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«India es un país que cautiva al turista, pero vivir aquí es duro»

Gerardo Acebal llegó a la India en abril de 2016. / E. C.
Gerardo Acebal llegó a la India en abril de 2016. / E. C.

El poleso Gerardo Acebal dirige una planta de fabricación de torres eólicas | «Es un país de extremos, pero lo mejor es la forma de ser de las personas; siempre te sonríen y están dispuestas a ayudar»

M. F. ANTUÑA

No es un país fácil India. Y lo sabe bien Gerardo Acebal González (Pola de Siero, 1984), ingeniero técnico industrial por la Universidad de Oviedo, que trabaja como director industrial en una fábrica de torres eólicas en Vadodara. Con los estudios terminados, en 2008 comenzó a ejercer en Extremadura y ese mismo año le llegó la oferta para incorporarse a la empresa en la que hoy está y que le ha llevado por las sedes de Avilés, Pamplona, Salvador de Bahía (Brasil), Linares, Ferrol, Gijón y su destino actual, siempre con la energía eólica como ocupación. «Llegué a India en abril de 2016. En octubre de 2015 estaba trabajando en Gijón y la compañía me ofreció la oportunidad de venir, ya que tocaba sustituir a un compañero que llevaba aquí un par de años. Lo pensé unos días, lo comenté con mi familia y amigos cercanos y decidí aceptar. Necesitaba salir de mi zona de confort, no quería estancarme, quería progresar a nivel profesional y consideraba que no aceptar la propuesta sería frenar mis expectativas», resume el ingeniero poleso, que se apuntó a unas clases intensivas de inglés e hizo el petate.

Su trabajo consiste en coordinar y dirigir la producción de una fábrica de torres eólicas con más de 350 personas y, al mismo tiempo, informar a España. «Cuento con un equipo de gente india super profesional, que lleva trabajando con nosotros desde la apertura de la instalación y tanto a nivel profesional como personal estoy aprendiendo mucho. Me recibieron con los brazos abiertos y es fácil trabajar con ellos, ya que siempre están dispuestos a escuchar nuevas propuestas para mejorar y también aportan su granito de arena, algo que considero es importante».

En lo profesional, todo va sobre ruedas; en lo personal, la cosa se antoja más compleja. «La vida aquí gira en torno a la religión, la familia y el trabajo, no existe la vida social tal cual nosotros la conocemos», revela. Y añade: «En el plano personal somos muy distintos, es imposible conducir aquí para un occidental, es necesario disponer de chófer para poder desplazarte. En el estado donde vivo no hay bares, es un estado seco donde el alcohol está prohibido ya que Mahatma Gandhi nació aquí. La comida india es siempre picante con numerosas especias y sabores muy fuertes. En épocas del año alcanzamos 50 grados», resume. El gimnasio y leer son sus únicas opciones de fin de semana. «Lo he pasado mal por la soledad de estar aquí, el cambio horario, la pérdida de contacto con los amigos, los días se hacen largos».

Pese a lo dicho, también hay un lado positivo: «Estamos relativamente cerca de otros lugares y cuando tengo unos días libres cojo mi mochila e intento escaparme a oxigenar, descubrir nuevos países y conocer gente. Esos momentos son geniales».

Y es que la vida del turista nada tiene que ver con la del trabajador. Las maneras de mirar y ver cambian, aunque la realidad del país siga siendo demoledora. «India es el segundo país por población, con 1.330.000.000 de habitantes. Es un país muy religioso, desigual, de extremos en lo que se refiere a riqueza y pobreza, con contaminación, olores, hay gente por todos los lugares y a todas horas. Al turista le cautiva, pero la vida diaria es dura». Lo mejor, las personas. «Siempre te sonríen, algunas te paran por la calle para hacerse un selfie contigo, la mayoría dispuestas a ayudarte». Y que nadie tenga temores: «El país no me transmite inseguridad, siempre digo que lo más peligroso de India es cruzar la calle o que te muerda un perro callejero».

La experiencia de vivir en India ha cambiado radicalmente su visión del mundo. «Llevo 26 países visitados y por supuesto no es lo mismo visitar que vivir. No he conocido ningún país como India, aquí he aprendido a valorar lo que tengo, a diferenciar lo que es realmente importante, automotivarme, esta experiencia me está haciendo personalmente más fuerte». Pero ni con todo ese plus de fuerza se olvida de Asturias y puede dejar de añorar el frío, la comida y «tomar unes de sidra y comer unes pipes en una terraza con mis amigos».

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