Asturianos por el mundo

«Me enamoré del pasajero de la fila 6»

Elo Dueñas, con su hijo Thiago.
Elo Dueñas, con su hijo Thiago.
  • «Me di cuenta de que no era feliz en Barcelona, así que pedí una excedencia y me marché a Bali, donde vivo rodeada de gallinas y surferos rubios». La azafata llanisca Elo Dueñas conoció al que sería su futuro marido en un avión

Para Elo Dueñas hubo un punto de no retorno en el que se dio cuenta de que con su vida en Barcelona «no era feliz». Fue en 2013, la primera vez que viajó a Bali para aprender a surfear. «En ese viaje conocí a muchas personas que viajaban solas o que vivían allí y que no tenían pensado volver a casa en una larga temporada. Eso me hizo pensar mucho en cómo quería que fuese mi vida».

Así que, al volver, esta mujer del 82 que nació con prisa («mi madre casi da a luz en una sidrería debajo de nuestra casa de Llanes») decidió abandonar su puesto de trabajo como tripulante de cabina de pasajeros.

«Mis padres se murieron los dos muy jóvenes y eso me abrió los ojos de una manera muy dura, así que hable con mi empresa, les comenté mi situación y me dieron una excedencia de cinco años. Mi idea era viajar durante unos meses y luego buscarme la vida de lo que fuera», recuerda.

Aunque, antes, tenía que cumplir con su último cometido: «Ese mismo día, tenía un vuelo interminable. De esos que las azafatas llamamos 'pelotazos'. Y, cuando volvíamos a casa, conocí a un chico guapísimo en el avión».

Y resultó que, además de guapo, aquel chico era encantador y le ofreció unos dulces: «Ese día cambió todo. En aquel momento, yo no quería liarme la cabeza con nadie, pero ocurrió. Al final, me enamoré del pasajero de la fila 6 y aquí estamos los dos».

Con ese «aquí», Elo se refiere a Bali, a donde regresó junto a Dirk para vivir juntos: «Después de un año como pareja, en la misma fecha que nos conocimos, el 6 de abril, nos casamos allí, con todos los amigos y familiares que pudieron unirse a esta locura. Y el afortunado, aunque en el fondo la afortunada soy yo, es el pasajero de la fila 6 que en su día me ofreció M&Ms y que un año más tarde me ofrecía pasar el resto de su vida conmigo».

Pero, como no hay paraíso sin ingresos mínimos, decidieron montar un negocio. «Al principio, todo era maravilloso: acababa de conocer a Dirk, vivíamos en unas eternas vacaciones, todo el día surfeando, conociendo la isla, en la playa... Pero te das cuenta de que no se puede vivir así siempre, porque el dinero vuela».

Así nació Villa Lola, un maravilloso alojamiento regentado por la pareja. «Es un pequeño proyecto que hicimos para sacar algo de dinero y el nombre se lo pusimos en honor a mi mejor amiga: mi perra de aguas, que, por desgracia, se tuvo que quedar en España, aunque está en muy buenas manos y sé que vive como la marquesa que es. De manera que todo sigue siendo maravilloso, pero ahora con proyectos en los que ocuparnos. Sobre todo, mi marido». Porque, además, también han creado Malamadre Motorcycles: «Todo empezó el día que Dirk decidió comprarle a un balinés una moto customizada que fallaba más que una escopeta de feria, así que se pasaba todo el día en el taller o arreglándola él. Hasta que, en una cena con unos amigos españoles, surgió la idea de montar un taller y arreglar ellos mismos las motos. Así creamos nuestro gran proyecto».

Y así han pasado ya tres años: «Siempre que puedo me escapo a Asturias y a veces pienso en qué hago tan lejos de los míos, pero luego me doy cuenta de lo feliz que estoy en Bali y se me pasa. Y lo cierto es que, en todo este tiempo, no me ha dado tiempo a sentirme sola ni un segundo gracias a mi marido, a los amigos y a la locura de perros que tenemos en casa, siete para ser exactos, todos rescatados de la calle. Es una vida muy tranquila, de pueblo. Entre gallinas, vacas y surferos rubios».

Pero, por si todo este idilio con la naturaleza fuese poco, Elo y Dirk han recibido otro regalo de la vida hace apenas tres meses: su hijo Thiago, que ya ha vivido su primera aventura.

«Cuando nos íbamos del hospital nos dieron un bote y, al preguntar qué era, me dijeron que mi placenta, así que mi cara de sorpresa lo dijo todo. Les respondí que muchas gracias, que no hacía falta, pero, al final, nos fuimos a casa con la placenta, llamé a una amiga balinesa para que me explicara qué tenía que hacer y vino a casa con ofrendas. Me explicó que la placenta era su hermano no nacido y que tenía que enterrarla con un papel, donde tenía que ir escrito lo que deseaba que mi hijo fuese en el futuro. Así que la enterramos muy hondo, debajo de un árbol que para ellos es sagrado. Todo fue muy bonito y mágico hasta que, una hora después de la ceremonia, el árbol se vino abajo». No sabemos lo que escribió, pero sí su deseo general: «Ojalá todo el mundo que no está feliz con su vida tenga la posibilidad de cambiarla. Yo solo hice lo que mi cabeza me estaba pidiendo a gritos».