«Los barbudos me dejaron sin raíces»

Pepe Álvarez Obregón, esta semana, en el paseo de Begoña.
Pepe Álvarez Obregón, esta semana, en el paseo de Begoña. / PALOMA UCHA
  • «Mi madre fallecida volvería a caminar si me oyera hablar bien de Fidel Castro», cuenta este ingeniero al que la revolución le marcó la vida

  • Asturianos en la diáspora. Pepe Álvarez Obregón nació en La Habana y vive en Texas

La de José Agustín Álvarez Obregón (Pepe para todos los que lo quieren) es una de tantas familias rotas por el exilio. Y, sin embargo, él y su bonhomía no son capaces de hablar con furia ni con rencor antiguo de la revolución que terminó con la vida que tenía en Cuba, sino, más bien, con «mucha tristeza». Hasta las lágrimas.

A Pepe, que nació en La Habana en 1943, la entrada de Fidel Castro en la capital cubana lo pilló con 17 años, recién graduado en el colegio de los jesuitas, donde llegó a dar «clases de leer y escribir a los revolucionarios», pero con un visado para marcharse a estudiar Ingeniería de Telecomunicaciones a Estados Unidos, un viaje que afrontó «muy entusiasmado» y «pensando que regresaría al cabo de unos meses. Pero entonces no sabía que esos meses se convertirían en casi 40 años».

En la mayor de sus Antillas dejó a su hermano Raúl, que con el paso del tiempo se convertiría en el jefe de Cirugía General del Hospital de Cabueñes, y a sus padres: Isel Obregón, hija de emigrantes cántabros nacida ya en la isla, y Baldomero Álvarez Cristóbal, natural de Luces (Colunga), desde donde había emigrado en la década de los años veinte del siglo pasado en busca de fortuna. Y, sobre todo, abandonó «la vida que pensaba que iba a tener».

«Yo creo que los barbudos entraron con las ideas muy claras y decididos a cambiar cosas que no les gustaban como que, en aquellos años, había mucho juego y mucha prostitución en las calles de La Habana. Querían terminar con todo eso y algunas de las cosas que pretendían hacer tenían mucho sentido. Su visión, de odio al capitalismo, era como una idealización de lo que somos los seres humanos, de la lucha por el bien común. Pero no funcionó».

«Nos fallaron»

No es ni siquiera una opinión personal. Es lo que le contó un compañero del colegio «que se quedó allí y se pasó toda la vida trabajando para el Gobierno, creyendo en esos ideales, para morir sin nada». Y eso fue cuando Pepe pudo al fin volver a Cuba, 37 años después, para encontrarse un país «desolado, que nada tenía que ver con la actividad frenética» que él recordaba.

Volvió a la casa familiar en la playa, convertida en un centro gubernamental. Y a la calle donde su padre había levantado la boutique 'La Lucha', pero ni rastro. «Ya no había anuncios publicitarios. Sólo consignas como 'Patria o muerte' y 'Venceremos'». Y habló con jóvenes que le dijeron que aquellos revolucionarios «les habían fallado».

Pepe también tuvo hijos, trabajó en lugares como Israel, Holanda, Brasil o México, donde encontró a su mujer, Ana. Se estableció en Rancho Viejo (Texas) y escribió relatos tristes sobre su historia. «Conocí otras cosas que, si me hubiese quedado, no habría conocido». Pero la sensación de fondo no se le quita: «Todo el mundo tiene raíces en algún sitio. Yo no. Me las robaron. Así que lo más parecido que siento a las raíces es Asturias».

El regreso a la tierra de su padre también le emociona estos días en los que todo el mundo habla del fin del bloqueo estadounidente. Y Pepe, con un acento habanero que nunca se le fue, cuenta que entiende perfectamente que la comunidad cubana en el exilio de Miami se sienta traicionada por más que piense que «es una jugada de política interior. Un gesto de Barack Obama que sabe bien que, sin apoyo, no podrá eliminar el embargo».

También ha perdido la esperanza de recuperar las propiedades familiares expropiadas por Castro. «Aunque ojalá me equivoque», confía sin querer cargar las tintas como sí hacía su madre, fallecida en Gijón a los 91 años.

«Ella, que siempre fue una luchadora, no tenía pelos en la lengua y estoy seguro de que volvería a caminar si me oyera hablar bien de Fidel, porque le tenía rabia, estaba enfurecida».

De su padre, que también terminó sus días muy cerca de donde nació, le quedan las cartas de emigrante que Baldomero enviaba puntualmente a la familia en Asturias explicando los detalles su lucha de ultramar. «Esparcimos sus cenizas desde el faro de Lastres, pero el viento las volvió a traer. Parecía que no se quería ir de nuevo».