El Comercio

Asturianos por el mundo

«En Venezuela son más amables»

Almudena Rodríguez (en el centro), junto a dos compañeras de la universidad, Alena y Mayerlin.
Almudena Rodríguez (en el centro), junto a dos compañeras de la universidad, Alena y Mayerlin.
  • La gijonesa Almudena Rodríguez se despierta con un pasodoble todas las mañanas. El trabajo de su padre en una academia de fútbol hizo que la joven terminara estudiando en el país bolivariano

Como cada día, Almudena Rodríguez, una joven gijonesa de 20 años, se levanta a las cinco de la mañana alertada por los pasodobles que el guardia de seguridad de la urbanización en la que vive entona acompañado de la música de la radio. Es la hora de que Almudena tome su habitual café con leche acompañado de unas cuantas galletitas ‘María’ para coger fuerzas e ir, un día más, a la Universidad Arturo Michelena, en la ciudad de Valencia (Venezuela), donde estudia Diseño Gráfico. Unos estudios que le cuestan poco más de 60 euros anuales y que comenzó hace tres años, cuando viajó a la ‘tierra de gracia’ por el trabajo de su padre.

«Nos fuimos mi madre, mis dos hermanos y yo a Puerto Cabello para acompañar a mi padre en su nuevo proyecto como director de una academia de fútbol, mientras que ahora es director General del Dynamo Fútbol Club», cuenta Almudena, quien, pese a no ser muy aficionada a ver este deporte, lo practica «en alguna que otra ocasión».

Viajar a otro país siempre supone una nueva aventura y, aunque Almudena había vivido una experiencia similar en situaciones anteriores, pues el trabajo del cabeza de familia ya había hecho que se desplazaran a Segovia y a Canarias durante cinco años, esta vez era completamente distinto y «estremecedor».

«Cuando nos dijo que teníamos que cruzar el charco, yo le dije que no quería. Llevaba viviendo siempre en España y no hablaban muy bien de aquello», explica. De ahí que tomaran la decisión de tener con ellos a Ronald Sánchez, su guardaespaldas durante los primeros meses. Pero pronto el país latinoamericano no solo cambiaría la opinión de Almudena, sino que también la conquistaría.

La vida allí es muy distinta, empezando por la forma de relacionarse... «La gente es mucho más amable», cuenta. Por ejemplo, cada vez que uno de sus compañeros entra en clase, todos le dan «la bienvenida al unísono. Te caiga bien o mal, la buena costumbre está por encima».

Gente «alegre, cordial y amable», sí, pero para Almudena no fue tan «fácil» adaptarse, porque los planes de estudios son diferentes.

«Tuve que estudiar segundo de Bachillerato a distancia al mismo tiempo que estaba en la universidad porque allí no hace falta cursar ese año». Un título, el de bachiller, que consiguió tras examinarse en la Embajada de España y que supuso, por un tiempo, una forma de aferrarse a su país. «Me sentía como en casa al pisar la embajada, que era como pisar suelo español».

Pero no solo utilizó el terreno diplomático para poner fin a la «morriña» de su querida Asturias. A veces, Almudena va junto a su familia a la Colonia Tovar, ciudad conocida por haber sido fundada por un grupo de emigrantes en 1843 y por encontrarse arropada por el verde característico de las montañas. «Allí puedo ver orbayar desde lo alto de las montañas», relata. Un recuerdo que es alentado por la sidra de El Gaitero que hay en los distintos supermercados de los alrededores de su casa.

Y aunque eche de menos la fabada, no hace ascos a la «buena comida venezolana»: «La parchita, la guayaba, la patilla, la banana... Y, cómo no, las arepas, una tortilla hecha de masa de maíz molido de forma circular a la que se le puede añadir distintos ingredientes». Tradición venezolana que su hermana pequeña, Yaiza, de cinco años, lleva también a rajatabla.

Para ellas, encontrarse en un país con una cultura diferente supone todavía hoy un reto. Pero, después de tres años, Almudena está completamente integrada en la sociedad bolivariana y, aunque su deseo es volver a Asturias, sabe que al marcharse echará de menos esta tierra que la acogió y la acoge día a día con «un bonito pasodoble» al despertar.