Asturianos por el mundo

«Sufrimos con el Sporting a deshora»

Daniel y David Llompart, en la Gran Muralla.
Daniel y David Llompart, en la Gran Muralla.
  • Estos hermanos gijoneses acaban de firmar hasta 2018 en un programa del gobierno que pretende fomentar el deporte rey en el gigante asiático

  • Daniel y David Llompart trabajan en Pekín como profesores y entrenadores de fútbol

Daniel Llompart (30 años y licenciado en ADE) fue el que tuvo la idea de escribir un mail a una empresa que ofrecía trabajo en la India «visto lo que había aquí». Y, pasados unos meses, le contestaron que el puesto era suyo. Aunque con una ligera variación sobre la oferta inicial: las plazas que ofertaban estaban en la capital de China. Así que, tras pensárselo «un poco», se despidió de la empresa que lo tenía en nómina en Asturias. Pero, antes, convenció a David (28), que había estudiado Magisterio de Educación Física y estaba en el paro, de que emprendiese la aventura con él. Dicho y hecho. Allí se fueron a finales de septiembre estos dos hermanos gijoneses: trece horas de avión rumbo a Pekín, donde les esperaban dos empleos que «en España no existen, con unas condiciones que tampoco se encuentran»: «Impartimos clases de educación física orientadas al fútbol en colegios y, además, somos entrenadores de varios equipos por las tardes».

Todo, dentro de un programa gubernamental que pretende fomentar el llamado deporte rey en el gigante asiático. Entre otras cosas, porque «parece que al presidente Xi Jinping le gusta» y porque «se calcula que en 2020 el 50% de la población infantil será obesa». Y la verdad es que, «salvo excepciones, los chinos son fatales» para el balompié. «No tienen ni idea porque no lo maman como hacemos en España, donde, aunque no te guste, lo tienes todo el día presente. Hasta en el telediario».

Pero eso lo descubrieron luego. Porque lo primero que se encontraron fue a un pueblo acogedor: «La gente es abierta con el extranjero, siempre hay alguien dispuesto a echarte una mano». Un país de «tremendos contrastes» donde «solo hay dos estaciones, invierno y verano, con temperaturas que en Pekín oscilan desde varios grados bajo cero hasta los cuarenta». Donde «la riqueza convive con la extrema pobreza de gente que vive en chabolas». Y donde, para muchos, ellos son exóticos: «Tienes que entender que hay personas que nunca habían visto un occidental hasta que llegamos». Y de ahí que haya alumnos que les reclaman autógrafos, madres de alumnos que les piden permiso para sacarles fotos o ancianos que se les acercan para tocarles la barba, toda una rareza entre quien tiene «cuatro pelos».

Pero si hubo algo que les impactó desde el primer momento fue la superpoblación. Unos 26 millones de almas solo en Beijing. «El metro es algo escandaloso. Flipamos. Hay más gente allí que en todo Gijón», bromean. Con eso y con que han comprobado que «en el espacio que ocupa un occidental caben tres chinos».

Con eso, y con el silencio. «Porque todo el mundo va con la cara pegada a una pantalla. Incluso si viaja un grupo de amigos». Y, de hecho, los niños y adolescentes a los que dan clase «no saben jugar» si no es a la consola: «Son extremadamente ordenados y el estilo de su educación es muy estricto, casi militar. Tanto, que sus clases de educación física consisten en correr alrededor de una pista, así que, cuando los pones a jugar, se sobreexcitan y luego hay que mandarles parar».

Afortunadamente, cuentan en el aula con la ayuda de un traductor que va convirtiendo su inglés a chino, un idioma con el que están empezando a familiarizarse. «Vamos poco a poco. Porque, en función del tono que uses, cada palabra puede tener hasta cuatro significados diferentes». Casi nada.

Tendrán tiempo porque, de momento, han firmado hasta febrero de 2018. Así que allí seguirán: en una urbanización de bloques de 22 pisos y buscando restaurantes que incluyan el menú en inglés o que, al menos, pongan fotos de los platos.

Echando de menos el chorizo y pasándolo mal con el Sporting, solo que ellos, «a deshora», por la diferencia horaria: «Nosotros sufrimos igual o más que los que están en El Molinón, pero de madrugada y trabajando al día siguiente». Ocultos tras las mascarillas que llevan siempre en la mochila y que se tuvieron que comprar a la semana de llegar: «La contaminación es tan brutal que hay días en los que no puedes salir a la calle. El gobierno decreta alerta roja y nos obligan a dar las clases dentro».

En un país donde «nadie paga con billetes ni con tarjetas, sino con una aplicación como el WhatsApp», y «donde la imagen es muy importante, tener lo último para simbolizar un estatus aunque luego no comas». Y, para muestra, una anécdota: «Una vez vimos a una alumna con dos iPhones y le preguntamos que por qué tenía dos teléfonos. La respuesta fue que sus padres podían permitírselo».