Asturianos por el mundo
Pablo García Guerrero, por las calles de París.
Pablo García Guerrero, por las calles de París.

«Francia es un país que se gusta y se quiere a sí mismo»

  • Pablo García Guerrero vive en París desde el año 2013

  • Ejerce como profesor de español en un colegio de las afueras de la capital con problemas de violencia, tráfico de drogas y radicalismo religioso

Aunque la crisis ayudó, se fue porque quiso. «Necesitaba descubrir otras voces, alejarme de la vida marcada, pautada y previsible que llevaba en Gijón». Pablo García Guerrero (1979) se licenció en Filología Hispánica, trabajó como corrector de prensa y como coordinador editorial en Trea y en 2013 tomó rumbo a París.

Allí ejerce como profesor de español en un área a las afueras de la capital donde las cosas no son fáciles. «Es un barrio pobre, donde la mayor parte de los habitantes tienen trabajos precarios o están en el paro; la tasa de inmigración es de las más altas de la región y existen problemas de violencia, de tráfico de drogas y también de radicalismo religioso. Esos problemas se ven a diario en el colegio, donde existe gran número de alumnos conflictivos, que traen al centro los problemas que sufren en casa o en el barrio», relata.

Explica después que el sistema educativo francés está centralizado y que los programas de estudio son comunes en todo el país, así como los horarios, los exámenes y los salarios de los profesores. «En España cada región hace y deshace como le parece», dice. Y añade: «No existe tal cosa en el sistema educativo español, que es un simulacro de igualdad y equidad donde se privilegian los intereses particulares y, sobre todo, aquellos de la enseñanza privada». Es obvio que prefiere el francés, porque, pese a las críticas, que tambien las hay en el país, es un «sistema estable y potente», regido por principios de libertad, igualdad y laicidad.

Otro mundo, como lo es también el de la cultura. «Francia es un país donde el peso de la esta es muy importante: cine, literatura, música, teatro... ocupan lugares destacados en los medios de comunicación a diario, no son algo destinado solo a minorías, es una industria nacional, un orgullo para todos». España debería tomar nota de cómo se cuidan las producciones nacionales de todo tipo: artísticas, gastronómicas, naturales. «Es un país que se gusta, que se quiere a sí mismo (y con razón) y eso hace que la vida en común sea más fácil».

En Francia, sostiene y elogia Pablo, «hay mayor exigencia democrática que en España», una visión del bien común, una apuesta por la universidad de los valores de la República, siempre por encima de cualquier otra pretensión.

Vive cerca del colegio donde trabaja y allí transcurre un día a día adaptado al lugar. «Hago una vida muy parisina: paso mucho tiempo en el metro, odio a la gente y compro quesos caros», dice y define así a sus nuevos vecinos con humor y pocas palabras. No ha sido para él difícil en absoluto adaptarse. «Es un país similar a España, se come muy bien, la gente es educada, agradable y se expresan correctamente cuando hablan». Y por si fuera poco están los museos, las librerías, los cafés, la música, el teatro... «Las ciudades y los pueblos están cuidados; se respeta el patrimonio, no existen esos atentados al buen gusto y a la historia que abundan en cada rincón de España», añade.

Sus añoranzas son las de todos: familia, amigos, bares, los partidos en El Molinón y esos «momentos de unión de miles de desconocidos» ante los mismos colores. «Echo de menos que el Sporting gane». De momento no tiene ningún plan de volver a Asturias. «Tengo plaza fija aquí y quiero esperar unos años hasta que esté quemado del trabajo». Mientras, dice, «seguiré peleándome con la gente en el metro y añorando un triunfo del Sporting».