El Comercio

Las otras fotos de las fiestas asturianas

  • Llega septiembre y muchas de las grandes celebraciones veraniegas ya han quedado atrás. Les mostramos todas esas imágenes que no se ven porque todo el mundo está mirando para otro lado

En el imaginario de la vieja Europa campesina el verano era estación de trabajo y de celebración por las nuevas cosechas. Se saboreaban las cerezas y piescos del año, se segaba la hierba y se recogía el heno para los cuarteles de invierno del ganado, mientras en las aldeas llegaba el día del santo o de la patrona local para que la comunidad reforzase sus vínculos vecinales mediante el rito de la fiesta. Era también la estación propicia al amor y al disfrute del baño en el río o en la playa, a la sombra fresca de la siesta bajo una higuera en un prau de lecho blando y dulce, como el que decían que tenían las sábanas de Holanda.

A la gente de esta tierra no se nos ha borrado de la memoria familiar la naturaleza cíclica del verano como estación feliz y calendario en el que en cualquier lugar –el más remoto– de Asturias no hay prácticamente día en el que no se celebre una fiesta. Las hay de todo tipo: pequeñas romerías patronales en las que la devoción a una ermita y al lugar natal reúnen a los vecinos dispersos por el mundo ese único día del año; festejos de honda raigambre popular cuyo verdadero significado se pierde en la borrosa noche pagana; fiestonas multitudinarias a las que hoy concurren romeros de todos los lugares atraídos por la folixa y que en su origen fueron modestas verbenas de prau. Por último están las grandes concentraciones lúdicas sin un significado religioso que las justifique, en torno a una actividad deportiva concreta, como Les Piragües en el Sella o a modos de vida tradicional que se pretende recordar, como en la Fiesta del Pastor en Codavonga, la Vaqueirada de Aristébano o la Fiesta del Asturcón en el Sueve, sin olvidarnos de las recreaciones históricas, más o menos rigurosas, como las de los Esconxuraos de Llanera, la batalla astur-romana de Carabanzo o el Desembarco de Carlos V en Tazones, por poner tan solo algunos ejemplos.

Ese calendario veraniego de continuos festejos –que se multiplica cada fin de semana– comienza con una de las pocas celebraciones que sigue manteniendo su esencia de rito de paso estacional: la Foguera de San Xuan. ¿Cuántos fuegos se encenderán esa noche de un cabo al otro del Principado? Del montonín de trastos viejos y tablas inservibles que arde en cualquier parroquia rural ante la mirada asombrada y la alegría de un puñado de vecinos a las hogueras de barrio en las ciudades, que nos devuelven el pueblo donde todo el mundo se conoce al medio urbano, tan ajeno a esas familiaridades. La foguera de Xixón, instalada desde hace ya algunos años en la playa de Poniente es una muestra de cómo esa impronta tradicional y pagana vuelve a despertar en la memoria de las gentes de la ciudad en torno al misterio intemporal del fuego. Mozos y mozas siguen desafiando a las llamas y a los servicios de seguridad para saltar sobre la quema, o se dan el primer baño de San Xuan tal como Dios los trajo al mundo y rige la costumbre.

En otras fiestas la magia la busca cada uno de los celebrantes en el disfrute de la alegría colectiva, los ritmos de la orquesta de prau o la compañía grata, tal vez recién descubierta en medio de un baile o de una ronda de culinos de sidra. Ésta última es sin duda una de las principales protagonistas de cuantas romerías, festejos y folixones se celebran de norte a sur y de este a oeste de Asturias. Sus efectos desinhibidores y euforizantes proporcionan el combustible necesario para mantener el espíritu festivo de cualquier verbena, por lo menos mientras duren las existencias de la barraca.

Frente a estas expansiones tan saludables para recargar nuestras energías de cara a los rigores monótonos y grises del invierno, es posible descubrir entre las innumerables celebraciones veraniegas esa magia, tan distinta a la que rige en la mayoría de ellas, que invita al recogimiento y al festejo íntimo con unos pocos seres cercanos sobre el ombligo del mundo, que es siempre el lugar donde nacimos y nos criamos. Ahí tras los rezos al santo o a la patrona, la procesión con gaita y tambor, la puya del ramu y la comida familiar o comunitaria, se queda el auténtico tesoro de la rebusca en cualquier fiesta: el deseo de comenzar los preparativos para la celebración del próximo verano. Si vuelve será buena noticia para todos, vecinos y extraños.