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«Pasé meses sin un empleo decente»
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«Pasé meses sin un empleo decente»

Alberto Blanco Agüeria lleva un año en Panamá y solo tardó dos semanas en empezar a trabajar en un concesionario

29.03.14 - 00:37 -
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Nació en Gijón, tiene 36 años y a su familia repartida entre la ciudad en la que se crió, Arriondas y Madrid, pero la sensación que predomina es que en Asturias lo tenía «todo y a todos»: «Allí dejé mi vida entera. A mi familia, a mis amigos y mis dos deportes favoritos, que llevaba practicando desde que soy pequeño, el hockey y el esquí, además de muchas más cosas».

Alberto Blanco Agüeria había trabajado como asesor de ventas en diferentes concesionarios de coches. «El último en el que estuve fue en el de BMW, en el departamento de motos, y estaba muy contento, pero la famosa crisis me afectó», cuenta. Así que, tras estar «varios meses sin encontrar un trabajo decente», decidió «probar suerte al otro lado del charco». Exactamente, en Panamá, donde ya vivían unos primos de su madre con los que siempre tuvo «muy buena relación, pese a la distancia», y que le acogieron como lo que era: uno de los suyos.

Le ayudó a decidirse que el mundo del motor le apasiona y que, en el país centroamericano, «el mercado del automóvil se mueve bastante y se venden muchos coches». Y otros dos pequeños detalles: «No tengo hipoteca que pagar ni hijos que mantener, así que me hice la maleta y, el 9 de abril de 2013, aterrice en Panamá». Voilá: «No tardé ni dos semanas y ya estaba trabajando en un concesionario».

Su nueva vida empezó en un loft de un edificio céntrico de la capital panameña donde ha fijado su residencia y donde «el 80% de los inquilinos son españoles». Y, en líneas generales, era bastante distinta a la que había vivido hasta entonces, «empezando ya por la hora de poner el despertador».

La explicación es que, allí, «la actividad empieza muy temprano» gracias a los atascos (en el idioma local se llaman «tranques»). Tanto, que «hay gente que a las tres y media o cuatro de la mañana ya tiene que estar saliendo de casa para coger el autobús y poder llegar a su trabajo a las ocho».

También se olvidó de la siesta, que «no se lleva». Allí, al mediodía, «las empresas no cierran. La gente se turna para comer en una hora y continúa trabajando, así que no les da tiempo a ir a casa a comer». Y la consecuencia lógica es que, a las cinco o las seis de la tarde, prácticamente todas las empresas bajan la persiana. Lo que algunos llaman «horarios europeos».

Pero, como no todo va a ser bueno, en la parte negativa de la balanza de un lugar marcado por la ampliación de un Canal («está en todos los medios de comunicación y en todas las conversaciones, aunque esté clarísimo que se va a hacer sí o sí porque les interesa a todos los mercados del mundo»), Alberto sitúa que «el coste de la vida se ha encarecido bastante», de un tiempo a estar parte, «tras la llegada de muchos extranjeros. Sobre todo, españoles, colombianos y venezolanos».

Con todo, se declara «a gusto» en un país y en una ciudad que «tienen cosas que mejorar, pero como todos los países de este mundo. Ninguno es perfecto». Y reconoce que lo que peor lleva «es el calor» caribeño: «Por el día, es raro bajar de los 30 grados y, por la noche, de los 22. Pero, en general, la experiencia es positiva. No es fácil, pero nada que no pueda hacer cualquier persona. Es proponérselo y tener ganas de progresar y de ganarte la vida. Lo mejor de estar en Panamá es que hay mucha gente de diferentes países y culturas y eso te ayuda a conocer más y a saber cómo piensan, qué opinan y como actúan otras personas».

Ese es el mensaje que quiere trasladar «a los españoles que se encuentren en una situación delicada, que ya no tengan prestación por desempleo o que estén sin hacer nada»: «Les animo a que den el paso de buscarse un futuro fuera. Por lo menos, hasta que la situación en España se normalice». Eso sí: no piensa que vaya a ser en breve. «Ahora mismo, mis planes son ir a España de vacaciones a ver a mi familia y amigos. Y claro que me gustaría volver a Gijón o a cualquier otra ciudad española, pero, tal y como está el mundo laboral, no me interesa correr ese riesgo. Pienso que antes de dos o tres años no se podrá regresar».

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Alberto Blanco, en su oficina en la capital panameña.


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