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«Hoy estamos aquí, pero en cinco años podemos estar en Mieres o en Tokio»

Diego y Rachel, con sus dos hijas, Anna, la mayor, y Emma./
Diego y Rachel, con sus dos hijas, Anna, la mayor, y Emma.

El ovetense Diego Santos trabaja en Chicago en la regulación de ensayos clínicos | «Trump está muy lejos de mi ideal de presidente, pero no tiene un pelo roxu de tonto», dice este farmacéutico casado con una estadounidense y padre de dos niñas

M. F. ANTUÑA

Diego Santos Fernández (Oviedo, 1984) es un ciudadano del mundo en estado puro. Ha vivido 18 años en Mieres, uno en Santiago de Compostela, diez en Madrid, otro en Sydney (Australia) y va para cinco años en Chicago (EE UU). La vida, el trabajo y el amor tienen la culpa. «Mi mujer, Rachel, y yo llegamos a Chicago en febrero, hace cinco años. Rachel es de aquí y, tras estar saliendo juntos durante tres años en España y un año de Australia, nos casamos y vinimos en Estados Unidos a probar qué tal nos iba».

No le ha ido mal a este licenciado en Farmacia que trabaja en la industria del mismo ramo. Concretamente, en la regulación de ensayos clínicos con diferentes autoridades de todo el mundo. Pero también ha trabajado como farmacéutico clínico, que tiene un papel muy diferente al de España a la hora de tratar a un paciente. «La medicación sigue siendo prescrita por un médico, pero el farmacéutico lleva a cabo decisiones como pueden ser la frecuencia o la concentración de las medicaciones», apunta.

La experiencia de trabajar en Estados Unidos le gusta por la profesionalidad y el nivel de exigencia de los americanos. «Las cosas solo pueden estar hechas de una manera, y es bien hechas. No hay nada de: 'Bueno, así está más o menos bien...' Al menos, en mi compañía y mi sector».

Admira de sus vecinos que aplican una máxima: «El cielo es el límite». Es tierra de oportunidades, pero no brotan de los árboles. «La competitividad es altísima y todo cuesta un huevo, pero sabes que, si lo intentas está ahí, y que, si otros pueden, tú también». En el lado opuesto, no le gusta el uso excesivo del coche. «En mi caso, vivo súper cerca, pero aquí es muy normal tirarte un par de horas todos los días, ida y vuelta, para ir al trabajo y, si a eso le sumas una nevada apocalíptica como las que caen a veces, pueden ser cuatro horas».

Diego y su familia viven en Chicago, una ciudad cosmopolita, pero de inviernos muy duros. Ese fue su gran handicap en el proceso de adaptación. «Prácticamente desde noviembre hasta abril, las temperaturas no suben de cero grados y es bastante común tener días de diez, veinte y hasta treinta grados bajo cero, por lo que se pasa mucho tiempo encerrado». Ahí, España gana la partida. Pese al frío exterior, en otros planos la ciudad es más cálida. «A la hora de hacer amigos, la verdad que en mi trabajo he hecho un montón de colegas de todas las nacionalidades. La diversidad en EE UU es increíble»

El mundo de Trump y sus tuits es ahora el suyo. No le gusta meterse en fregados políticos, pero no queda otra que hablar: «He seguido muy de cerca el fenómeno de Trump, y el tío no tiene un pelo roxu de tonto, pero la verdad que se aleja bastante de mi idea de presidente ideal».

Él, que, como canta Melendi, cuanto más lejos está, más asturiano se siente, mira a su tierra con amor infinito: «Asturias es espectacular. Cuando viví en Sydney, me indignaba la popularidad que allí tienen San Sebastián y el País Vasco, que es precioso también, pero Asturias no tiene nada que envidiar. Necesitamos una buena campaña de marketing».

Por eso no descarta volver a Asturias. Ni trabajar en otro lugar. Las puertas de su vida están abiertas: «Hoy estamos aquí, pero en cinco años podemos estar tanto en Mieres como en Tokio». En su trabajo hay opciones internacionales, aunque la familia y la tierra siempre llaman. «Acabo de ser padre de mi segunda hija y la verdad que lo que más echo de menos es a mi padre y a mi madre, y que mis hijas se críen cerca de ellos también. Quiero que vayan a la playa con el güelu, y que coman unos buenos garbanzos de la güela más a menudo».

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