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«Ya he cogido carrerilla en esto de viajar, para disgusto de mi familia»

María Mata, en el cerro Pochoco, en Los Andes. / E. C.
María Mata, en el cerro Pochoco, en Los Andes. / E. C.

La gijonesa María Mata lleva desde julio en Chile y antes estuvo en Alemania | A sus 23 años, acaba de terminar sus estudios de Negocios Internacionales y se prepara para volver a España a hacer prácticas

A. VILLACORTA

Cuando María Mata Rodríguez (gijonesa, 23 años) concluyó sus estudios de Bachillerato en el Colegio de La Inmaculada, «no sentía ninguna vocación». Así que, viendo que iba a empezar cualquier grado en la Universidad de Oviedo sin motivación alguna, solo porque tocaba hacer algo, propuso a sus padres marcharse al extranjero como 'au pair' o algo similar. Y la respuesta de Marco Mata y Laura Rodríguez no se hizo esperar: «Me dijeron que, si quería irme, me fuera, pero que ellos no me iban a pagar nada».

Ni siquiera eso la disuadió. «Entonces me puse a pensar en cosas que no me costasen dinero». Y dio con la fórmula perfecta: «El hermano de mi abuela había emigrado a Alemania, así que me fui con él a aprender alemán». Una tarea que compatibilizó con el trabajo. «Fue en una cadena de montaje, que para eso no necesitaba el idioma. Me pasé cuatro meses poniendo pegatinas en cajas», recuerda con una sonrisa. «Y, después, en un hostal, como camarera». Consiguió ahorrar. Y, poco más tarde, superar las pruebas de acceso a la universidad. Concretamente, a los estudios de Negocios Internacionales.

En Trier, una ciudad de cuento llena de calles con vestigios romanos y medievales y rodeada de bosques, caminos y viñedos a los que solo les faltan las hadas, Patrimonio Cultural de la Humanidad, cursó tres años de carrera. Hasta el pasado julio, cuando el currículum fijaba que debía estudiar el último año en el extranjero. Y eligió Chile, un país en plena expansión económica y en el que «se vive muy bien. Sobre todo, los europeos, a los que se les valora mucho».

Lo notó desde el principio. «La forma de ser de los chilenos es muy parecida a la de los españoles. Aquí todo el mundo es mucho más abierto que en Alemania y enseguida te invitan a un asado en su casa. Compartimos una forma de ver la vida mucho más animada». Eso sí: nada que ver con la eficiencia del Norte. «Se nota, por ejemplo, cuando vas a una tienda y están cuatro personas para atenderte, pero tardan más de lo que en España tardaría una sola». O las dos veces que llegó a hacer un examen y en la facultad no había nadie porque lo habían suspendido sin avisar.

Allí ha podido viajar por desiertos, playas y montañas, hasta enamorarse de Latinoamérica. Ha aprendido muchas cosas sobre comercio internacional, «un campo en el que son muy buenos porque Chile depende mucho de las exportaciones», y sobre la vida, que, por cierto, «no es nada barata y los precios de los alquileres andan más o menos como los de España». Ha respondido a decenas de preguntas sobre Cataluña sin saber muy bien qué decir acerca de «un asunto tan complicado y que ha traspasado fronteras». Ha acudido a una boda sin conocer a nadie, como acompañante de un amigo, «porque nadie puede ir sin pareja». Y hasta se ha integrado en un equipo de balonmano (La Reina) en el que la recibieron «muy bien desde el primer día».

Una etapa feliz que concluirá dentro de muy poco, cuando regrese a Madrid para hacer prácticas y a Gijón para pasar las vacaciones de Navidad junto a los suyos, porque mantiene intactas sus amistades de casa, «aunque no las haya visto desde hace seis meses», y, sobre todo, para «comer una fabada como Dios manda y unas croquetas» caseras. Y, después, ya se verá, aunque no descarta regresar al Sur. Quizá a Buenos Aires, que le ha parecido «una ciudad alucinante». «Ya he cogido carrerilla en lo de viajar, para disgusto de mis padres, que, si antes me decían que me fuese, ahora lo que me piden es que me quede».

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