motivos para quedarse, uno fundamental:«Acaba de terminar el invierno y no hemos bajado de los 22 grados». De momento, Roberto seguirá con un día perdido de vida hasta febrero, al menos. Si entonces decide volver, tendrá horas de avión para recuperarlo.