Marco, Darío, Belén y Luca, con la bandera de España y las camisetas de la selección de fútbol.
Marco, Darío, Belén y Luca, con la bandera de España y las camisetas de la selección de fútbol. / E. C.

«Aquí todo se resuelve delante de un buen plato de pasta»

  • Belén Juan llegó a la Toscana con una beca Erasmus, conoció a su marido y se quedó. Vive en Civitavecchia y tiene tres hijos

Un buen día reservó un billete de ida rumbo a Italia y ya no hubo vuelta. Belén Juan García (1969), asturiana nacida en León, tenía dos añitos cuando se trasladó a vivir a Oviedo. En la capital asturiana pasó de la EGB al instituto y de allí a la Universidad, al campus del Milán. Advierte que precisamente el nombre del campus pudo ser ya una señal de dónde estaba escrito su destino. Aunque no fue en Lombardía, sino más al sur donde comenzó el periplo italiano esta historiadora que se fue de Erasmus a Siena, en plena Toscana italiana, y que entre «excavación y excavación» conoció a su pareja.

Así comenzó la historia de amor con Francesco que ha dado a luz una vida italiana y tres hijos varones, Marco, de 17 años, Luca, de 12, y Darío, de 10. «Volví a Oviedo, donde me había matriculado para el doctorado y empecé mi trabajo de investigación sobre las casas señoriales en Asturias, pero entre un viaje y otro a Italia, en el año 1997, reservé el billete de solo ida y aquí me he quedado hasta hoy».

Vive y trabaja en Civitavecchia -«el puerto de Roma», aclara- volcada en la docencia. «Empecé a mandar currículos a todos los institutos y poco a poco me fueron llamando para trabajar como docente de Geografía y conversación de Lengua Española», relata. Además, colabora con el Insituto Cervantes de Roma, organiza cursos de español y es examinadora de los diplomas DELE (Diplomas de Español como Lengua Extranjera). «En septiembre empiezo a trabajar como auxiliar de Lengua Española en la Universidad de Viterbo», anuncia. En el plano profesional se siente satisfecha. «He tenido grandes satisfacciones y he aprendido mucho de mis compañeros de trabajo, siempre dispuestos a colaborar y hacer proyectos conmigo».

No se queja de la vida que le ha deparado Italia, pero sí confiesa que al principio tuvo sus batallas con la cotidianidad local. Y aún hoy hay elementos propios del país que le molestan. «Me costó adaptarme a los ritmos frenéticos, porque el día aquí se termina a las siete de la tarde». Peor aún es el asunto automovilístico, con el que lidia a golpe de bicicleta. Ese es su medio de transporte para acudir al trabajo: «No soporto el tráfico y la poca limpieza de las calles».

Claro que Italia tiene un sinfín de bellezas que hacen la experiencia de vivir allí única. Y sus habitantes tienen un carácter que pone la guinda. «Me gusta la forma que tienen de afrontar los problemas, el no pasa nada y sigue adelante, todo se resuelve delante de un plato de pasta».

Abunda la pasta, huelga decirlo. Sus ausencias son otras: «Echo de menos la familia, el cafetín con los amigos en el Antiguo, el sonido de la gaita y tomar un culín de sidra en los merenderos». Sabe Belén que lo más probable es que en el futuro se mantengan vivas esas añoranzas. Porque volver no está en sus planes, al menos los inmediatos: «Aquí tengo casa, familia y trabajo, pero el tiempo dirá».