El Comercio
Asturianos por el mundo
Pedro Muel, en el hospital de Mánchester en el que trabaja.
Pedro Muel, en el hospital de Mánchester en el que trabaja.

«Vivimos una sensación rara tras el atentado»

  • «Aquí si trabajas bien, mejor te tratan, intentan hacer que estés a gusto», afirma sobre la carrera profesional en la sanidad británica

  • El oftalmólogo gijonés Pedro Muel y su mujer, enfermera, ejercen en hospitales de Mánchester

Se vive de otra forma. Más cerca. Y eso siempre provoca una sensación extraña. Toda esa impotencia que el terror desata en la distancia se amplifica, se multiplica, se aproxima a la cotidianidad. «Más que miedo, yo diría que vivimos una sensación rara, extraña», dice Pedro Muel (Gijón, 1984), que ejerce como oftalmólogo en Mánchester, donde el horror se hizo inmenso en un concierto de Ariana Grande el lunes pasado. Y aunque su mujer, Tamara, una enfermera granadina, y él trabajan en hospitales, no han tenido que atender a los heridos. «No recibimos ningún traumatismo ocular en mi hospital y en el de mi mujer, como está especializado en cáncer, tampoco atienden urgencias, pero sí que hemos participado en donaciones de sangre», relata el médico asturiano.

Él es un oftalmólogo de auténtica vocación. Lo lleva en la sangre, lo tiene escrito en el ADN. Su padre, Bernardo Muel, tiene clínica en Gijón desde hace 25 años. «Él me desperto la pasión, por eso estudié Medicina». Luego llegaron el MIR, la especialidad en Baracaldo y más adelante la oportunidad de hacer la subespecialidad de cirugía plástica ocular y neuroftalmología en Dublín. Ese fue su destino. En Irlanda estuvo de 2013 a 2014. Y luego le tocó volar solo, pero no demasiado lejos de allí. Buscó un puesto de 'consultant' en el Reino Unido y, pese su juventud, lo logró. Y ahí está, en el Leighton Hospital, que atiende a unas 400.000 personas. Su puesto no existe como tal en España. Es un especie de jefe de sección. Ni un jefe de servicio ni un adjunto, está en el medio. Tiene responsabilidad, le toca faena administrativa, opera lo correspondiente a su especialidad, es decir, reconstrucciones de párpados, cirugía lagrimal, y, por supuesto, como corresponde a todo oftalmólogo, está todo el día peleándose en el quirófano con las dichosas catararas. Todo ello en un sistema de salud como el británico, más proclive a la meritocracia que el nuestro. «A nivel de usuario no puedo opinar, porque por suerte no lo he tenido que usar, pero como carrera profesional, aquí si trabajas bien, mejor te tratan, intentan hacer que estés a gusto».

No se queja de la experiencia profesional, por eso volver no está en sus planes a corto plazo. Aunque, a largo, no lo descarta. La clínica de su padre está ahí y en ella opera de vez en cuando. «Mi padre es mi guía y el sueño que yo quiero alcanzar en excelencia oftalmológica», afirma.

La excelencia médica de los españoles es también reconocida en Gran Bretaña. «Me enorgullece muchísimo que cada vez que falta un médico para una especialidad hablan conmigo a ver si conozco a otro español. Estamos muy bien considerados en todo», subraya.

En el plano personal, tampoco le van mal las cosas. Dice que aunque «la vida en España es insuperable», Mánchester tiene peculiaridades que le alegran el día a día: «Encuentro muchísimas similitudes con Asturias y eso me hace sentir bien». Más allá de la tradición obrera, hasta los colores de los equipos de fútbol coinciden. «Tienen uno rojo y otro azul, aquí soy del azul y allí del rojo», asegura. Son además los mancunianos gente sencilla y hospitalaria, a los que les gusta salir a la calle y tomarse su pinta. Y, para rematar la faena, tienen montañas espectaculares a media hora de la ciudad en coche.

Claro que la comida deja mucho que desear, lo que le obliga a viajar «con la maleta cargada de fabes». «Es verdad que no tienen la tradición de cocina de los países mediterráneos», ratifica. Eso sí, ya ha encontrado la manera de hacerse con sidra. Y lo más importante, tiene amigos con los que compartirla a los que también les gusta Asturias. Hace poco le acompañaron a Gijón unos ingleses y la conclusión gastronómica de uno de ellos aún le tiene feliz: «Me dijo 'a mí me gusta mucho Asturias porque es un país de grandes porciones'».

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