«Me enamoró la gente de este país»

Pablo Argüelles sostiene a un niño filipino sobre sus hombros.
Pablo Argüelles sostiene a un niño filipino sobre sus hombros.
  • Asturianos en la diáspora

  • Pablo Argüelles Calles, gijonés de 24 años, llegó a Manila hace un año para hacer unas prácticas, jugó en un equipo de fútbol de la primera división y ahora trabaja en la puesta en marcha de una fundación

Se fue para mejorar el inglés y adquirir experiencia internacional y ahora ni se le pasa por la cabeza volver, al menos a corto plazo. Pablo Argüelles Calles (Gijón, 1990) estudió Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad de Navarra y hace un año se fue a Manila para hacer unas prácticas. Una vez allí el fútbol se cruzó en su camino y estuvo jugando en el Team Socceroo de la primera división filipina. «Es como una tercera división en España, aquí el deporte fuerte es el baloncesto», explica este gijonés, que sufre con el Sporting en la distancia y para quien vivir esa liga «ha sido una experiencia impresionante».

El caso es que el fútbol, el trabajo y la vida misma le permitieron conocer a fondo un país muy especial. «De este país me enamoró la gente», confiesa. Tanto que se ha implicado a fondo en su día a día. Filipinas es un paraíso de islas maravillosas, pero también un infierno de pobreza y desigualdades. Pablo lo sabe y está empeñado en hacer algo. Por eso está ultimando la puesta en marcha de una fundación. «En el equipo en el que jugaba había un chico, un utillero, que era de uno de los barrios más pobres de Manila, Sampaloc, fui con él a visitarlo, estuvimos allí un par de horas jugando con los niños, y decidimos empezar algo, un proyecto pequeñito, para ayudar a esos críos», relata. El fútbol ha sido su forma de echar una mano, dándoles a los peques diversión y un poco de esperanza. «En esta comunidad hay mucha pobreza, también droga y alcohol, y lo que queremos es mostrarles a los niños que hay otras formas de vivir la vida, queremos enseñarles inglés, darles botas de fútbol, libros», revela. Score a Smile Proyect es el nombre de su fundación, que nace con ambición pero también con el objetivo de trabajar poco a poco. «Voy a abrir una cuenta en España y otra en Filipinas para conseguir financiación y que todo el quiera ayudar pueda hacerlo», anuncia.

En este proyecto emplea Pablo buena parte de su tiempo libre, que no es demasiado, porque ahora ha abandonado Manila y está trabajando como relaciones públicas en un resort de alto standing a dos horas de la capital. Sus expectativas laborales de futuro son buenas, de modo que no piensa ni por asomo regresar a España. «Esta está siendo una experiencia única», afirma, aunque sabe que todo tiene sus pros y sus contras: «En el lado bueno solo puedo decir que me he encontrado gente bondadosa, muy abierta y generosa, en el malo, que las diferencias sociales son enormes».

Es un paraíso de una belleza abrumadora. A una hora de avión se despliegan playas de arena blanca y además el verano es eterno en el archipiélago. Pero... La nostalgia siempre está ahí. La familia, los amigos, el cachopo y las patatas con verduras de la abuela no se olvidan. «En agosto iré quince días para las fiestas de Begoña y para comer bien», anuncia Pablo, que lamenta que las distancias con España sean inmensas. Viajar a Asturias no es fácil ni barato. Y eso es un hándicap a la hora de vivir en Filipinas. Hay más para quienes se hayan planteado emigrar: «Aquí tienes que venir con contrato de trabajo, de otra forma es difícil encontrar empleo y además los salarios son bajos», advierte.

Desde la distancia, y si la señal de internet es buena, sigue la trayectoria del Sporting. Es optimista: «Vamos de cabeza a Primera», augura, y explica después que entre los jugadores de la plantilla hay viejos conocidos de sus tiempos en el Llano 2000, Arenal y Estudiantes. «Son gente de mi edad, jugué contra muchos de ellos, y sé que viven el Sporting de verdad».