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«Vivo con dos japoneses, un taiwanés y un colombiano en cincuenta metros»

Alejandro González, junto a un canguro. / E. C.
Alejandro González, junto a un canguro. / E. C.

El gijonés Alejandro González lleva un año en Australia, donde ha hecho de todo | «Las primeras semanas estaba perdidísimo, no entendía nada, el acento de aquí se las trae», cuenta este todoterreno

A. VILLACORTA

«Poner el pie en Australia fue muy fácil. Solo tuve que ahorrar unos 6.000 euros y para ello tuve la gran suerte de trabajar en una parada en los hornos altos de Arcelor durante casi tres meses y, después, currar como camarero en un restaurante en Tazones». Así, sin darse importancia, emprendió Alejandro González (1979) el viaje de su vida hace más de un año: el que le llevó de Gijón a Melbourne «empujado por el descontento con un mercado laboral que ofrece poca o ninguna oportunidad de futuro».

Sabe bien de lo que habla, porque, hasta su marcha, Alejandro había hecho casi de todo: «He trabajado como informático, intentando capear esta crisis que tanto se está cebando con mi generación. Y también había cursado estudios de mecánico naval en el Centro Integrado de Formación Profesional del Mar, compaginándolos con ser monitor de judo, tras abandonar la idea de trabajar de informático por los paupérrimos salarios».

Así que a Australia se fue este emprendedor al que no se le pone nada por delante. Una idea que, en realidad, partió «de un amigo que tenía en mente hacer vida allí y probar suerte dejando atrás sus negocios para tratar de conseguir una vida mejor en una tierra llena de oportunidades». Y, bien pensado, ninguno tenía mucho que perder: «Era apostar a caballo ganador teniendo en cuenta que la hora se cobra a 18,29 dólares australianos».

Hasta ahí, la parte positiva. Porque la negativa es que «Australia tiene las leyes de inmigración más duras del mundo», como comprobó enseguida. «Debes pagar la visa, un seguro por la duración de tu estancia, el billete de avión de vuelta a tu país y, en mi caso, con la visa de estudiante, un curso de inglés al que debes ir de forma obligatoria con un mínimo de asistencia del 80% y la posibilidad de trabajar hasta veinte horas semanales. Si no cumples, tienen potestad para mandarte de nuevo a España. Y, si a todo ello le sumas que ese curso de un año te cuesta 220 dólares semanales, sabes que un gran porcentaje de tu salario se lo van a llevar el centro de estudios y el alquiler».

Una serie de cuestiones que, además, tuvo que enfrentar en solitario porque a su amigo, con buen nivel de inglés, al final, le surgió otro proyecto y no pudo acompañarle.

«Ahí empieza entonces mi aventura: solo en Australia, sin contacto alguno, con 2.000 dólares en el bolsillo y facturas también en dólares. Me acuerdo de que las dos primeras semanas estaba perdidísimo y me preguntaba si había sido la mejor decisión. Además, no entendía casi nada porque, aunque sabía algo de inglés, nunca lo había utilizado en el exterior, además de que el acento australiano se las trae», recuerda.

Fueron días de muchas anécdotas. Como aquella vez que, con su primera tarjeta de crédito australiana, no sabía cómo sacar dinero del cajero: «No encontraba la expresión 'retirada de efectivo' en las opciones. Tuve que pedirle a una señora en un inglés primitivo que si me hacía el favor». O todas las veces que fue a dejar currículos por los bares y y no le entendían ni una palabra.

Pero lo logró y en este año ha currado «como friegaplatos, ayudante de cocina, en limpieza, construcción y asesorando a empresas de españoles en temas de informática». Eso sí: «El cambio de la forma de trabajar es brutal. Te emplean por horas, te pagan por semana y respetan la conciliación con tus clases o con tu vida en general en la medida de lo posible. Puedes discutir con el jefe sobre tus vacaciones, cambiar turnos, horas, etcétera. Los políticos miran por el obrero y los autónomos tienen muchas facilidades. Si extrapolas esa situación a España, se ríen de ti».

Así que allí estará hasta enero, «viviendo en un piso de cincuenta metros cuadrados con dos japoneses, un taiwanés y un colombiano», pero encantado de la vida. «A veces, cuando me entra un poco de morriña, me hago un arroz con leche o improviso unos frixuelos. Y porque no tengo materia prima para hacer una buena fabada, que, si no, piden la nacionalidad para irse para Asturias», bromea. «Echo de menos la tierrina, he de volver, pero de momento seguiré viajando y aprendiendo. Lo que está claro es que, con la situación actual de España, mi futuro no pasa por allí».

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