El Comercio

«España va como va porque las cosas que se pueden hacer hoy se dejan para mañana»

Ágata Secades, en el centro de la imagen, acompañada por sus hijas, Anaïs y Melody, en Gruyère.
Ágata Secades, en el centro de la imagen, acompañada por sus hijas, Anaïs y Melody, en Gruyère.
  • Asturianos en la diáspora

  • Ágata Secades, de Lugones, vive en Gruyère desde hace 15 años

La suya es una historia llena de anhelos y extrañamientos porque es hija de una pareja de emigrantes asturianos que, después de residir en varios países, terminaron recalando en Suiza, así que Ágata Secades se crió en Lugones «desde que era un bebé» con sus abuelos, Carlos y Delfina -que, para ella, siempre serán Tito y Tita-, a quienes considera el motor de su vida.

Aquella niña, que, a pesar de todo, vivió «una infancia muy feliz en Asturias», es hoy, a sus 40 años, madre de Melody y Anaïs, que ya nació en el país helvético después de que, cuando apenas tenía 25, Ágata decidiese huir de un matrimonio fallido y seguir los pasos de sus padres en busca de un futuro mejor que encontró en Pringy, distrito de Gruyère, uno de los siete del cantón de Friburgo.

Allí trabaja como recepcionista en un hotel y como maquilladora los fines de semana, «aunque esta segunda actividad es, más bien, un hobby». Y allí ha encontrado a sus mejores amigos y a su nuevo amor, cuenta esta enamorada de Asturias que, sin embargo, no tuvo unos comienzos demasiado fáciles lejos «a pesar de que también hay bastantes vacas», bromea.

«Quería cambiar de estilo de vida, pero, al principio, me costó mucho acostumbrarte». Empezando por el idioma, ya que su distrito, de poco más de 42.000 habitantes, es francófono, y ella llegó a Suiza «con el inglés del instituto» de Lugones y «sin hablar ni una palabra de francés». Y siguiendo por la gente, que, «al principio, siempre tiene una especie de barrera, pero, cuando te conocen y esa distancia se rompe, merecen mucho la pena».

Ese es su consejo para todos aquellos que se decidan a emigrar: «Que no intenten rodearse de gente de su país. Que intenten integrarse desde el primer momento con personas de allí».

Pasando, claro, por la comida: «Aquí las cosas no huelen a nada. No como en Asturias, donde los pimientos y los tomates huelen desde que entras al mercado. Y el queso suizo tampoco tiene nada que envidiar a los nuestros, Ni la fondue», hace patria.

Como un reloj

Quince años más tarde, Ágata, con un acento francés que no consigue disimular, se siente «de ninguna parte», pero lleva «con orgullo ser española. Y, mucho más, asturiana. Mis hijas están locas por Asturias. Y, para mí, la tierrina es algo para lo que no tengo palabras. Cuando oigo una gaita o hablar en asturiano... Es un sentimiento que no se puede explicar hasta que no lo vives». Así que, cuando vino el pasado abril, después de cuatro años sin pisar la región, «lo único que quería era oler el mar» junto a su Tito, que perdió a Delfina hace unos años y que, a sus 83, tiene una nueva pareja y una esperanza: «Su sueño siempre fue vivir en Gijón, porque todas sus raíces están ahí. Compra todos los días EL COMERCIO y está como un roble, así que ojalá se cumpla».

A él es a quien más extraña esta nieta que, a pesar de vivir en uno de los países más ricos del mundo según su PIB per cápita (ocupa el cuarto lugar a nivel mundial), echa también de menos «la alegría de vivir y el optimismo» que hay en España.

«Aquí tienes calidad de vida, pero la gente piensa mucho en trabajar. El ritmo de vida es totalmente diferente. A mediodía comemos, a las siete cenamos y las discotecas cierran a las tres de la madrugada. Nada que ver», explica, aunque también reconoce que esa puntualidad de relojeros que les da fama mundial le gusta. «De Suiza he aprendido muchas cosas, pero, sobre todo, el rigor. Me gustan las cosas bien hechas, como a ellos. Y me gusta que haya tanta educación. Que todo el mundo diga 'gracias' o 'buenos días' y que, si quedas con alguien a las cinco, aparezca a las cinco y no a las seis y media. Todo se lleva al pie de la letra».

«Además de por el Gobierno, en la falta de rigor y en dejar lo que se puede hacer hoy para mañana está la clave, de que, en España, las cosas vayan como van», una situación que a ella le causa «vergüenza y pena, por todas las personas que lo están pasando mal en estos momentos».