El Comercio

Diez jóvenes en la cantera jesuítica

Por la izquierda, los novicios Luis Ortuño, José Luis Olea, Ignacio Narváez y Javier Bailén, junto al hermano Leopoldo Pallarés y Manuel Carrasco. En la segunda fila (izda), Rodrigo Sanz; el maestro de novicios, Pablo Alonso; Alberto Estévez;; el ayudante del maestro de novicios, José Antonio Ruiz, Álvaro Zapata, Pedro Aliaga y Emilio Rodríguez, frente al colegio de La Inmaculada.
Por la izquierda, los novicios Luis Ortuño, José Luis Olea, Ignacio Narváez y Javier Bailén, junto al hermano Leopoldo Pallarés y Manuel Carrasco. En la segunda fila (izda), Rodrigo Sanz; el maestro de novicios, Pablo Alonso; Alberto Estévez;; el ayudante del maestro de novicios, José Antonio Ruiz, Álvaro Zapata, Pedro Aliaga y Emilio Rodríguez, frente al colegio de La Inmaculada. / JOAQUÍN PAÑEDA
  • «Habría que cambiar las campañas vocacionales para que la vida religiosa se vea con naturalidad. Si nos conocen, se caen muchos estereotipos»

  • Los novicios de la compañía conocen las obras de la congregación en Asturias

Emilio Rodríguez (28 años) tenía la vida hecha en El Puerto de Santa María (Cádiz). Había estudiado Magisterio, era maestro en un colegio y salía y hacía planes con los amigos. Conocía la Compañía de Jesús desde los dieciséis por el grupo Jóvenes Voluntarios y ese vínculo se mantuvo en el tiempo a través de ejercicios espirituales. «Sentía algo que me removía por dentro, pero seguía con mi vida, hasta que en la Semana Santa de 2013, hablando con un amigo, me di cuenta de que si no probaba la vida religiosa, me iba a arrepentir». A Rodrigo Sanz (23 años), ese momento de inflexión le llegó estando en Asturias en el verano de 2012. Estudiante del colegio de los jesuitas en Valladolid y voluntario del Centro Loyola en la misma ciudad, tenía inquietud sacerdotal, «pero nunca supe cómo orientarla». Un hermano jesuita le aconsejó venir a Gijón, donde trabajó con discapacitados psíquicos en Agisdem. Fue en medio de esta vivencia, cuando sentado en la capilla de la Inmaculada, sintió esa invitación a la vida religiosa. Emilio y Rodrigo son dos de los diez novicios que tiene la compañía y que están visitando Asturias para conocer los proyectos de la congregación.

Su decisión «extrañó, pero no sorprendió» a su entorno más cercano. No sorprendió, dicen, porque familiares y amigos conocían a qué dedicaban su tiempo de ocio. «Y como la gente que de verdad te importa es la que te quiere, al final, lo que desean es que seas feliz», dice Rodrigo. Emilio, que vivió esa comunicación como «una liberación», añade: «Piensas que no lo van a entender, pero una vez que se lo cuentas, se abren a lo que sientes». Fue así como ingresaron en el noviciado de la compañía, situado en San Sebastián. Porque siempre se sintieron «arropados» en la congregación y porque les atrajo el trabajo de la compañía con los más débiles.

Una vez que entran, no disponen de móviles (aunque las familias pueden llamar y también los novicios) y viven en comunidad sin radio y con una televisión que ven raramente. Se da prioridad a la prensa escrita (disponen de cuatro periódicos diarios). Y si quieren escribir a un amigo lo hacen por carta, lo que les ha permitido a ambas partes «ganar en autenticidad, hablar de asuntos de los que antes nunca habíamos hablado». Emilio, que lleva cuatro meses, dice que han sido «cuatro meses de ganancias, de alegría, porque supone una oportunidad de parar, de pensar qué quiere Dios de ti. Fuera hay muchas interferencias que no te permiten hacer realmente lo que quieres». En su día a día, hay tiempo para la oración personal y para la comunitaria, pero también para repartirse las tareas de la casa, estudiar la vida jesuita, y las colaboraciones pastorales, con una tarde a la semana para catequesis y voluntariado con ancianos, inmigrantes, exalcohólicos y expresidiarios. Tampoco falta un breve tiempo para trabajar la expresión oral y escrita.

Esta primera etapa de la formación jesuita dura dos años. En total, hasta la ordenación sacerdotal pueden pasar doce, aunque, según explican Emilio y Rodrigo, «el proceso es muy personalizado. Si uno ya ha estudiado Filosofía y Teología (dos de las etapas) esos años se 'descuentan'. No obstante, en el noviciado aprendemos a no pensar en esos plazos, sino a vivir el día a día», indica Rodrigo, que lleva en él un año y cuatro meses.

«Claro que surgen dudas»

¿Y surgen dudas? «Claro -responde Emilio-. ¿Quién no? Si no, sería un autómata. A las personas nos mueven los afectos. Cuando sientes pena, piensas: '¿Será este el camino? A ver si soy yo el que estoy poniendo todo este empeño... Pero luego ves que no, que es Dios el que tiene ese sueño». Rodrigo lo compara con la elección del matrimonio. «Cuando uno se casa, no se pregunta: ¿Será ella la adecuada? ¿Y si hay una mejor? Nosotros confiamos en Él y si es que no, veremos que no era nuestro camino».

Emilio recurre de nuevo al «ruido» que hay en la sociedad para explicar la caída de las vocaciones religiosas. «Llamadas hay, pero hay mucho bullicio. No se escuchan o la gente está comunicando. En la sociedad de lo instantáneo, decir sí a un proceso que dura mucho en el tiempo da miedo». Rodrigo hace autocrítica. «Puede que nosotros también tengamos algo de responsabilidad. El mundo, que está en cambio, nos exige también cambio para resultar más atractivos. Las campañas de la vocación no pueden ser como las de hace 20 años». «Sí, es necesario ver la vida religiosa con normalidad y naturalidad -aporta Emilio-. Cuando ven que tenemos una vida feliz, cuando nos conocen, se quitan muchos estereotipos».

Coinciden también en el papel que debe jugar la Iglesia en el siglo XXI: «Dar hondura a un mundo que vive muy separado de Dios, al que hemos sustituido con necesidades que no son reales; ayudar a vivir con sencillez y anunciar un Dios cercano, cuyo mensaje es actual, porque habla de misericordia, de ser vulnerable al sufrimiento del otro...». En este sentido, en acercar Dios a la gente, creen que el Papa Francisco, jesuita, era el que «necesitábamos en este momento».